Aquella purga de «oportunistas de derecha» sometió al Partido a una nueva sacudida, ya que numerosos altos funcionarios se mostraron de acuerdo con Peng. La lección resultante fue que no cabía desafiar la autoridad de Mao aunque éste estuviera claramente equivocado. Los funcionarios comprobaron que, independientemente de lo elevado de su categoría (Peng, después de todo, había hablado siendo ministro de Defensa) y de su situación personal (Peng estaba considerado como el favorito de Mao) cualquiera que ofendiera al líder se hallaba destinado a caer en desgracia. Supieron asimismo que no cabía decir lo que se pensaba y dimitir a continuación, ni siquiera de un modo discreto: la dimisión se entendía como una forma inaceptable de protesta. No había posibilidad de retirada. Las bocas del Partido habían sido tan firmemente selladas como las de la propia población. Después de aquello, el Gran Salto Adelante acometió excesos todavía mayores, y las autoridades superiores impusieron objetivos económicos aún más descabellados. Se movilizó a un número mayor de campesinos para la fabricación de acero, y el campo se vio inundado de órdenes aún más arbitrarias que terminaron por imponer el caos.
A finales de 1958, en pleno auge del Gran Salto Adelante, se inició un masivo proyecto de construcción consistente en diez grandes edificios que habrían de ser completados en la capital, Pekín, en el curso de diez meses para conmemorar el día 1 de octubre de 1959, décimo aniversario de la fundación de la República Popular.
Uno de ellos era el Gran Palacio del Pueblo, un edificio de columnas al estilo soviético situado en el costado oeste de la plaza de Tiananmen. Su frontispicio de mármol había de extenderse a lo largo de cuatrocientos metros, y su salón principal de banquetes -adornado con múltiples candelabros- daría cabida a varios miles de personas. Allí se celebrarían las reuniones más importantes, y allí recibirían las autoridades a los dignatarios extranjeros. Las estancias, diseñadas todas ellas a gran escala, serían bautizadas con los nombres de las provincias chinas. Mi padre fue encargado de la decoración del Salón Sichuan, y una vez completada la labor invitó para su inspección a diversos líderes del Partido relacionados con dicha provincia. Acudió Deng Xiaoping, oriundo de la misma, al igual que el mariscal Ho Lung, un célebre personaje al estilo Robin Hood, íntimo amigo de Deng a la vez que uno de los fundadores del Ejército Rojo.
En un momento determinado, llamaron aparte a mi padre, dejando a ambos en plena charla con otro viejo colega que, dicho sea de paso, era hermano de Deng. Cuando regresó a la estancia oyó al mariscal Ho quien, señalando a Deng, decía, dirigiéndose a su hermano: «Realmente, es él quien debería estar en el poder.» En ese instante, advirtieron la presencia de mi padre e interrumpieron inmediatamente la conversación.
A partir de entonces, mi padre se vio inmerso en un permanente estado de aprensión. Era consciente de haber escuchado inadvertidamente críticas surgidas en las altas esferas del régimen. Cualquier iniciativa que tomara o dejara de tomar podía arrastrarle a un peligro mortal. Lo cierto es que no le ocurrió nada, pero cuando me relató el incidente varios años después, me confesó que desde aquel momento había vivido bajo el temor de un desastre inminente. «El hecho -decía-de haber escuchado palabras equivalentes a un delito de traición…», y añadía una frase que significaba que se trataba de «un crimen penalizado con la decapitación».
Lo que había oído no reflejaba sino cierto desencanto con la figura de Mao, sentimiento que compartían numerosos líderes entre los que destacaba el nuevo presidente, Liu Shaoqi.
En otoño de 1959, Liu acudió a Chengdu para inspeccionar una comuna llamada Esplendor Rojo. El año anterior, Mao se había mostrado altamente entusiasta acerca del astronómico aumento de la producción de arroz de la comuna. Antes de la llegada de Liu, los funcionarios locales reunieron a todos aquellos que podrían haberles desenmascarado y los encerraron en un templo. Pero Liu tenía un «topo», y cuando pasó junto al templo se detuvo y solicitó ver su interior. Los funcionarios adujeron diversas excusas, llegando al punto de asegurar que el templo corría peligro de desplomarse en cualquier momento, pero Liu no estaba dispuesto a dejarse convencer por sus negativas. Por fin, no hubo más remedio que descorrer el enorme y oxidado cerrojo, y unos cuantos campesinos andrajosos salieron dando tumbos a la luz del día. Los azorados funcionarios locales intentaron explicar a Liu que se trataba de alborotadores que habían sido encerrados para que no pudieran molestar al distinguido visitante. Los campesinos, por su parte, se limitaban a guardar silencio. Los funcionarios de comuna no poseían control alguno sobre las políticas del Partido, pero ejercían un temible poder sobre la vida de las personas. Si querían castigar a alguien, podían adjudicarle los peores trabajos y las raciones más escasas, así como inventar cualquier excusa para hacer que fuera importunado, denunciado e, incluso, arrestado.
El presidente Liu formuló algunas preguntas, pero los campesinos se limitaron a sonreír y a balbucir cosas sin sentido. Desde su punto de vista, resultaba preferible ofender al presidente que a los jefes locales. El primero partiría a Pekín en pocos minutos, pero los jefes comunales habían de permanecer junto a ellos durante el resto de sus vidas.
Poco después acudió a Chengdu otro de los principales líderes, el mariscal Zhu De, acompañado por uno de los secretarios privados de Mao. Zhu De era oriundo de Sichuan, y había sido comandante del Ejército Rojo y artífice militar de la victoria comunista. Desde 1949 se había mantenido en segundo plano. Visitó diversas comunas cercanas a Chengdu, y después, mientras paseaba junto al Río de la Seda contemplando los pabellones, los bosquecillos de bambú y los pabellones rodeados de sauces que se alineaban a lo largo de las orillas, exclamó, dominado por la emoción: «¡Sichuan es sin duda un lugar divino…!» Declamó aquellas palabras como si se trataran de un poema. El secretario de Mao añadió el segundo verso al uso poético tradicionaclass="underline" «¡Lástima que los malditos vendavales de embustes y falso comunismo estén terminando con él!» Mi madre, que se encontraba con ellos, pensó para sí misma: Estoy completamente de acuerdo.
Mao, quien aún sospechaba de sus colegas y se mostraba resentido por los ataques recibidos en Lushan, insistió obstinadamente en su desatinada política económica. Aunque era consciente de las catástrofes ocasionadas por la misma y por ello comenzaba discretamente a permitir la modificación de sus aspectos más impracticables, su imagen no le permitía revisarla por completo. Entre tanto, con la llegada de los sesenta, se extendía por toda China una gran escasez.
En Chengdu, la ración mensual de los adultos se redujo a ocho kilogramos y medio de arroz, cien gramos de aceite vegetal y cien gramos de carne… cuando la había. Apenas había nada más, ni siquiera coles. Muchos ciudadanos sufrían edemas, una enfermedad que conlleva la acumulación de fluidos bajo la piel debido a la malnutrición. Los pacientes se ponían amarillos y se hinchaban. El remedio más popular consistía en la administración de chlorella, alga supuestamente rica en proteína. La chlorella fructificaba en la orina humana, por lo que la gente dejó de acudir al retrete y optó por orinar en escupideras, tras lo cual depositaban en ellas las semillas de chlorella. Al cabo de pocos días, la chlorella crecía hasta adoptar un aspecto similar al de huevas de pescado, tras lo cual era recogida de su lecho de orines, lavada y cocinada con arroz. Su ingestión resultaba verdaderamente repugnante, pero lo cierto es que hacía disminuir la hinchazón.