Confitura de tomates verdes.
Se cortan los tomates en rodajas, como si fuesen manzanas, y se pesan. Se ponen en un recipiente con un kilo de azúcar por cada kilo de fruta. Me desperté a las tres de la madrugada y fui a buscar las pastillas. Había vuelto a olvidar que ya no quedaban. Cuando el azúcar se haya fundido (se retira del fuego y se le añaden un par de vasos de agua si es necesario) se remueve con una cuchara de madera. No dejo de pensar en que si acudiese a Raphaël, él podría encontrarme otro proveedor. No me atrevo a ir a los alemanes otra vez, no después de lo que pasó, preferiría morirme antes que hacerlo. Luego se añaden los tomates y se deja cocer a fuego lento, removiendo con frecuencia. De vez en cuando espumar la confitura con una espumadera. A veces morir es mejor que esto. Al menos entonces no tendría que preocuparme por despertar, ja, ja. No dejo de pensar en los niños. Temo que Belle Yolande tiene el hongo de la miel, tendré que excavar las raíces infectadas o se extenderá por todas las demás. Se deja cocer a fuego lento durante dos horas, algo menos quizás. Me siento muy enfadada, conmigo misma, con él, con ellos. Conmigo principalmente. Cuando ese idiota de Raphaël me lo dijo tuve que morderme los labios hasta hacerlos sangrar para no delatarme. No creo que se diera cuenta. Le dije que ya lo sabía, que las chicas estaban siempre haciendo travesuras, que no había pasado nada. Pareció aliviado y cuando se fue cogí un hacha y estuve cortando madera hasta que apenas podía mantenerme en pie, deseando en todo momento que fuese su cara.
Ya veis. La narración es confusa. Sólo pasado el tiempo empieza a tener algo de sentido. Y, claro está, ella jamás nos contó nada de su conversación con Raphaël. Sólo me cabe imaginar lo que sucedió, la ansiedad de él, el silencio impertérrito y pétreo de ella, la culpabilidad de él. Después de todo, era su café. Pero madre jamás habría dicho nada. Pretender que ya lo sabía era una táctica defensiva, una forma de poner una barrera contra su preocupación no deseada. Reine podía cuidarse de sí misma, le habría dicho seguramente. Además, no había pasado nada en realidad. Reine sería más cuidadosa en el futuro. Podíamos estar contentos de que nada malo hubiera pasado.
T. me dijo que no fue culpa suya, pero Raphaël dijo que él estaba allí y que no hizo nada. Después de todo, los alemanes eran sus amigos. Quizá pagaron por Reine lo mismo que hacían con esas mujeres de la ciudad que Tomas traía consigo.
Lo que acalló nuestras sospechas fue el hecho de que ella jamás se refiriera al incidente con nosotros. Tal vez sencillamente no sabía cómo hacerlo -sentía un profundo desagrado por cualquier cosa que le recordara las funciones corporales- o quizá pensó que se trataba de un asunto que mejor era dejarlo como estaba. Pero su álbum revela su rabia creciente, su violencia, sus sueños de venganza. «Quería machacarlo hasta que no quedara nada de él», escribe. Cuando lo leí por primera vez estaba convencida de que se refería a Raphaël pero ahora ya no estoy tan segura. La intensidad de su odio habla de algo más profundo, más tenebroso. Una traición, quizá. O un amor frustrado.
Tenía las manos más suaves de lo que había imaginado -escribe debajo de la receta para el pastel de salsa de manzana-. Parece muy joven y sus ojos tienen el mismo color que el mar en un día tormentoso. Pensé que odiaría el acto y lo odiaría a él pero hay algo en su dulzura. Aun siendo alemán. Me pregunto si estoy loca por creer sus promesas. Soy mucho más vieja que él. Y, aun así, no soy tan vieja. Quizá todavía esté a tiempo.
No hay nada más sobre eso aquí, como si se hubiese avergonzado de su propia audacia pero, ahora que sé dónde buscar, encuentro breves referencias por todo el álbum. Palabras sueltas, frases interrumpidas por recetas o consejos de jardinería, codificadas incluso para sí misma. Y el poema:
Esta dulzura
sacada a cucharadas
como una fruta lustrosa.
Durante años creí que también eso era producto de su fantasía, como muchas de las otras cosas que menciona. Mi madre jamás podría haber tenido un amante. Le faltaba la capacidad de ternura. Sus defensas eran demasiado buenas, sus impulsos sensuales sublimados gracias a sus recetas para crear unas lentilles cuisinées perfectas, la crême Brûlée más ardiente. Nunca se me ocurrió que habría algo de verdad en aquellas fantasías harto improbables. Recordar sus facciones, la amarga mueca de su boca, las líneas duras de los pómulos, el cabello peinado hacia atrás y recogido en un moño en la coronilla, incluso la historia de la mujer de la cometa se me antojaba más probable que aquello.
No obstante, acabé creyéndolo. Quizá fue Paul quien me hizo empezar a recapacitar. Quizá fue el día en que me sorprendí a mí misma mirando mi imagen en el espejo, con un pañuelo de color rojo atado a la cabeza y los pendientes de mi cumpleaños (un regalo de Pistache que nunca me había puesto antes) colgando coquetamente. Tengo sesenta y cinco años, por el amor de Dios. Debería ser más juiciosa. Y aun así hay algo en su forma de mirarme que hace que mi viejo corazón empiece a sufrir sacudidas como el motor de un tractor. No es el sentimiento perdido y frenético que albergaba por Tomas. Ni siquiera el alivio temporal que Hervé me ofreció. No, esto es algo completamente diferente. Una sensación de paz. La sensación que se tiene al conseguir que una receta salga perfecta, un soufflé perfectamente esponjoso, una sauce hollandaise impecable. Es una sensación que me dice que cualquier mujer puede ser bella a los ojos del hombre que la ama.
Me ha dado por ponerme crema en las manos y en la cara antes de acostarme por las noches y el otro día saqué una vieja barra de labios -agrietada y grumosa por el desuso- y me puse un poco de carmín antes de quitármelo presa de una culpable confusión. ¿Qué estoy haciendo? ¿Y por qué? A los sesenta y cinco años debería haber pasado la edad en que se puede pensar decentemente en cosas así. Pero la severidad de mi propia voz interior no me convence. Me cepillo el pelo con más cuidado que antes y me lo recojo detrás con una peineta de carey. La cabeza blanca y el seso por venir, me digo duramente.
Y mi madre tenía casi treinta años menos.
Ahora miro su fotografía con una especie de serenidad. La mezcla de emociones que durante tantos años sentí, la amargura y la culpabilidad han disminuido, de modo que ahora puedo ver -realmente puedo ver- sus rasgos. Mirabelle Dartigen, las facciones tan afiladas y el cabello tan tirante que duele sólo de mirarla. ¿De qué tenía miedo la mujer solitaria de la fotografía? La mujer del álbum es distinta, la mujer melancólica del poema, riéndose y enfureciéndose detrás de su máscara, a veces flirteando, otras fríamente letal en sus maquinaciones. La veo con claridad, sin haber entrado aún en los cuarenta, con el cabello apenas pincelado de gris, los ojos negros reteniendo aún su brillo. Una vida entera de trabajo no ha conseguido doblegarla y los músculos de sus brazos siguen siendo fuertes y firmes. También los senos son firmes debajo de una sucesión de austeros delantales grises; a veces mira su cuerpo desnudo en el espejo que hay detrás de la puerta del armario y se imagina su larga y solitaria viudez, la llegada de la vejez, los vestigios de la juventud abandonándola, las líneas hundidas del vientre colgándole en pliegues flácidos en las caderas, los muslos flacos haciendo sobresalir sus rodillas abultadas. Queda tan poco tiempo…, se dice la mujer a sí misma. Casi puedo oír su voz ahora desde las páginas del álbum. Tan poco tiempo…
¿Y quién llegaría, aun después de cien años de espera? ¿El viejo Lecoz con su mirada legañosa y lasciva? ¿O Alphonse Fenouil o Jean-Pierre Truriand? Secretamente, ella sueña con un extranjero de voz suave, en su mente lo ve, un hombre capaz de ver más allá de lo que ella se había convertido en lo que podía haber llegado a ser.