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Se da la vuelta y se dirige al mostrador de recepción.

¿Qué le pasa ahora? Anonadada, le veo charlar animadamente con la señorita de cabello muy corto y carmín rojo. Saca la cartera y entrega una tarjeta de crédito.

Dios mío. Debe de haber comprado una de las fotografías.

– Hola, tú eres la musa. Son unas fotos fantásticas.

Es un chico con una melena rubia y brillante, que me sobresalta. Noto una mano en el codo: es Christian, ha vuelto.

– Eres un tipo con suerte.

El melenas rubio sonríe a Christian, que le mira con frialdad.

– Pues sí -masculla de mal humor, y me lleva aparte.

– ¿Acabas de comprar una de estas?

– ¿Una de estas? -replica, sin dejar de mirarlas.

– ¿Has comprado más de una?

Pone los ojos en blanco.

– Las he comprado todas, Anastasia. No quiero que un desconocido se te coma con los ojos en la intimidad de su casa.

Mi primera reacción es reírme.

– ¿Prefieres ser tú? -inquiero.

Se me queda mirando. Mi audacia le ha cogido desprevenido, creo, pero intenta disimular que le hace gracia.

– Francamente, sí.

– Pervertido -le digo, y me muerdo el labio inferior para no sonreír.

Se queda con la boca abierta; ahora es obvio que esto le divierte. Se rasca la barbilla, pensativo.

– Eso no puedo negarlo, Anastasia.

Mueve la cabeza con una mirada más dulce, risueña.

– Me gustaría hablarlo contigo luego, pero he firmado un acuerdo de confidencialidad.

Suspira, y su expresión se ensombrece al mirarme.

– Lo que me gustaría hacerle a esa lengua tan viperina.

Jadeo, sé muy bien a qué se refiere.

– Eres muy grosero.

Intento parecer escandalizada y lo consigo. ¿Es que no conoce límites?

Me sonríe con ironía, y después tuerce el gesto.

– Se te ve muy relajada en esas fotos, Anastasia. Yo no suelo verte así.

¿Qué? ¡Vaya! Cambio de tema -sin la menor lógica- de las bromas a la seriedad.

Me ruborizo y bajo la mirada. Me echa la cabeza hacia atrás, e inspiro profundamente al sentir el tacto de sus dedos.

– Yo quiero que te relajes conmigo -susurra.

Ha desaparecido cualquier rastro de broma.

Vuelvo a sentir un aleteo de felicidad interior. Pero ¿cómo puede ser esto? Creo que tenemos problemas.

– Si quieres eso, tienes que dejar de intimidarme -replico.

– Tú tienes que aprender a expresarte y a decirme cómo te sientes -replica a su vez con los ojos centelleantes.

Suspiro.

– Christian, tú me querías sumisa. Ahí está el problema. En la definición de sumisa… me lo dijiste una vez en un correo electrónico. -Hago una pausa para tratar de recordar las palabras-. Me parece que los sinónimos eran, y cito: «obediente, complaciente, humilde, pasiva, resignada, paciente, dócil, contenida». No debía mirarte. Ni hablarte a menos que me dieras permiso. ¿Qué esperabas? -digo entre dientes.

Continúo, y él frunce aún más el ceño.

– Estar contigo es muy desconcertante. No quieres que te desafíe, pero después te gusta mi «lengua viperina». Exiges obediencia, menos cuando no la quieres, para así poder castigarme. Cuando estoy contigo nunca sé a qué atenerme, sencillamente.

Entorna los ojos.

– Bien expresado, señorita Steele, como siempre. -Su voz es gélida-. Venga, vamos a comer.

– Solo hace media hora que hemos llegado.

– Ya has visto las fotos, ya has hablado con el chico.

– Se llama José.

– Has hablado con José… ese hombre que la última vez que le vi intentaba meterte la lengua en la boca a la fuerza cuando estabas borracha y mareada -gruñe.

– Él nunca me ha pegado -le replico.

Christian me mira enfadado, la ira saliéndole por todos los poros.

– Esto es un golpe bajo, Anastasia -me susurra, amenazante.

Me pongo pálida, y Christian, crispado de rabia apenas contenida, se pasa las manos por el pelo. Le sostengo la mirada.

– Te llevo a comer algo. Parece que estés a punto de desmayarte. Busca a ese chico y despídete.

– ¿Podemos quedarnos un rato más, por favor?

– No. Ve… ahora… a despedirte.

Me hierve la sangre y le miro fijamente. Señor Maldito Obseso del Control. La ira es buena. La ira es mejor que los lloriqueos.

Desvío la mirada despacio y recorro la sala en busca de José. Está hablando con un grupo de chicas. Camino hacia él y me alejo de Cincuenta. ¿Solo porque me ha acompañado hasta aquí tengo que hacer lo que me diga? ¿Quién demonios se cree que es?

Las jóvenes están embebidas en la conversación de José, en todas y cada una de sus palabras. Una de ellas reprime un gritito cuando me acerco, sin duda me reconoce de los retratos.

– José.

– Ana. Perdonadme, chicas.

José les sonríe y me pasa un brazo sobre los hombros. En cierto sentido tiene gracia: José, siempre tan tranquilo y discreto, impresionando a las damas.

– Pareces enfadada -dice.

– Tengo que irme -musito ofuscada.

– Acabas de llegar.

– Ya lo sé, pero Christian tiene que volver. Las fotos son fantásticas, José… eres muy bueno.

Él sonríe de oreja a oreja.

– Me ha encantado verte.

Me da un abrazo enorme, me coge en volandas y me da una vuelta, de manera que veo a Christian al fondo de la galería. Pone mala cara, y me doy cuenta de que es porque estoy en brazos de José. Así que, con un movimiento perfectamente calculado, le echo los brazos alrededor del cuello. Me parece que Christian está a punto de tener un ataque. Se le oscurecen los ojos hasta un punto bastante siniestro, y se acerca muy despacio hacia nosotros.

– Gracias por avisarme de lo de mis retratos -mascullo.

– Hostia. Lo siento, Ana. Debería habértelo dicho. ¿Te gustan?

Su pregunta me deja momentáneamente desconcertada.

– Mmm… no lo sé -contesto con franqueza.

– Bueno, están todos vendidos, así que a alguien le gustan. ¿A que es fantástico? Eres una chica de póster.

Y me abraza más fuerte. Cuando Christian llega me fulmina con la mirada, aunque por suerte José no le ve.

José me suelta.

– No seas tan cara de ver, Ana. Ah, señor Grey, buenas noches.

– Señor Rodríguez, realmente impresionante. Lo siento pero no podemos quedarnos, hemos de volver a Seattle -dice Christian con educada frialdad, enfatizando sutilmente el plural mientras me coge de la mano-. ¿Anastasia?

– Adiós, José. Felicidades otra vez.

Le doy un beso fugaz en la mejilla y, sin que apenas me dé cuenta, Christian me saca a rastras del edificio. Sé que arde de rabia en silencio, pero yo también.

Echa un vistazo arriba y abajo de la calle; luego, de pronto, se dirige hacia la izquierda y me lleva hasta un callejón silencioso, y me empuja bruscamente contra la pared. Me sujeta la cara entre las manos, obligándome a alzar la vista hacia sus ojos fervientes y decididos.

Yo jadeo y su boca se abate sobre la mía. Me besa con violencia. Nuestros dientes chocan un segundo y luego me mete la lengua entre los labios.

El deseo estalla en todo mi cuerpo como en el Cuatro de Julio, y respondo a sus besos con idéntico ardor, entrelazo las manos en su pelo y tiro de él con fuerza. Él gruñe, y ese sonido sordo y sexy del fondo de su garganta reverbera en mi interior, y Christian desliza la mano por mi cuerpo, hasta la parte de arriba del muslo, y sus dedos hurgan en mi piel a través del vestido morado.

Yo vierto toda la angustia y el desengaño de los últimos días en nuestro beso, le ato a mí… y en ese momento de pasión ciega, me doy cuenta de que él hace lo mismo, de que siente lo mismo.