Mi madre se incorporó lentamente con el rostro ceniciento y se cubrió la oreja izquierda con la mano. Mi padre la había despertado propinándole un golpe en la cabeza. Su voz era débil pero tranquila. «No os preocupéis, estoy bien -dijo, dirigiéndose a mi abuela, que sollozaba. Luego se volvió hacia nosotros y dijo-: Id a ver cómo está vuestro padre. Luego, volved a vuestra habitación.» A continuación, se reclinó contra el espejo oval enmarcado con madera de alcanfor que formaba la cabecera de la cama. A través del reflejo pude ver su mano derecha aferrada a la almohada. Mi abuela permaneció toda la noche sentada junto a la puerta del dormitorio de mis padres, y yo misma tampoco pude conciliar el sueño. ¿Qué pasaría si mi padre atacaba a mi madre con la puerta cerrada?
El oído izquierdo de mi madre sufrió lesiones permanentes que habrían de llevarle a perder prácticamente por completo la audición del mismo. Decidió que era demasiado peligroso para ella permanecer en casa, y al día siguiente acudió a su departamento en busca de un lugar al que trasladarse. Los Rebeldes se mostraron muy comprensivos con ella, y le proporcionaron una habitación en una vivienda destinada al jardinero y construida en un extremo del jardín. Era sumamente pequeña: apenas medía dos metros y medio por tres. En su interior sólo cabían una cama y una mesa, y casi no quedaba sitio para pasar entre ambas.
Aquella noche dormí allí con mi madre, mi abuela y Xiao-fang, todos amontonados en la misma cama. No podíamos estirar las piernas ni volvernos hacia el otro lado. Las hemorragias uterinas de mi madre empeoraron. Estábamos terriblemente asustados debido a que, recién trasladados a aquel lugar, carecíamos de estufa y no podíamos esterilizar las jeringas y las agujas, lo que hacía imposible ponerle las inyecciones. Al final, me encontraba tan exhausta que caí en un sueño agitado. Sabía, sin embargo, que ni mi madre ni mi abuela habían conseguido pegar ojo.
A lo largo de los días siguientes Jin-ming siguió viviendo con mi padre, pero yo permanecí en la nueva vivienda de mi madre para contribuir a su cuidado. En la habitación contigua vivía un joven líder Rebelde perteneciente al distrito de mi madre. Yo no le había saludado porque dudaba si querría que le dirigiera la palabra alguien perteneciente a la familia de un seguidor del capitalismo, pero para mi gran sorpresa nos saludó con normalidad la primera vez que nos encontramos. Aunque era algo envarado, trataba a mi madre con cortesía, lo que constituía un enorme alivio después de la altiva frialdad de los Rebeldes del departamento de mi padre.
Una mañana, pocos días después de nuestro traslado, mi madre se estaba lavando la cara bajo los canalones debido a la falta de espacio en el interior cuando aquel hombre le propuso si querría intercambiar las habitaciones, ya que la suya era el doble de grande que la nuestra. Nos mudamos aquella misma tarde. También nos ayudó a conseguir otra cama, lo que nos permitía dormir con cierta comodidad. Nos sentimos profundamente conmovidas.
Aquel joven sufría una intensa bizquera, y tenía una novia muy guapa que se quedaba a dormir con él (algo inusitado en aquella época). A ninguno de ellos parecía importarle que lo supiéramos. Claro está que ningún seguidor del capitalismo se encontraba en situación de andar contando chismes. Cuando me topaba con ellos por las mañanas siempre me obsequiaban con una amable sonrisa que revelaba lo felices que eran. Fue entonces cuando me di cuenta de que la gente se torna bondadosa con la felicidad.
Cuando mejoró la salud de mi madre, regresé junto a mi padre. El apartamento estaba en un estado lamentable: las ventanas estaban rotas y había trozos de mobiliario y de tela quemada por todo el suelo. Mi padre parecía indiferente a mi presencia allí; se limitaba a pasear incesantemente de un lado a otro. Me acostumbré a echar el pestillo de mi puerta por las noches debido a que como no podía dormir se empeñaba en dirigirme interminables charlas sin sentido. Sin embargo, había un pequeño ventanuco sobre la puerta que no podía cerrarse, y una noche me desperté y le vi deslizarse a través de la diminuta abertura y saltar ágilmente al suelo. No obstante, no me prestó la más mínima atención, sino que se limitó a alzar diversos muebles de robusta caoba y dejarlos caer con apenas esfuerzo. En su locura, había adquirido una agilidad y fuerza sobrehumanas. Permanecer junto a él era una pesadilla. En numerosas ocasiones experimenté el deseo de correr junto a mi madre, pero no lograba decidirme a abandonarle.
En una o dos ocasiones me abofeteó, cosa que nunca había hecho anteriormente. En esos casos, yo corría a esconderme en el jardín trasero situado bajo el balcón del apartamento y, aterida por el frío de aquellas noches de primavera, aguardaba desesperadamente el silencio que indicaría que ya se había dormido.
Un día, le eché de menos. Asaltada por un presentimiento, salí corriendo de casa. Un vecino que vivía en el piso superior descendía en ese momento por las escaleras. Hacía ya algún tiempo que, para evitar problemas, habíamos dejado de saludarnos, pero en aquella ocasión dijo: «He visto a tu padre saliendo al tejado.»
Nuestro edificio tenía cinco pisos. Subí corriendo a la planta superior. Allí, en el rellano izquierdo, se abría un pequeño ventanuco que daba a la plana azotea de tablillas del edificio contiguo, de cuatro pisos de altura. Sus bordes estaban protegidos por una pequeña barandilla de hierro. Mientras intentaba trepar a través de la ventana pude ver a mi padre junto al borde de la azotea, y creí advertir que alzaba una pierna sobre la barandilla.
– ¡Padre! -grité, intentando prestar un acento normal a mi voz temblorosa. Mi instinto me decía que no debía alarmarle. Tras una pausa, se volvió hacia mí-. ¿Qué estás haciendo aquí?
– Ven. Ayúdame a pasar por la ventana, por favor.
De algún modo, logré persuadirle para que se apartara del borde de la azotea, asir su mano y conducirle al interior del rellano. Estaba temblando. De repente, algo parecía haber cambiado en él, y su habitual estupor indiferente y la intensa introspección con que solía girar los ojos en las órbitas se habían visto sustituidos por una expresión casi normal. Me acompañó escaleras abajo, me depositó en un sofá e incluso fue a buscar una toalla con la que enjugarme las lágrimas. Sin embargo, aquellos síntomas de normalidad duraron poco. Antes de que pudiera reponerme de la impresión me vi obligada a incorporarme apresuradamente y echar a correr, ya que había alzado la mano dispuesto a golpearme. En lugar de proporcionarle tratamiento médico, los Rebeldes se dedicaron a utilizar su locura como fuente de entretenimiento. Los carteles comenzaron a incluir de modo esporádico un serial titulado «La historia interior del loco Chang». Sus autores, miembros del departamento de mi padre, recurrían a todo tipo de sarcasmos para ridiculizarle. Los carteles solían pegarse en un lugar preferente situado junto a la entrada del departamento, por lo que atraían gran número de interesados lectores. Yo solía forzarme a leerlos, aunque era consciente de las miradas de los demás, muchos de los cuales sabían quién era. Podía oír los susurros que dirigían a quienes ignoraban mi identidad. Mi corazón temblaba por la ira y por el dolor insoportable que sentía por mi padre, pero sabía que sus perseguidores serían informados de mis reacciones, por lo que intentaba mantener la calma y demostrarles que no podían desmoralizarnos. No experimentaba miedo ni humillación: tan sólo desprecio hacia ellos.
¿Qué era lo que había convertido a las personas en monstruos? ¿Cuál era el motivo de aquella brutalidad sin sentido? Fue durante aquel período cuando comenzó a debilitarse mi devoción por Mao. Anteriormente había visto a gente perseguida sin poseer la certeza de su inocencia, pero conocía bien a mis padres. Mi mente comenzó a verse asaltada por dudas acerca de la infalibilidad de Mao. Como muchas otras personas, no obstante, en aquella época solía culpar fundamentalmente a su esposa y a la Autoridad de la Revolución Cultural. El propio Mao, el divino Emperador, continuaba libre de cualquier sospecha.