– ¿A casa? ¿Qué casa? Comparto una habitación diminuta con mis dos nietos. Duermo en un rincón rodeado por una cortina de bambú en el que sólo cabe la cama. Eso es todo. Cuando mis hijos están en casa, yo acudo aquí en busca de un poco de paz y sosiego. ¿Por qué tenéis que arrebatarme eso?
Sus palabras me llenaron de vergüenza y desconcierto. Era la primera vez que escuchaba una crónica de primera mano de tan miserables condiciones de vida. Dando media vuelta, me alejé.
Aquella casa de té, como todas las de Sichuan, permaneció cerrada durante quince años: hasta 1981, cuando las reformas decretadas por Deng Xiaoping permitieron su reapertura. En 1985 volví allí con un amigo inglés. Nos sentamos bajo el árbol y una vieja camarera acudió a llenar nuestras tazas con su tetera desde medio metro de distancia. A nuestro alrededor, la gente jugaba al ajedrez. Fue uno de los momentos más felices de aquel viaje de regreso.
Cuando Lin Biao hizo su llamamiento a la destrucción de todo aquello que representara la cultura antigua, algunos de los alumnos de mi escuela comenzaron a romper cuanto encontraban. Dado que había sido fundada más de dos mil años atrás, la escuela contaba con gran cantidad de antigüedades y constituía un lugar idóneo para entrar en acción. La verja de acceso tenía un viejo tejadillo acanalado y rematado por tejas, todas las cuales resultaron destrozadas. Lo mismo le sucedió al amplio tejado azulado del enorme templo que había sido utilizado como sala de ping-pong. Los dos gigantescos incensarios de bronce que adornaban la entrada del templo fueron derribados, y algunos muchachos decidieron orinar en su interior. En el jardín posterior, varios alumnos equipados con grandes martillos y barras de hierro recorrieron los puentes de arenisca despedazando con aire despreocupado las estatuillas que los adornaban. En un extremo del campo de deportes se alzaban una pareja de placas de arenisca roja de seis metros de altura. Sobre ellas aparecían grabadas con exquisita caligrafía algunas líneas acerca de Confucio.
Tras atar una gruesa soga a su alrededor, dos grupos de alumnos comenzaron a tirar de ellas. Tardaron dos días en lograr su propósito, pues los cimientos eran bastante profundos. Tuvieron que recurrir a algunos obreros no pertenecientes a la escuela para que cavaran en torno a las placas. Cuando por fin ambos monumentos se derrumbaron entre vítores, desplazaron con su caída gran parte del terreno que se extendía tras ellos.
Todas las cosas que amaba estaban desapareciendo. Lo que más me entristeció fue el saqueo de la biblioteca: el tejado, construido con tejas doradas; las ventanas delicadamente esculpidas; las sillas pintadas de azul… Las estanterías fueron puestas boca abajo y algunos alumnos se dedicaron a hacer pedazos los libros por puro placer. Más tarde, pegaron sobre los restos de puertas y ventanas blancas tiras de papel en forma de X y escribieron sobre ellas un mensaje con caracteres negros por el que se anunciaba que el edificio había sido sellado.
Los libros constituían uno de los principales objetivos de destrucción de Mao. Dado que ninguno había sido escrito durante los últimos meses (y, por ello, ninguno citaba a Mao en cada página), algunos de los guardias rojos declararon que eran todos «semillas ponzoñosas». Con la excepción de los clásicos marxistas y de las obras de Stalin, Mao y el fallecido Lu Xun, de cuyo nombre se servía la señora Mao para sus venganzas personales, ardían libros en toda China. El país perdió la mayor parte de su patrimonio escrito. Asimismo, muchos de los que lograron sobrevivir fueron más tarde a parar a las estufas de la gente como combustible.
En mi escuela, sin embargo, no se encendieron hogueras. El jefe de los guardias rojos del colegio había sido en su día muy buen estudiante. Se trataba de un muchacho de diecisiete años de aspecto algo afeminado, y había sido nombrado jefe de los guardias rojos debido no tanto a su propia ambición como a que su padre era jefe del Partido para la provincia. Si bien no podía evitar los actos generales de vandalismo, sí logró salvar los libros de la quema.
Al igual que todo el mundo, yo debía unirme a aquellas acciones revolucionarias. Sin embargo, tanto yo como la mayoría de los alumnos pudimos evitarlas debido a que no se trataba de una destrucción organizada, y nadie podía asegurarse de que todos participáramos en ellas. No me resultaba difícil ver que había numerosos alumnos que detestaban lo que estaba sucediendo, pero nadie hizo nada por detenerlo. Era posible que, al igual que yo, muchos chicos y chicas estuvieran diciéndose a sí mismos que constituía un error lamentar la destrucción y que era preciso reformarse. Inconscientemente, sin embargo, todos sabíamos que habríamos sido acallados de inmediato a la primera objeción.
Para entonces, las «asambleas de denuncia» se habían convertido en uno de los rasgos fundamentales de la Revolución Cultural. En ellas solían participar multitudes histéricas, y rara vez transcurrían sin episodios de brutalidad física. La Universidad de Pekín había sido la primera en ponerlas en práctica bajo la supervisión personal de Mao. Durante la primera asamblea de denuncia, celebrada el 18 de junio, más de sesenta profesores y jefes de departamento -entre ellos el rector- fueron golpeados, pateados y forzados a permanecer de rodillas durante horas. Les cubrieron las cabezas con gorros de castigo adornados con consignas humillantes, vertieron tinta sobre sus rostros para ennegrecerlos con el color del diablo y colgaron consignas por todo su cuerpo. A continuación, dos estudiantes asieron los brazos de cada víctima y los retorcieron por detrás a la vez que empujaban hacia arriba como si quisieran dislocárselos. A aquella postura se denominó «el reactor», y no tardó en convertirse en una de las actividades típicas de las asambleas de denuncia en todo el país.
En cierta ocasión, los guardias rojos de mi curso me convocaron para asistir a una de aquellas asambleas. A pesar del calor que reinaba aquella tarde de verano, me sentí helada al ver a unos diez o doce profesores encaramados sobre la plataforma del campo de deportes con las cabezas inclinadas y los brazos retorcidos en la posición del «reactor». A continuación, a algunos les fueron propinadas unas cuantas patadas detrás de las rodillas y a continuación se les obligó a postrarse de hinojos, mientras que otros -entre ellos mi profesor de lengua inglesa, un anciano dotado de los delicados modales del caballero clásico- fueron obligados a permanecer de pie sobre unos cuantos bancos estrechos y alargados. Mi profesor tenía dificultades para conservar el equilibrio. Al fin, cayó y se hizo un corte en la frente con el afilado borde de uno de los bancos. Un guardia rojo qué había junto a él se inclinó instintivamente con los brazos extendidos en gesto de ayuda pero, enderezándose de inmediato, adoptó una postura exageradamente autoritaria, apretó los puños y chilló: «¡Sube de nuevo al banco!» No quería parecer blando ante sus compañeros frente a un «enemigo de clase». La sangre siguió manando por la frente del profesor hasta coagularse sobre la mejilla.
Al igual que el resto de los profesores, había sido acusado de los crímenes más descabellados, pero el motivo real de que se encontraran allí estribaba en que eran todos licenciados -y, por tanto, los mejores- o acaso que algunos de los alumnos les guardaban rencor por algo.
Durante los años que siguieron aprendí que los alumnos de mi escuela habían mostrado un comportamiento relativamente suave debido a que pertenecían a la institución más prestigiosa de su género y, en consecuencia, solían ser buenos estudiantes y poseían inclinaciones académicas. En las escuelas que albergaban a otros muchachos más brutales, algunos profesores habían sido apaleados hasta morir. Yo sólo fui testigo de un apaleamiento en mi escuela. Mi profesora de filosofía se había mostrado ligeramente despreciativa con aquellos alumnos que peores resultados habían obtenido, y algunos de los que más la odiaban habían comenzado a acusarla de ser una decadente. Las pruebas -que reflejaban fielmente el extremo conservadurismo de la Revolución Cultural – consistían en que había conocido a su esposo en un autobús. Habían empezado a charlar y habían terminado por enamorarse. Que el amor pudiera surgir de un encuentro casual se consideraba un signo de inmoralidad. Los muchachos la arrastraron a uno de los despachos y tomaron con ella medidas revolucionarias, eufemismo que servía para propinarle una paliza a alguien. Antes de empezar, requirieron específicamente mi presencia y me obligaron a ser testigo de ello. «¡Ya veremos qué pensará cuando vea que su alumna favorita está presente!», dijeron.