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Sin embargo, nunca llegó a reconciliarse con la pérdida de sus alhajas, aunque siempre procuró ocultar sus sentimientos. Aparte del valor sentimental que poseían, existía una consideración de tipo puramente práctico. Mi abuela había vivido siempre en una inseguridad constante. ¿Podía una confiar realmente en que el Partido Comunista cuidara de todo el mundo? ¿Y para siempre?

Ahora, cuatro años más tarde, se enfrentaba una vez más a la obligación de entregarle al Estado algo que ella deseaba conservar y que, de hecho, constituía su última posesión. Esta vez, realmente, no tenía alternativa. No obstante, procuró mostrar una cooperación entusiasta. No quería perjudicar a su hija, y quería evitar que ésta pudiera sentirse siquiera ligeramente avergonzada de ella.

La nacionalización de la farmacia supuso un proceso prolongado, y mi abuela permaneció en Manchuria hasta su conclusión. En cualquier caso, mi madre no quería que regresara a Sichuan hasta que ella misma gozara una vez más de plena libertad de movimientos y pudiera habitar en su propia vivienda. Ello no sucedió hasta el verano de 1956, cuando por fin las restricciones de su libertad bajo palabra quedaron levantadas. No obstante, tampoco entonces se emitió una decisión definitiva de su caso.

La conclusión final no llegó hasta finales de aquel mismo año. El veredicto, emitido por las autoridades del Partido en Chengdu, venía a decir que se concedía credibilidad a su versión y que no se advertía en ella conexión política alguna con el Kuomintang. Ello constituía una decisión taxativa que la exoneraba por completo. Se sintió profundamente aliviada, ya que sabía que su caso, como tantos otros similares, podía haber permanecido abierto a falta de pruebas satisfactorias. Ello hubiera supuesto tener que arrastrar un estigma de por vida. Ahora, aquel capítulo quedaba cerrado, pensó. Sentía una profunda gratitud hacia el jefe del equipo de investigación, el señor Kuang. Por lo general, los funcionarios tendían a equivocarse por exceso y no por defecto con objeto de protegerse a sí mismos. Hacía falta un gran valor por parte del señor Kuang para decidirse a aceptar todo cuanto había dicho.

Tras dieciocho meses de intensa ansiedad, mi madre se vio una vez más rehabilitada. Era afortunada. Como resultado de aquella campaña, más de ciento sesenta mil hombres y mujeres habían sido tachados de contrarrevolucionarios, y sus vidas se vieron destrozadas durante tres décadas. Entre ellos se encontraban algunas de las amigas de mi madre de la época de Jinzhou que habían pertenecido a los cuadros de la Liga Juvenil del Kuomintang. Calificadas sumariamente como contrarrevolucionarias, fueron todas despedidas de sus empleos y enviadas a realizar trabajos manuales forzados.

Aquella campaña, destinada en principio a desenterrar los últimos vestigios de cualquier pasado relacionado con el Kuomintang, logró sacar a relucir numerosos datos y conexiones en la historia de las familias. A lo largo de la historia de China, cuando una persona había sido condenada, todos los miembros de su clan -hombres, mujeres, niños e incluso recién nacidos- habían sido ejecutados. En ocasiones, la ejecución podía aplicarse incluso a primos en noveno grado (zhu-lian jiu-zu). Cualquiera que fuera acusado de un crimen podía poner en peligro las vidas de todo un vecindario.

Hasta entonces, los comunistas habían incluido en sus filas a algunas personas de pasado «indeseable». Muchos hijos e hijas de sus enemigos llegaron a alcanzar posiciones elevadas. De hecho, la mayor parte de los antiguos líderes comunistas procedían también ellos de «malos» orígenes. A partir de 1955, no obstante, los orígenes familiares se convirtieron en un factor cada vez más importante. A medida que pasaban los años y Mao desencadenaba una caza de brujas tras otra, el número de víctimas creció en proporción geométrica, y cada una de ellas arrastraba consigo a muchas otras, incluyendo en primer lugar y sobre todo a los miembros más cercanos de su familia.

A pesar de aquellas tragedias personales, o acaso debido en parte a tan férreo control, la China de 1956 mostraba mayor estabilidad que en ningún otro momento de este siglo. La ocupación extranjera, la guerra civil, las muertes en masa a causa de la inanición, los bandidos, la inflación… todo parecía cosa del pasado. La estabilidad -el sueño de todos los chinos- alimentaba la fe de la gente como mi padre y les ayudaba a soportar sus sufrimientos.

Mi abuela regresó a Chengdu en el verano de 1956. Lo primero que hizo al llegar fue correr a los diferentes jardines de infancia y llevarnos a todos de vuelta a casa de mi madre. Mi abuela poseía una arraigada aversión hacia los jardines de infancia. Solía decir que los niños no podían ser cuidados adecuadamente si estaban en grupo. Mi hermana y yo no estábamos demasiado mal, pero tan pronto como la vimos rompimos a gritar y le pedimos que nos llevara a casa. Con los dos niños, la cosa no fue tan fáciclass="underline" la maestra de Jin-ming se quejó de que el niño se mostraba terriblemente retraído y se negaba a permitir que ningún adulto le tocara. Tan sólo preguntaba, suave pero obstinadamente, por su antigua nodriza. Mi abuela estalló en lágrimas cuando vio a Xiao-hei. Parecía un muñeco de madera, y su rostro aparecía curvado en una sonrisa estúpida. Allí donde le situaran, ya fuera sentado o de pie, se limitaba a permanecer inmóvil en el sitio. No sabía pedir sus necesidades, y ni siquiera parecía capaz de llorar. Mi abuela lo tomó en sus brazos e inmediatamente hizo de él su favorito.

Ya de regreso en casa de mi madre, mi abuela dio rienda suelta a su cólera y perplejidad. Entre lágrimas, llamó a mi padre y a mi madre «progenitores sin corazón». Ignoraba que mi madre no había tenido elección.

Debido a que mi abuela no podía cuidar de los cuatro a la vez, las dos mayores -mi hermana y yo- tuvimos que volver al jardín de infancia durante la semana. Todos los lunes por la mañana, mi padre y su guardaespaldas nos cargaban sobre sus hombros y se nos llevaban entre aullidos, patadas y tirones de pelo.

La situación se mantuvo así durante algún tiempo. Luego, inconscientemente, fui desarrollando mis propias formas de protesta. Comencé a ponerme enferma en el jardín de infancia y a sufrir fiebres tan elevadas que los médicos se alarmaban. Tan pronto como regresaba a casa, mis males desaparecían milagrosamente. Por fin, se nos permitió a ambas quedarnos en casa.

Para mi abuela, una profunda amante de la naturaleza, las nubes y la lluvia eran seres vivos dotados de corazón y lágrimas y sentido de la moralidad. Estaríamos a salvo si seguíamos la antigua regla china para los niños, ting-hua, («prestar atención a las palabras», ser obedientes). En caso contrario, nos ocurrirían toda clase de cosas. Cuando comíamos naranjas, mi abuela nos prevenía de que no nos tragáramos las pepitas. «Si no me hacéis caso, un día no podréis entrar en la casa. Cada pepita es un naranjo chiquitín que, al igual que vosotras, quiere crecer. Se desarrollará silenciosamente dentro de vuestra barriga, creciendo más y más hasta que un día, ¡Ai- ya! ¡Os saldrá por la cabeza! Le crecerán hojas, tendrá más naranjas y sobrepasará la altura de la puerta…»

La idea de llevar un naranjo en la cabeza me fascinaba tanto que un día me tragué una pepita deliberadamente… una, tan sólo. Tampoco quería llevar un huerto en la cabeza: pesaría demasiado. Me pasé el resto del día palpándome el cráneo cada pocos minutos para comprobar si aún lo tenía de una pieza. Varias veces estuve a punto de preguntarle a mi abuela si se me permitiría comerme personalmente las naranjas que me crecieran en la cabeza, pero decidí no hacerlo para que no supiera que había sido desobediente. Decidí que cuando viera el árbol fingiría que había debido de ser un accidente. Aquella noche dormí muy mal. Sentía como si algo me apretara el cráneo por dentro.