La obcecación de Mao se había visto estimulada por sus recientes experiencias en Rusia. Cada vez más desilusionado por Kruschev tras la denuncia que éste realizara de Stalin en 1956, Mao había viajado a Moscú a finales de 1957 para asistir a una cumbre comunista internacional. Regresó de ella convencido de que Rusia y sus aliados estaban abandonando el socialismo y volviéndose revisionistas. Contemplaba, pues, a China como la única nación realmente fiel a la causa, a la vez que como la encargada de inflamar los nuevos horizontes. La megalomanía y la obcecación se combinaban con facilidad en la mente de Mao.
Al igual que otras muchas, su obsesión por el acero apenas fue cuestionada. Comenzó a odiar a los gorriones… porque devoraban el grano. En consecuencia, todas las familias fueron movilizadas. Solíamos sentarnos a la puerta de nuestras casas golpeando ferozmente cualquier objeto de metal disponible -desde platillos hasta sartenes- con objeto de ahuyentar a los gorriones de los árboles hasta que éstos terminaban por caer al suelo, muertos por el agotamiento. Incluso hoy me parece oír el estrépito que ocasionábamos mis hermanos y yo en compañía de los funcionarios del Gobierno, sentados bajo una gigantesca madreselva que crecía en el patio.
Se dictaban asimismo fabulosos objetivos económicos. Mao afirmaba que la producción industrial de China podría superar a la de Estados Unidos y Gran Bretaña en menos de quince años. Para los chinos, aquellos países representaban el mundo capitalista. El hecho de superarlos se contemplaría como un triunfo sobre sus enemigos. Ello contribuía a excitar el orgullo del pueblo, así como a estimular enormemente su entusiasmo. Se habían sentido humillados por la negativa de Estados Unidos y la mayor parte de los países occidentales a concederles reconocimiento diplomático, por lo que se mostraban ansiosos de demostrar al mundo que podían arreglárselas por sí mismos y que estaban dispuestos a creer en los milagros. Mao era su fuente de inspiración. La energía de la población había pugnado hasta entonces por hallar una vía de escape, y allí la tenía por fin. El espíritu gung-ho prevaleció sobre la prudencia, del mismo modo que la ignorancia prevalece sobre la razón.
A comienzos de 1958, poco después de regresar de Moscú, Mao permaneció de visita en Chengdu durante aproximadamente un mes. Estaba enardecido con la idea de que China era capaz de todo, y muy especialmente de arrebatar a los rusos el liderazgo del socialismo. Fue en Chengdu donde esbozó su Gran Salto Adelante. La ciudad organizó un gran desfile en su honor, pero los participantes no supieron en ningún momento que Mao se hallaba entre ellos, ya que éste prefirió mantenerse oculto. En aquel desfile se propuso una nueva consigna: «Una mujer capaz puede hacer la comida aunque no cuente con alimentos», lo que constituía una inversión del antiguo y pragmático dicho chino que reza: «Por muy capaz que sea, ninguna mujer puede hacer la comida si no cuenta con alimentos.» De la retórica exagerada se había pasado a las demandas concretas. Se exigía convertir las fantasías imposibles en realidad.
Aquel año se disfrutó de una primavera espléndida. Un día, Mao decidió dar un paseo por un parque llamado La Cabaña de Paja de Du Fu, el poeta Tang del siglo VIII. El Distrito Oriental de mi madre había sido hecho responsable de la seguridad de una zona del parque, y ella y sus colegas se aprestaron a patrullarla fingiendo ser turistas. Mao rara vez se atenía a un programa, y nunca permitía a la gente conocer con precisión sus movimientos; en consecuencia, mi madre permaneció durante horas y horas sorbiendo té en un establecimiento e intentando mantenerse alerta. Finalmente, los nervios pudieron con ella y anunció a sus colegas que se iba a dar un paseo. Cuando llegó a la zona de seguridad del Distrito Occidental, los responsables de la misma -que no la conocían- comenzaron inmediatamente a seguirla. Cuando el secretario del Partido para el Distrito Occidental fue informado de la presencia de una «mujer sospechosa», acudió a comprobarlo por sí mismo y al verla se echó a reír: «¡Pero hombre, si se trata de la vieja camarada Xia, del Distrito Oriental!» Más tarde, mi madre sufrió las críticas de su superior, el jefe de distrito Guo, por «andar por ahí indisciplinadamente».
Mao visitó asimismo cierto número de granjas de la llanura de Chengdu. Hasta entonces, las cooperativas campesinas habían sido más bien pequeñas. Fue allí donde Mao ordenó que se combinaran para formar instituciones más grandes que, posteriormente, se denominaron «comunas populares».
Aquel verano, todo el país se organizó en torno a aquellas nuevas unidades, cada una de las cuales agrupaba entre dos mil y veinte mil viviendas. Una de las precursoras de aquella campaña era una zona llamada Xushui, situada en la provincia de Hebei, en el norte de China, a la que Mao tomó un afecto considerable. En su ansia por demostrar que la atención que Mao les demostraba era bien merecida, el jefe local declaró que iban a superar en más de diez veces su anterior producción de grano. Mao sonrió ampliamente y respondió: «¿Y qué pensáis hacer con tanta comida? Aunque, bien pensado, la verdad es que no está mal tener demasiada comida. El Estado no la necesita. El resto del país tiene suficiente comida propia. Pero vuestros campesinos pueden dedicarse a comer y comer y comer. ¡Podéis hacer cinco comidas al día!» Mao se mostraba embriagado de satisfacción mientras pensaba en lo que no era sino el eterno sueño de todo campesino chino… tener comida de sobra. Tras aquellas observaciones, los aldeanos inflamaron aún más los deseos de su Gran Líder afirmando que estaban produciendo más de cuatrocientas cincuenta toneladas de patatas por mu (un mu equivale aproximadamente a seiscientos setenta y cinco metros cuadrados), más de sesenta toneladas de trigo por mu y coles de doscientos veinticinco kilogramos de peso.
En aquella época abundaba hasta un grado increíble la práctica de contarse fantasías a uno mismo y a los demás para luego creérselas. Los campesinos trasladaban las cosechas de varios campos y las reunían en uno solo para mostrar a los funcionarios del Partido que habían logrado una cosecha milagrosa. Igualmente, se mostraban similares «campos Potemkin» a crédulos -o autocegados- ingenieros agrícolas, periodistas, visitantes de otras regiones y extranjeros. Aunque aquellas cosechas solían estropearse en pocos días debido a su incorrecto trasplante y a su exagerada densidad, ello era un hecho que los visitantes desconocían o preferían desconocer. Gran parte de la población se vio arrastrada por aquella atmósfera de desatino y confusión. La nación se hallaba dominada por el «autoengaño engañando a los demás» (zi-qi-qi-ren). Numerosas personas -incluidos diversos ingenieros agrícolas y líderes del Partido- afirmaron haber visto aquellos milagros con sus propios ojos. Aquellos que no lograban emular los fantásticos resultados inventados por otros comenzaron a dudar de sí mismos y a autoinculparse. Bajo una dictadura como la de Mao, en la que la información era ocultada y manipulada, resultaba muy difícil para la gente corriente mantener la confianza en su propia experiencia o sabiduría, a lo que había que añadir que en ese momento eran testigos de una oleada de fervor patriótico a nivel nacional que prometía acabar con los últimos vestigios de sensatez. Resultaba sencillo hacer caso omiso de la realidad y limitarse a depositar la fe en Mao. Unirse a aquel enloquecimiento constituía con mucho el camino más fácil. Detenerse a pensar de un modo ponderado era arriesgarse a tener problemas.