Me sentí tan atemorizada que durante unos instantes no osé hacer nada por reconfortarle. Por fin, le rodeé con mis brazos y le aferré las espaldas sin saber qué decir. Mi padre había solido gastar hasta el último céntimo que poseía en libros. Eran toda su vida. Consumida ya la hoguera, adiviné que algo había cambiado en su mente.
Se vio obligado a acudir a numerosas asambleas de denuncia. Por lo general, la señora Shau y su grupo reclutaban un gran número de Rebeldes externos para aumentar el tamaño de la muchedumbre y contribuir a las manifestaciones de violencia. Uno de los comienzos habituales consistía en cantar: «¡Diez mil años, y diez mil años más, y aun otros diez mil años para nuestro Gran Maestro, Gran Líder, Gran Caudillo y Gran Timonel, el presidente Mao!» Cada vez que se gritaban los tres «diez mil» y los cuatro «Gran», todos los presentes alzaban sus libros rojos al unísono. Mi padre se negaba. Decía que los «diez mil años» era una locución que solía dirigirse a los emperadores, y que resultaba inapropiada para el presidente Mao, un comunista.
Sus palabras desencadenaban un torrente de chillidos histéricos y bofetones. En una de las asambleas, se ordenó a todos los objetivos que se arrodillaran y saludaran con el kowtow un enorme retrato de Mao situado al fondo del escenario. Los demás obedecieron, pero mi padre rehusó. Dijo que arrodillarse y realizar el kowtow eran prácticas feudales humillantes que los comunistas se habían comprometido a eliminar. Los Rebeldes gritaron, le propinaron patadas en las rodillas y le golpearon en la cabeza, pero aun así se esforzó por continuar en pie. «¡No me arrodillaré! ¡No realizaré el kowtow!», exclamó con furia. La multitud iracunda clamaba: «¡Inclina la cabeza y admite tus crímenes!», pero él contestó: «No he cometido crimen alguno. ¡No inclinaré la cabeza!»
Varios jóvenes corpulentos saltaron sobre él para obligarle a postrarse, pero tan pronto como se retiraron se levantó, alzó la cabeza y contempló a los presentes con actitud desafiante. Sus atacantes le tiraron de los cabellos y del cuello. Mi padre se debatía con fiereza. Cuando la muchedumbre histérica comenzó a gritar acusándole de ser anti-Re-volución Cultural, él vociferó, colérico: «¿Qué clase de Revolución Cultural es ésta? ¡En esto no hay nada de cultural! ¡No hay más que brutalidad!»
Los que le estaban golpeando aullaron: «¡Es el presidente Mao quien conduce la Revolución Cultural! ¿Cómo te atreves a oponerte a él?» Mi padre elevó aún más la voz: «¡Me opongo a ella, incluso si la encabeza el presidente Mao!»
Se hizo un silencio total. «Oponerse al presidente Mao» constituía un crimen castigado con la muerte. Muchas personas habían muerto simplemente por haber sido acusadas de ello, incluso sin pruebas. Los Rebeldes estaban estupefactos al comprobar que mi padre no parecía estar asustado. Una vez se recobraron de la sorpresa inicial comenzaron a golpearle de nuevo, exigiéndole que retirara sus blasfemias. Él se negó. Enfurecidos, le ataron y le arrastraron hasta la comisaría local, donde exigieron que se le mantuviera bajo custodia. Los policías, sin embargo, se negaron. Apreciaban la ley y el orden, así como a los funcionarios del Partido, y detestaban a los Rebeldes. Dijeron que necesitaban autorización para arrestar a un funcionario de la importancia de mi padre, y que nadie les había dado semejante orden.
Mi padre había de recibir aún numerosas palizas, pero siempre se mantuvo en sus trece. Fue el único habitante del complejo que se comportó así; de hecho, ni siquiera llegué a oír de nadie que hubiera hecho algo similar, y muchas personas -incluidos algunos Rebeldes- le admiraban en secreto. De vez en cuando, algún extraño que pasaba por la calle murmuraba furtivamente cuan impresionado se había sentido por mi padre. Algunos muchachos revelaron a mis hermanos que les gustaría tener huesos tan fuertes como los de mi padre.
Tras su tormento cotidiano, mis padres regresaban a casa y a los cuidados de mi abuela. Para entonces, ésta ya había olvidado su resentimiento hacia mi padre, y él también había ablandado su postura con respecto a ella. La abuela le aplicaba ungüentos en las heridas y cataplasmas especiales para reducir los hematomas, y le hacía beber pócimas preparadas con un polvo blanco llamado bai-yao que ayudarían a curar sus lesiones internas.
Mis padres tenían la orden estricta de permanecer constantemente en casa en espera de ser convocados para la próxima asamblea. La posibilidad de ocultarse se hallaba fuera de toda cuestión. Toda China era como una gran prisión. Cada casa y cada calle era vigilada por sus propios habitantes. En aquel vasto territorio no había un solo lugar en el que alguien pudiera esconderse.
Mis padres tampoco podían salir para su esparcimiento. «Esparcimiento» se había convertido en un concepto anticuado: libros, cuadros, instrumentos musicales, deportes, naipes, ajedrez, casas de té, bares… todo había desaparecido. Los parques aparecían desiertos, convertidos en áridos territorios saqueados en los que las flores y la hierba habían sido arrancadas y las aves domesticadas y los peces de colores exterminados. El cine, el teatro, los conciertos… todo había sido prohibido. La señora Mao había hecho despejar los escenarios y las pantallas para las ocho «óperas revolucionarias» en cuya producción había colaborado personalmente, únicos espectáculos que uno estaba autorizado a representar. En las provincias, la gente ni siquiera se atrevía a escenificar aquéllas. Un director había sido condenado debido a que el maquillaje que había aplicado al héroe torturado de una de las óperas fue considerado excesivo por la señora Mao. Fue encarcelado por exagerar las penurias de la lucha revolucionaria. Apenas se nos ocurría salir a dar un paseo. En el exterior reinaba una atmósfera terrorífica, dominada por las violentas asambleas callejeras de denuncia y los siniestros carteles y consignas pegados en los muros. Los ciudadanos caminaban de un lado a otro como zombis, mostrando en sus rostros una expresión amarga o atemorizada. Por si fuera poco, los rostros entumecidos de mis padres los señalaban como condenados, por lo que corrían el riesgo de verse insultados si salían.
El terror reinante quedaba reflejado por el hecho de que nadie osaba quemar o tirar ningún periódico. Todas las primeras páginas portaban el retrato de Mao, y cada pocas líneas aparecía una cita del líder. Había que atesorar aquellos diarios, pues hubiera resultado catastrófico ser sorprendido deshaciéndose de ellos. Conservarlos, sin embargo, constituía también un problema: los ratones podían roer el retrato de Mao o los periódicos podían sencillamente pudrirse, y cualquiera de ambas cosas se hubiera considerado un crimen contra el líder. De hecho, las primeras luchas rivales en gran escala ocurridas en Chengdu fueron desencadenadas por unos guardias rojos que se habían sentado accidentalmente sobre unos periódicos viejos en los que aparecía el retrato de Mao. Una amiga del colegio de mi madre se vio impulsada al suicidio porque al escribir «Amad encarecidamente al presidente Mao» sobre un cartel mural había realizado sin darse cuenta un trazo más corto de lo debido, lo que hacía que el carácter «encarecidamente» se asemejara a otro que significa «tristemente».
Un día de febrero de 1967, mis padres, sumidos como estaban en las profundidades de aquel terror agobiante, sostuvieron una larga conversación de la que no tuve noticia hasta algunos años después. Mi madre se hallaba sentada en el borde de la cama y mi padre, sentado en un sillón de mimbre frente a ella, le dijo que por fin sabía cuál era el auténtico propósito de la Revolución Cultural, y que aquella certeza había destrozado su vida. Podía advertir claramente que no tenía nada que ver con la democratización ni con proporcionar más libertad de expresión a la gente corriente. No era sino una purga sangrienta destinada a aumentar el poder personal de Mao.