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Todo me da vueltas. ¿Christian me quiere? ¿Él no me lo ha dicho, y esta mujer tiene que explicarle qué es lo que siente? Todo esto me supera.

Un aluvión de imágenes acude a mi mente: el iPad, el planeador, coger un avión privado para ir a verme, todos sus actos, su posesividad, cien mil dólares por un baile… ¿Es eso amor?

Y oírlo de boca de esta mujer, que ella tenga que confirmármelo, es, francamente, desagradable. Preferiría oírselo a él.

Se me encoge el corazón. Christian cree que no vale nada. ¿Por qué?

– Yo nunca le he visto tan feliz, y es evidente que tú también sientes algo por él. -Una sonrisa fugaz brota en sus labios-. Eso es estupendo, y os deseo lo mejor a los dos. Pero lo que quería decir es que, si vuelves a hacerle daño, iré a por ti, señorita, y eso no te gustará nada.

Me mira fijamente, perforándome el cerebro con sus gélidos ojos azules que intentan llegar más allá de la máscara. Su amenaza es tan sorprendente, tan descabellada, que se me escapa sin querer una risita incrédula. De todas las cosas que podía decirme, esta era la que menos esperaba de ella.

– ¿Te parece gracioso, Anastasia? -masculla consternada-. Tú no le viste el sábado pasado.

Palidezco y me pongo seria. No es agradable imaginar a Christian infeliz, y el sábado pasado le abandoné. Tuvo que recurrir a ella. Esa idea me descompone. ¿Por qué estoy aquí sentada escuchando toda esta basura, y de ella, nada menos? Me levanto despacio, sin dejar de mirarla.

– Me sorprende su desfachatez, señora Lincoln. Christian y yo no tenemos nada que ver con usted. Y si le abandono y usted viene a por mí, la estaré esperando, no tenga ninguna duda de ello. Y quizá le pague con su misma moneda, para resarcir al pobre chico de quince años del que usted abusó y al que probablemente destrozó aún más de lo que ya estaba.

Se queda estupefacta.

– Y ahora, si me perdona, tengo mejores cosas que hacer en vez de perder el tiempo con usted.

Me doy la vuelta, sintiendo una descarga de rabia y adrenalina por todo el cuerpo, y me dirijo hacia la entrada de la carpa, donde están Taylor y Christian, que acaba de llegar, con aspecto nervioso y preocupado.

– Estás aquí -musita, y frunce el ceño al ver a Elena.

Yo paso por su lado sin detenerme, sin decir nada, dándole la oportunidad de escoger entre ella y yo. Elige bien.

– Ana -me llama. Me paro y le miro mientras él acude a mi lado-. ¿Qué ha pasado?

Y baja los ojos para observarme, con la inquietud grabada en la cara.

– ¿Por qué no se lo preguntas a tu ex? -replico con acidez.

Él tuerce la boca y su mirada se torna gélida.

– Te lo estoy preguntando a ti.

No levanta la voz, pero el tono resulta mucho más amenazador.

Nos fulminamos mutuamente con la mirada.

Muy bien, ya veo que esto acabará en una pelea si no se lo digo.

– Me ha amenazado con ir a por mí si vuelvo a hacerte daño… armada con un látigo, seguramente -le suelto.

El alivio se refleja en su cara y dulcifica el gesto con expresión divertida.

– Seguro que no se te ha pasado por alto la ironía de la situación -dice, y noto que hace esfuerzos para que no se le escape la risa.

– ¡Esto no tiene gracia, Christian!

– No, tienes razón. Hablaré con ella -dice, adoptando un semblante serio, pero sonriendo aún para sí.

– Eso ni pensarlo -replico cruzando los brazos, nuevamente indignada.

Parpadea, sorprendido ante mi arrebato.

– Mira, ya sé que estás atado a ella financieramente, si me permites el juego de palabras, pero…

Me callo. ¿Qué le estoy pidiendo que haga? ¿Abandonarla? ¿Dejar de verla? ¿Puedo hacer eso?

– Tengo que ir al baño -digo al fin con gesto adusto.

Él suspira e inclina la cabeza a un lado. ¿Se puede ser más sensual? ¿Es la máscara, o simplemente él?

– Por favor, no te enfades. Yo no sabía que ella estaría aquí. Dijo que no vendría. -Emplea un tono apaciguador, como si hablara con una niña. Alarga la mano y resigue con el pulgar el mohín que dibuja mi labio inferior-. No dejes que Elena nos estropee la noche, por favor, Anastasia. Solo es una vieja amiga.

«Vieja», esa es la palabra clave, pienso con crueldad mientras él me levanta la barbilla y sus labios rozan mi boca con dulzura. Yo suspiro y pestañeo, rendida. Él se yergue y me sujeta del codo.

– Te acompañaré al tocador y así no volverán a interrumpirte.

Me conduce a través del jardín hasta los lujosos baños portátiles. Mia me dijo que los habían instalado para la gala, pero no sabía que hubiera modelos de lujo.

– Te espero aquí, nena -murmura.

Cuando salgo, estoy de mejor humor. He decidido no dejar que la señora Robinson me arruine la noche, porque seguramente eso es lo que ella quiere. Christian se ha alejado un poco y habla por teléfono, apartado de un reducido grupo que está charlando y riendo. A medida que me acerco, oigo lo que dice.

– ¿Por qué cambiaste de opinión? Creía que estábamos de acuerdo. Bien, pues déjala en paz -dice muy seco-. Esta es la primera relación que he tenido en mi vida, y no quiero que la pongas en peligro basándote en una preocupación por mí totalmente infundada. Déjala… en… paz. Lo digo en serio, Elena. -Se calla y escucha-. No, claro que no. -Y frunce ostensiblemente el ceño al decirlo. Levanta la vista y me ve mirándole-. Tengo que dejarte. Buenas noches.

Aprieta el botón y cuelga.

Yo inclino la cabeza a un lado y arqueo una ceja. ¿Por qué la ha telefoneado?

– ¿Cómo está la vieja amiga?

– De mal humor -responde mordaz-. ¿Te apetece volver a bailar? ¿O quieres irte? -Consulta su reloj-. Los fuegos artificiales empiezan dentro de cinco minutos.

– Me encantan los fuegos artificiales.

– Pues nos quedaremos a verlos. -Me pasa un brazo alrededor del hombro y me atrae hacia él-. No dejes que ella se interponga entre nosotros, por favor.

– Se preocupa por ti -musito.

– Sí, y yo por ella… como amiga.

– Creo que para ella es más que una amistad.

Tuerce el gesto.

– Anastasia, Elena y yo… es complicado. Compartimos una historia. Pero solo es eso, historia. Como ya te he dicho muchas veces, es una buena amiga. Nada más. Por favor, olvídate de ella.

Me besa el cabello, y, para no estropear nuestra noche, decido dejarlo correr. Tan solo intento entender.

Caminamos de la mano hacia la pista de baile. La banda sigue en plena actuación.

– Anastasia.

Me doy la vuelta y ahí está Carrick.

– Me preguntaba si me harías el honor de concederme el próximo baile.

Me tiende la mano. Christian se encoge de hombros, sonríe y me suelta, y yo dejo que Carrick me lleve a la pista de baile. Sam, el líder de la banda, empieza a cantar «Come Fly with Me», y Carrick me pasa el brazo por la cintura y me conduce girando suavemente hacia el gentío.

– Quería agradecerte tu generosa contribución a nuestra obra benéfica, Anastasia.

Por el tono, sospecho que está dando un rodeo para preguntarme si puedo permitírmelo.

– Señor Grey…

– Llámame Carrick, por favor, Ana.

– Estoy encantada de poder contribuir. Recibí un dinero que no esperaba, y no lo necesito. Y la causa lo vale.

Él me sonríe, y yo sopeso la conveniencia de hacerle un par de preguntas inocentes. Carpe diem, sisea mi subconsciente, ahuecando la mano en torno a su boca.

– Christian me ha hablado un poco de su pasado, así que considero muy apropiado apoyar este proyecto -añado, esperando que eso anime a Carrick a desvelarme algo del misterio que rodea a su hijo.