Ambas permanecimos en silencio durante el trayecto. Mi madre mantenía asida mi mano con la suya, sin dejar de mirar por encima del hombro: sabía que las autoridades no querrían que viajara a Pekín, y si me había dejado ir con ella era para que fuera testigo de cualquier cosa que pudiera ocurrir. Al llegar a la estación, adquirió un «asiento duro» para el siguiente tren con destino a Pekín. No salía hasta el amanecer, por lo que ambas nos instalamos en la sala de espera, una especie de cobertizo sin paredes.
Me acurruqué contra ella, dispuesta a soportar las largas horas de espera que nos aguardaban. En silencio, contemplamos cómo descendía la oscuridad sobre la plaza de cemento que se extendía frente a la estación. Las bombillas de las escasas farolas de madera arrojaban una luz pálida y mortecina que se reflejaba en los charcos formados por la fuerte tormenta que se había abatido sobre la ciudad aquella mañana. Sentía frío, abrigada como estaba tan sólo por mi blusa de verano. Mi madre me arropó con su gabardina. Al caer la noche, me dijo que me durmiera, y yo, exhausta, me amodorré con la cabeza en su regazo.
Me despertó un movimiento de sus rodillas. Alzando la cabeza, vi frente a nosotras a dos personas cubiertas por impermeables con capucha. Discutían en voz baja acerca de algo. Aún medio atontada, me resultaba imposible entender de qué hablaban. Ni siquiera habría sabido determinar si se trataba de hombres o de mujeres. Oí vagamente que mi madre decía con voz tranquila y contenida: «Gritaré hasta que vengan los guardias rojos.» Las grisáceas siluetas envueltas por los impermeables guardaron silencio. A continuación, susurraron algo entre sí y se alejaron. Resultaba evidente que no querían llamar la atención.
Al amanecer, mi madre subió al tren de Pekín.
Años después, me dijo que aquellas dos personas eran mujeres que ella conocía, ambas jóvenes funcionarías del departamento de mi madre. Le habían dicho que las autoridades habían considerado su marcha a Pekín un acto anti-Partido. Ella había invocado los estatutos del Partido, en los que se especificaba que cualquier miembro del mismo tenía derecho a apelar a sus líderes. Cuando las emisarias le dijeron que había un automóvil con hombres dispuestos a retenerla por la fuerza, mi madre repuso que si lo hacían gritaría pidiendo ayuda a los guardias rojos estacionados en torno a la estación y les diría que estaban intentando impedirle trasladarse a Pekín para ver al presidente Mao. Le pregunté cómo podía estar tan segura de que los guardias rojos tomarían partido por ella y no por sus perseguidores.
– ¿Y si te hubieran denunciado a la Guardia Roja como una enemiga de clase que intentaba huir?
Mi madre sonrió y dijo:
– Pensé que no querrían correr el riesgo. Decidí jugarme el todo por el todo. No tenía alternativa.
Al llegar a Pekín, mi madre llevó la carta de mi padre a una «oficina de quejas». A lo largo de la historia, los gobernantes chinos nunca habían permitido el establecimiento de un sistema legal, pero habían dispuesto oficinas en las que las personas corrientes pudieran presentar quejas contra sus jefes. Durante la Revolución Cultural, cuando pareció que éstos comenzaban a perder su poder, Pekín se inundó de numerosas personas que, habiéndose visto perseguidas anteriormente por ellos, intentaban plantear sus casos. Sin embargo, la Autoridad de la Revolución Cultural se había apresurado a dejar bien claro que los «enemigos de clase» no podrían presentar quejas ni siquiera contra los seguidores del capitalismo. Si intentaban hacerlo, serían doblemente castigados.
Las oficinas de quejas apenas recibieron casos procedentes de altos funcionarios como mi padre, por lo que mi madre obtuvo una atención especial. Asimismo, era una de las pocas esposas de víctimas que habían mostrado el valor de acudir a apelar a Pekín, ya que en aquellos casos solían verse presionadas para trazar una línea de separación entre ellas y los acusados en lugar de buscar nuevos problemas defendiéndoles. Mi madre fue recibida casi inmediatamente por el viceprimer ministro Tao Zhu, jefe del Departamento Central de Asuntos Públicos a la vez que uno de los líderes de la Revolución Cultural en aquel momento. Mi madre le entregó la carta de mi padre y le suplicó que ordenara a las autoridades de Sichuan que le pusieran en libertad.
Un par de semanas más tarde, Tao Zhu la recibió de nuevo. Le entregó una carta en la que se decía que mi padre había actuado de un modo perfectamente constitucional y de acuerdo con los procedimientos de las autoridades del Partido en Sichuan, por lo que debería ser puesto en libertad inmediatamente. Tao no había investigado el caso. Había aceptado la palabra de mi madre debido a que lo ocurrido con mi padre se había convertido en un caso frecuente: China se hallaba plagada de funcionarios del Partido que, acosados por el pánico, se dedicaban a escoger chivos expiatorios para salvar sus propios pellejos. Tao, sabiendo que los cauces habituales del Partido se encontraban sumidos en un completo desorden, prefirió entregarle la carta personalmente en lugar de servirse de ellos.
Tao Zhu le aseguró su comprensión y se mostró de acuerdo con el resto de las inquietudes que reflejaba la carta de mi padre: la epidemia de designación de chivos expiatorios y la generalización de actos de violencia fortuitos. Mi madre advirtió en él el deseo de controlar la situación. Poco después -y precisamente de resultas de aquello- él mismo se vio condenado como «el tercero de los mayores seguidores del capitalismo» después de Liu Shaoqi y Deng Xiaoping.
Por el momento, mi madre copió a mano la carta de Tao Zhu, envió la copia a mi abuela y le pidió que se la mostrara a los miembros del departamento de mi padre y que les dijera que no regresaría hasta que no le pusieran en libertad. Temía que si regresaba a Sichuan las autoridades la detuvieran, le arrebataran la carta y mantuvieran a mi padre bajo custodia. Decidió que, en conjunto, la mejor opción que tenía era quedarse en Pekín, desde donde podía seguir ejerciendo presión.
Mi abuela entregó la copia manuscrita que mi madre había realizado de la carta de Tao Zhu, pero las autoridades provinciales afirmaron que se había tratado todo de un malentendido y que su propósito era, sencillamente, proteger a mi padre. Insistieron en que mi madre debía regresar y poner fin a sus gestiones individualistas.
A nuestro apartamento acudieron en numerosas ocasiones funcionarios que intentaron persuadir a mi abuela para trasladarse a Pekín y traer a mi madre de regreso. Uno de ellos le dijo: «En realidad, se lo decimos en interés de su hija. ¿Por qué empeñarse en seguir malinterpretando al Partido? El Partido se ha limitado a intentar proteger a su yerno. Su hija no quiso escuchar sus consejos y marchó a Pekín. Me preocupa que sea considerada como antipartidista si no regresa, y ya sabe usted lo grave que eso sería. Dado que es usted su madre, debe hacer lo mejor para ella. El Partido ha prometido que será perdonada si vuelve y realiza una autocrítica.»
Ante la posibilidad de que su hija pudiera tener problemas, mi abuela estuvo a punto de derrumbarse. Tras varias sesiones como aquélla, comenzó a vacilar. Por fin, un día se decidió: se le dijo que mi padre había sufrido una crisis nerviosa y que no le trasladarían al hospital hasta la vuelta de mi madre.
El Partido le entregó dos billetes, uno para ella y otro para Xiao-fang, y ambos partieron en tren hacia Pekín, situado a treinta y seis horas de trayecto. Tan pronto como mi madre se enteró de las noticias envió un telegrama al departamento de mi padre anunciando su regreso y comenzó a disponer lo necesario para su vuelta, que se produjo en compañía de la abuela y de Xiao-fang en la segunda semana de octubre.