Hubo otras quejas: los directores de las escuelas querían disfrutar del derecho a escoger a sus propios maestros en lugar de verse obligados a aceptar a aquellos que les eran asignados por las autoridades. Los directores de hospital querían que se les permitiera comprar hierbas y otras medicinas personalmente, ya que el suministro que recibían del Estado no bastaba para sus necesidades. Los cirujanos querían gozar de mayores raciones alimenticias: consideraban su labor tan ardua como la de los actores de kung-fu de la ópera tradicional china, y sin embargo sus raciones eran una cuarta parte más reducidas que las de aquéllos. Un funcionario de menor rango se lamentaba de que de los mercados de Chengdu hubieran desaparecido algunos célebres artículos tradicionales tales como las «tijeras Wong» o los «cepillos Hu» para verse reemplazados por sustitutos de inferior calidad fabricados al por mayor. Mi madre se mostraba de acuerdo con muchas de aquellas opiniones, pero nada había que pudiera hacer al respecto, ya que se trataba de políticas de Estado. Todo lo que podía hacer era informar de ello a las autoridades superiores.
Aquel estallido de críticas -que a menudo no eran otra cosa que quejas personales o sugerencias prácticas y apolíticas de posibles mejoras- floreció durante aproximadamente un mes del verano de 1957. A comienzos de junio, el discurso pronunciado por Mao acerca de «sacar a las serpientes de sus guaridas» llegó verbalmente a oídos de los funcionarios del nivel de mi madre.
En aquella arenga, Mao había dicho que los derechistas habían desencadenado un ataque sin cuartel del Partido Comunista y del sistema socialista de China. Afirmó que dichos derechistas suponían entre el uno y el diez por ciento de los intelectuales del país… y que debían ser aplastados. Para simplificar las cosas, se había escogido la cifra del cinco por ciento -a medio camino entre ambos extremos propuestos por Mao- como proporción establecida de derechistas que debían ser capturados. Para alcanzar dicha cifra, mi madre debía desenmascarar a más de cien derechistas en las organizaciones a su cargo.
Estaba un poco disgustada por algunas de las críticas que ella misma había recibido, pero pocas de ellas podían considerarse ni remotamente anticomunistas o antisocialistas. A juzgar por lo que había leído en los periódicos, parecía que se habían producido algunos ataques al monopolio comunista del poder y al sistema socialista, pero en sus escuelas y hospitales nadie se había mostrado tan osado. ¿Dónde demonios iba a localizar a tantos derechistas? Además, pensó, era injusto castigar a gente a la que previamente se había invitado -incluso exhortado- a hablar. Por si fuera poco, Mao había garantizado explícitamente que no se tomarían represalias contra los que hablaran. Ella misma, con gran entusiasmo, había animado a la gente a hacerlo.
Se encontraba en un dilema típico al que en ese momento se enfrentaban millones de funcionarios de toda China. En Chengdu, la Campaña Antiderechista tuvo un inicio lento y difícil. Las autoridades provinciales decidieron dar ejemplo con un hombre, un tal señor Hau, que era secretario del Partido en un instituto de investigación en el que trabajaban científicos de renombre procedentes de toda la región de Sichuan. Se esperaba de él que capturara a un número considerable de derechistas, pero había informado que en su instituto no había ni uno. «¿Cómo es posible?», había preguntado su jefe. Algunos de los científicos habían estudiado en el extranjero, en Occidente. «Tienen que haberse contaminado por la sociedad occidental. ¿Cómo pretende usted esperar que sean felices con el comunismo? ¿Cómo es posible que entre ellos no haya ningún derechista?» El señor Hau dijo que el hecho de que hubieran elegido regresar a China demostraba que no eran anticomunistas, y llegó al extremo de avalarles personalmente. Se le advirtió en numerosas ocasiones que rectificara su actitud. Por fin, fue calificado él mismo de derechista, expulsado del Partido y despedido de su empleo. Su nivel de funcionariado se vio drásticamente reducido y se le obligó a trabajar barriendo los suelos en los laboratorios del mismo instituto que antes había dirigido.
Mi madre conocía al señor Hau, y experimentó una profunda admiración hacia él y hacia el modo en que había defendido sus opiniones. Entre ambos surgió una gran amistad que aún hoy perdura. Pasaba muchas tardes con él, contándole sus preocupaciones. Sin embargo, reconocía en su destino el que a ella misma le esperaba si no cumplía con su cuota.
Todos los días, tras las interminables asambleas habituales, mi madre tenía que informar a las autoridades municipales del Partido sobre la marcha de la campaña. La persona a cargo de la misma en Chengdu era un hombre llamado Ying; se trataba de un individuo alto, esbelto y bastante arrogante. Mi madre tenía que darle cifras que mostraran el número de derechistas que habían sido desenmascarados. Los nombres eran lo de menos. Lo que importaba eran los números.
¿Dónde, sin embargo, iba a conseguir hallar sus más de cien derechistas anticomunistas y antisocialistas? Por fin, uno de sus ayudantes, llamado Kong, encargado de Educación para el Distrito Oriental, anunció que las directoras de un par de colegios habían logrado identificar como tales a algunas de sus maestras. Una de ellas era una maestra de primaria cuyo esposo, oficial del Kuomintang, había muerto en la guerra civil. Había dicho algo así como que «China, hoy, está peor que en el pasado». Un día tuvo una trifulca con la directora, quien la había criticado por aflojar su ritmo de trabajo. Furiosa, la golpeó. Otras dos maestras intentaron detenerla, una de ellas diciéndole que tuviera cuidado, ya que la directora estaba embarazada. Según los informes, se había puesto a gritar que quería «librarse de ese comunista hijo de puta» (refiriéndose al niño que aún no había nacido).
En otro de los casos, se dijo que una maestra cuyo esposo había huido a Taiwan con el Kuomintang había estado mostrando a ciertas compañeras algunas de las joyas que le había regalado su marido, intentando con ello despertar en ellas un sentimiento de envidia hacia la vida que había llevado ella con el Kuomintang. Las jóvenes afirmaron asimismo que había dicho que era una lástima que los norteamericanos no hubieran ganado la guerra de Corea y hubieran avanzado a continuación hacia China.
El señor Kong dijo que había comprobado los hechos. La investigación no dependía de mi madre. Cualquier cautela por su parte se hubiera interpretado como un intento de proteger a las derechistas y poner en duda la integridad de sus propias colegas.
Los responsables hospitalarios y el encargado del Departamento de Salud no acusaron personalmente a ningún derechista, pero varios doctores fueron tildados de ello por las autoridades superiores del municipio de Chengdu como consecuencia de las críticas realizadas en asambleas anteriores organizadas por las autoridades de la ciudad.
Todos aquellos derechistas juntos apenas sumaban diez personas: mucho menos de lo que exigía la cuota. Para entonces, el señor Ying estaba harto de la falta de celo mostrado por mi madre y sus colegas, y afirmó que el hecho de que ésta no pudiera reconocer a los derechistas demostraba que ella misma estaba hecha de la misma pasta. Ser calificado de derechista no sólo implicaba verse convertido en un paria político y perder el empleo sino, lo que era aún más importante, aseguraba la discriminación de los hijos y la familia y ponía en peligro el futuro de todos ellos. Los niños estarían condenados al ostracismo tanto en la escuela como en la calle. El comité de residentes espiaría a la familia para comprobar qué visitas recibía. Si un derechista era enviado al campo, los campesinos reservarían las tareas más duras para él y para su familia. Sin embargo, nadie conocía con exactitud el alcance de las consecuencias, y esa misma incertidumbre constituía de por sí un poderoso motivo de temor.
Tal era el dilema al que se enfrentaba mi madre. Si era tachada de derechista se vería forzada a elegir entre renunciar a sus hijos o destrozar el futuro de los mismos. Mi padre se vería probablemente obligado a divorciarse de ella o también él sería incluido en la lista negra y sujeto a constantes sospechas. Incluso si mi madre se sacrificaba y se divorciaba de él, toda la familia continuaría eternamente señalada con el estigma de los sospechosos. No obstante, el precio que había de pagar para salvarse ella y salvar a sus parientes era el bienestar de cien personas inocentes con todas sus familias.