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Mi madre se convirtió en el objetivo principal de su locura. Solía enfurecerse con ella, llamándola «sinvergüenza» y «cobarde» y acusándola de haber «vendido el alma». A continuación, sin previo aviso, se mostraba embarazosamente cariñoso con ella en presencia de todos nosotros, diciéndole una y otra vez cuánto la amaba y hasta qué punto había sido un mal marido mientras suplicaba que le perdonara y volviera con él.

El día de su llegada, había mirado a mi madre con aire suspicaz, tras lo cual le preguntó qué había estado haciendo. Ella dijo que había viajado a Pekín para solicitar su puesta en libertad. Él sacudió la cabeza con incredulidad y pidió que le mostrara alguna prueba de ello. Mi madre prefirió no hablarle de la nota de Zhou Enlai. Era consciente de que mi padre ya no era el mismo, y temía que pudiera entregar la carta a alguien -incluso a los Ting- si el Partido así se lo ordenaba. Ni siquiera podía invocar a Yan y Yong como testigos, pues mi padre habría juzgado incorrecto mezclarse con una facción de la Guardia Roja.

Continuó retornando obsesivamente al mismo tema. Todos los días interrogaba a mi madre, de cuyo relato extraía aparentes inconsistencias. Sus sospechas y confusión fueron en aumento. La cólera que sentía hacia mi madre comenzó a rozar la violencia. Mis hermanos y yo queríamos ayudarla, e intentamos contribuir a prestar convencimiento a su historia a pesar de que nosotros mismos no la conocíamos sino vagamente Ni que decir tiene que cuando mi padre comenzó a interrogarnos se le antojó aún más embrollada.

Lo que había sucedido en realidad era que, mientras estuvo en prisión, sus interrogadores no habían cesado de decirle que su mujer y su familia le abandonarían si no escribía su «confesión». La insistencia por obtener confesiones firmadas constituía una práctica habitual. Para destrozar la moral de las víctimas resultaba esencial obligarlas a admitir sus «culpas». Mi padre, sin embargo, dijo que no tenía nada que confesar y que nada escribiría.

En vista de ello, sus interrogadores le dijeron que mi madre le había denunciado. Cuando pidió que su mujer fuera autorizada para visitarle se le dijo que ya había recibido la autorización correspondiente pero que se había negado con objeto de demostrar que había «trazado una línea» entre ella y él. Cuando los interrogadores advirtieron que mi padre comenzaba a oír cosas -síntoma evidente de esquizofrenia- le señalaron la existencia de un débil murmullo de conversaciones procedente de la habitación contigua, asegurándole que mi madre estaba allí pero que se negaría a verle en tanto no hubiera escrito su confesión. Los interrogadores representaban su, papel de un modo tan verídico que mi padre llegó a pensar que realmente oía la voz de su mujer… Su mente comenzó a venirse abajo pero, aun así, continuó negándose a confesar.

Al ser puesto en libertad, uno de sus interrogadores le dijo que se le permitía regresar a casa para permanecer bajo la supervisión de su esposa, «a quien el Partido ha asignado tu vigilancia». Su hogar, dijeron, sería su nueva prisión. Dado que ignoraba el motivo de su súbita puesta en libertad, su propia confusión le indujo a aceptar la explicación.

Mi madre ignoraba todo lo que le había sucedido en la cárcel. Cuando mi padre le preguntó el motivo de su liberación, no pudo darle una respuesta satisfactoria. No sólo no podía revelar la existencia de la nota de Zhou Enlai, sino que tampoco podía mencionar su visita a Chen Mo, quien se había convertido en el brazo derecho de los Ting. Mi padre no hubiera tolerado que su esposa hubiera suplicado un favor a los Ting. Sumidos en aquel círculo vicioso, el dilema de mi madre y la locura de mi padre continuaron creciendo y alimentándose mutuamente.

Mi madre intentó someterle a tratamiento médico. Acudió a la clínica asignada al antiguo Gobierno provincial. Lo intentó en los sanatorios mentales. Sin embargo, tan pronto como los funcionarios de recepción oían el nombre de mi padre sacudían la cabeza negativamente. No podían admitirle sin permiso de las autoridades, permiso que no estaban dispuestos a solicitar ellos mismos.

Mi madre acudió al grupo Rebelde dominante en el departamento de mi padre y pidió que se autorizara su hospitalización. Se trataba del grupo encabezado por la señora Shau, y se hallaba bajo el firme control de los Ting. La señora Shau espetó a mi madre que mi padre estaba fingiendo una enfermedad mental para eludir su castigo, y que ella le estaba ayudando, sirviéndose para ello de sus propios antecedentes (dado que su padrastro, el doctor Xia, había sido médico). Mi padre -dijo un Rebelde, citando una de las consignas coreadas a la sazón para jactarse de la implacabilidad de la Revolución Cultural – era «un perro que había caído al agua, y debía ser azotado y apaleado sin compasión alguna».

Siguiendo instrucciones de los Ting, los Rebeldes acosaron a mi padre con una campaña de carteles. Aparentemente, los Ting habían informado a la señora Mao de las «criminales palabras» empleadas por mi padre en las asambleas de denuncia, en su entrevista con ellos y en su carta a Mao. Según los carteles, la señora Mao se había puesto en pie indignada y había dicho: «¡Para un hombre que osa atacar al Gran Líder de un modo tan obsceno, la cárcel e incluso la muerte resultan demasiado benévolas! ¡Debe ser concienzudamente castigado hasta que terminemos con él!»

Aquellos carteles me inspiraron un terror inmenso. ¡La señora Mao había denunciado a mi padre! Sin duda, aquello representaba su fin. Paradójicamente, sin embargo, una de las iniciativas de la señora Mao había de servirnos de ayuda: dado que se mostraba más ocupada con sus venganzas personales que con las cuestiones cotidianas y que no conocía a mi padre ni alimentaba rencor personal alguno hacia él, no intensificó su persecución. No obstante, nosotros ignorábamos aquello, y yo intenté consolarme pensando que el comentario podría haber tenido su origen simplemente en un rumor. En teoría, el contenido de los carteles callejeros era oficioso, dado que estaban escritos por las masas y no formaban parte de los medios de comunicación oficiales. Íntimamente, sin embargo, yo sabía que lo que decían era cierto.

Alimentadas por la ponzoña de los Ting y la condena de la señora Mao, las asambleas de denuncia de los Rebeldes se volvieron más brutales, si bien a mi padre continuaba permitiéndosele vivir en casa. Un día, regresó con una grave lesión en un ojo. Otro día, le vi desfilar por las calles sobre un camión que avanzaba lentamente. Llevaba colgado del cuello un grueso letrero por medio de un alambre que se le incrustaba en la piel, y sus verdugos le retorcían ferozmente los brazos tras la espalda. Mientras tanto, él se esforzaba tenazmente por mantener la cabeza elevada a pesar de los violentos empujones de los Rebeldes. Lo que más me entristeció fue que parecía indiferente al dolor físico. En su locura su cuerpo y su mente parecían haberse desconectado.

Rompió en pedazos todas aquellas fotografías del álbum familiar en las que aparecían los Ting. Quemó sus edredones y sábanas, así como eran parte de nuestra ropa. Asimismo, rompió e incineró las patas de sillas y mesas.

Una tarde en que mi madre se hallaba tendida en la cama y mi padre descansaba en su despacho, reclinado en su butaca de bambú favorita, se puso súbitamente de pie con un salto e irrumpió violentamente en el dormitorio. Al oír los golpes, salimos corriendo tras él y le sorprendimos aferrado al cuello de mi madre. Gritamos, intentado separarlos. Mi madre parecía a punto de morir estrangulada. Al fin, la soltó con una sacudida y abandonó la estancia.