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Se mete las manos en los bolsillos y sale tranquilamente por la puerta. Veo su espalda que se aleja y frunzo el ceño. ¿Tomar copas con el jefe es buena idea?

Meneo la cabeza. Primero he de enfrentarme a una noche con Christian Grey. ¿Cómo voy a hacerlo? Corro al lavabo a darme los últimos toques.

Me examino la cara con severidad en el enorme espejo de la pared durante un buen rato. Estoy pálida como siempre, con unos círculos negros alrededor de los ojos demasiado grandes. Se me ve demacrada, angustiada. Ojalá supiera maquillarme. Me pongo un poco de rímel y lápiz de ojos y me pellizco las mejillas, confiando en que cojan un poco de color. Me arreglo el pelo para que me caiga con naturalidad por la espalda, e inspiro profundamente. Tendrá que bastar con eso.

Cruzo nerviosa el vestíbulo y, al pasar por recepción, saludo con una sonrisa a Claire. Creo que ella y yo podríamos ser amigas. Jack está hablando con Elizabeth mientras yo voy hacia la puerta, y él corre a abrírmela con una sonrisa enorme.

– Pasa, Ana -murmura.

– Gracias -sonrío, avergonzada.

Fuera, junto al bordillo, Taylor espera. Abre la puerta de atrás del coche. Vacilante, me giro para mirar de reojo a Jack, que ha salido detrás de mí. Está contemplando el Audi SUV, consternado.

Me giro de nuevo, me encamino hacia el coche y subo detrás, y allí está él sentado -Christian Grey-, con su traje gris, sin corbata y el cuello de la camisa blanca desabrochado. Sus ojos grises brillan.

Se me seca la boca. Está soberbio, pero me mira con mala cara. ¿Por qué?

– ¿Cuánto hace que no has comido? -me suelta en cuanto entro y Taylor cierra la puerta.

Maldita sea.

– Hola, Christian. Yo también me alegro de verte.

– No estoy de humor para aguantar tu lengua viperina. Contéstame.

Sus ojos centellean.

Por Dios…

– Mmm… He comido un yogur al mediodía. Ah… y un plátano.

– ¿Cuándo fue la última vez que comiste de verdad? -pregunta, mordaz.

Taylor ocupa discretamente su puesto al volante, pone en marcha el coche y se incorpora al tráfico.

Yo levanto la vista y Jack me hace un gesto, aunque no sé qué ve a través del cristal oscuro. Le devuelvo el saludo.

– ¿Quién es ese? -suelta Christian.

– Mi jefe.

Miro a hurtadillas al guapísimo hombre que tengo al lado y que contrae los labios con firmeza.

– ¿Bueno? ¿Tu última comida?

– Christian, la verdad es que eso no es asunto tuyo -murmuro, sintiéndome extraordinariamente valiente.

– Todo lo que haces es asunto mío. Dime.

No, no lo es. Yo gruño fastidiada, pongo los ojos en blanco, y Christian entorna la mirada. Y por primera vez en mucho tiempo tengo ganas de reír. Intento reprimir esa risita que amenaza con escaparse. Christian suaviza el gesto mientras yo me esfuerzo en poner cara seria, y veo que la sombra de una sonrisa aflora a sus maravillosos labios perfilados.

– ¿Bien? -pregunta en un tono más conciliador.

– Pasta alla vongole, el viernes pasado -susurro.

Él cierra los ojos, y la ira, y posiblemente el pesar, barren su rostro.

– Ya -dice con una voz totalmente inexpresiva-. Diría que desde entonces has perdido cinco kilos, seguramente más. Por favor, come, Anastasia -me reprende.

Yo bajo la vista hacia los dedos, que mantengo unidos en el regazo. ¿Por qué siempre hace que me sienta como una niña descarriada?

Se gira hacia mí.

– ¿Cómo estás? -pregunta, todavía con voz suave.

Pues, la verdad, estoy destrozadaTrago saliva.

– Si te dijera que estoy bien, te mentiría.

Él inspira intensamente.

– Yo estoy igual -musita, se inclina hacia mí y me coge la mano-. Te echo de menos -añade.

Oh, no. Piel con piel.

– Christian, yo…

– Ana, por favor. Tenemos que hablar.

Voy a llorar. No.

– Christian, yo… por favor… he llorado mucho -añado, intentando controlar mis emociones.

– Oh, cariño, no. -Tira de mi mano y sin darme cuenta estoy sobre su regazo. Me ha rodeado con sus brazos y ha hundido la nariz en mi pelo-. Te he echado tanto de menos, Anastasia -susurra.

Yo quiero zafarme de él, mantener cierta distancia, pero me envuelve con sus brazos. Me aprieta contra su pecho. Me derrito. Oh, aquí es donde quiero estar.

Apoyo la cabeza en él y me besa el pelo repetidas veces. Este es mi hogar. Huele a lino, a suavizante, a gel, y a mi aroma favorito… Christian. Durante un segundo me permito fantasear con que todo irá bien, y eso apacigua mi alma inquieta.

Unos minutos después, Taylor aparca junto a la acera, aunque todavía no hemos salido de la ciudad.

– Ven -Christian me aparta de su regazo-, hemos llegado.

¿Qué?

– Al helipuerto… en lo alto de este edificio.

Christian mira hacia la alta torre a modo de explicación.

Claro. El Charlie Tango. Taylor abre la puerta y salgo. Me dedica una sonrisa afectuosa y paternal que hace que me sienta segura. Yo le sonrío a mi vez.

– Debería devolverte el pañuelo.

– Quédeselo, señorita Steele, con mis mejores deseos.

Me ruborizo mientras Christian rodea el coche y me coge de la mano. Intrigado, mira a Taylor, que le devuelve una mirada impasible que no trasluce nada.

– ¿A las nueve? -le dice Christian.

– Sí, señor.

Christian asiente, se da la vuelta y me conduce a través de la puerta doble al majestuoso vestíbulo. Yo me deleito con el tacto de su mano ancha y sus dedos largos y hábiles, curvados sobre los míos. Noto ese tirón familiar… me siento atraída, como Ícaro hacia su sol. Yo ya me he quemado, y sin embargo aquí estoy otra vez.

Al llegar al ascensor, él pulsa el botón de llamada. Yo le observo a hurtadillas y él exhibe su enigmática media sonrisa. Cuando se abren las puertas, me suelta la mano y me hace pasar.

Las puertas se cierran y me atrevo a mirarle otra vez. Él baja los ojos hacia mí, esos vívidos ojos grises, y ahí está, esa electricidad en el aire que nos rodea. Palpable. Casi puedo saborear cómo late entre nosotros y nos atrae mutuamente.

– Oh, Dios -jadeo, y disfruto un segundo de la intensidad de esta atracción primitiva y visceral.

– Yo también lo noto -dice con ojos intensos y turbios.

Un deseo oscuro y letal inunda mi entrepierna. Él me sujeta la mano y me acaricia los nudillos con el pulgar, y todos los músculos de mis entrañas se tensan deliciosa e intensamente.

¿Cómo puede seguir provocándome esto?

– Por favor, no te muerdas el labio, Anastasia -susurra.

Levanto la mirada hacia él y me suelto el labio. Le deseo. Aquí, ahora, en el ascensor. ¿Cómo iba a ser de otro modo?

– Ya sabes qué efecto tiene eso en mí -murmura.

Oh, todavía ejerzo efecto sobre él. La diosa que llevo dentro despierta de sus cinco días de enfurruñamiento.

De golpe se abren las puertas, se rompe el hechizo y estamos en la azotea. Hace viento y, a pesar de la chaqueta negra, tengo frío. Christian me rodea con el brazo, me atrae hacia él y vamos a toda prisa hasta el centro del helipuerto, donde está el Charlie Tango con sus hélices girando despacio.

Un hombre alto y rubio, de mandíbula cuadrada y con traje oscuro, baja de un salto, se agacha y corre hacia nosotros. Le estrecha la mano a Christian y grita por encima del ruido de las hélices.

– Listo para despegar, señor. ¡Todo suyo!

– ¿Lo has revisado todo?

– Sí, señor.

– ¿Lo recogerás hacia las ocho y media?

– Sí, señor.

– Taylor te espera en la entrada.

– Gracias, señor Grey. Que tenga un vuelo agradable hasta Portland. Señora -me saluda.