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Al igual que el resto de la población, mi padre sólo tenía derecho a una ración limitada de comida. Sin embargo, su condición de funcionario de alto rango le daba derecho a determinados privilegios. En nuestro complejo había dos cantinas: una pequeña, reservada a los directores de departamento con sus familias y sus hijos, y otra más grande destinada al resto de sus pobladores, incluidas mi abuela, mi tía Jun-ying y la criada. Por lo general, recogíamos la comida en la cantina y nos la llevábamos a casa para consumirla allí. En las cantinas había más comida que en las calles. El Gobierno provincial tenía su propia granja, y se recibían asimismo «obsequios» de los gobiernos del condado. Aquellos valiosos suministros se repartían entre las dos cantinas, pero la pequeña obtenía siempre un trato preferente.

En su calidad de funcionarios del Partido, mis padres contaban igualmente con cupones alimenticios especiales. Yo solía acudir con mi abuela a una tienda especial situada fuera del complejo, donde nos servíamos de los mismos para adquirir más comida. Los cupones de mi madre eran de color azul. Tenía derecho mensualmente a cinco huevos, algo menos de treinta gramos de soja y casi la misma cantidad de azúcar. Los de mi padre eran amarillos. Debido a su rango, más elevado, tenía derecho a una ración doble de la de mi madre. En mi familia se reunían los alimentos recogidos en las cantinas y en otras fuentes y luego comíamos todos juntos. Los adultos procuraban comer menos en beneficio de los niños, por lo que no llegué a pasar hambre. Ellos, sin embargo, sufrieron problemas de malnutrición, y mi abuela desarrolló un ligero edema. Solía cultivar chlorella en casa, y aunque yo me daba cuenta de que los adultos la consumían, nunca me dijeron para qué servía. En cierta ocasión, probé un poco, pero la escupí inmediatamente, ya que poseía un sabor repugnante. Jamás volví a intentarlo.

Yo no era del todo consciente de la hambruna que reinaba a mi alrededor. Un día, camino del colegio, iba comiéndome un pequeño rollo cocinado al vapor cuando alguien se acercó corriendo y me lo arrebató de la mano. Mientras me reponía de la sorpresa, vislumbré la huida de unas espaldas oscuras y sumamente delgadas prolongadas en unos pantalones cortos y unos pies descalzos que corrían a lo largo de un callejón embarrado. Su dueño se llevó las manos a la boca y devoró el rollo. Cuando conté a mis padres lo sucedido, los ojos de mi padre adoptaron una expresión terriblemente triste. Me acarició la cabeza y dijo: «Eres afortunada. Hay muchos niños como tú que pasan mucha hambre.»

En aquella época, debía acudir a menudo al hospital para revisarme los dientes. Siempre que iba sufría ataques de náuseas ante el horrible espectáculo de docenas de personas cuyas extremidades brillantes, casi transparentes, aparecían inflamadas como barriles. Había tantos pacientes que debían ser transportados al hospital en carromatos. Cuando le pregunté a mi dentista qué les pasaba, ésta respondió con un suspiro: «Edema.» Le pregunté qué significaba aquello, y ella se limitó a murmurar algo que pude relacionar vagamente con la comida.

Casi todas aquellas personas eran campesinos. La escasez era mucho peor en el campo debido a que allí no contaban con un racionamiento garantizado. La política del Gobierno daba prioridad al suministro urbano, y los funcionarios de las comunas se veían obligados a arrebatar el grano de los campesinos por la fuerza. En muchas zonas, aquellos que intentaban ocultar la comida eran arrestados, golpeados y torturados. Los funcionarios de comuna que se mostraban reacios a arrebatarles sus provisiones se veían obligados a cesar en sus puestos, y algunos eran incluso maltratados físicamente. Como resultado, morían en toda China millones de campesinos, los mismos que habían producido personalmente aquellos alimentos.

Más tarde, me enteré de que varios de mis parientes -desde Sichuan a Manchuria- habían muerto durante aquella época. Entre ellos se encontraba el hermano retrasado de mi padre. Su madre había muerto en 1958, y cuando sobrevino el hambre desatendió los consejos de los demás y no supo enfrentarse a la situación. Las raciones se repartían men-sualmente, y él solía devorar la suya en unos pocos días, tras lo cual se quedaba sin nada para el resto del mes. No tardó en morir de hambre. La hermana de mi abuela, Lan, y su marido, Lealtad Pei-o, los cuales habían sido enviados a la inhóspita campiña del norte de Manchuria por su antigua relación con el Kuomintang, murieron también. A medida que se acababa la comida, las autoridades locales comenzaron a adjudicar los suministros existentes de acuerdo con sus propias y tácitas prioridades. La categoría de paria de Pei-o implicaba que tanto él como su mujer se contaban entre los primeros a los que se denegaban las raciones. Sus hijos sobrevivieron gracias a que sus padres les dieron sus propios alimentos. El padre de la esposa de Yu-lin también sucumbió. Se descubrió que antes de morir había devorado el relleno de su almohada y los zarcillos de los ajos.

Una noche, cuando contaba aproximadamente ocho años de edad, entró en nuestra casa una mujer diminuta y de aspecto viejísimo con un rostro que era una masa de arrugas. Era tan flaca y tan débil que parecía que un soplo de viento bastaría para derribarla. Se desplomó frente a mi madre y golpeó su frente contra el suelo, llamándola «salvadora de mi hija». Era la madre de nuestra criada. «De no ser por vosotros -dijo-, mi hija jamás sobreviviría…» Yo no llegué a captar por completo el significado de aquellas palabras hasta transcurrido un mes, con motivo de la llegada de una carta para la criada. En ella le decían que su madre había fallecido poco después de la visita en la que nos había comunicado la muerte de su esposo y de su segundo hijo. Nunca olvidaré los patéticos sollozos de nuestra criada mientras permanecía allí, en la terraza, reclinada contra una columna de madera mientras intentaba sofocar su llanto con el pañuelo. Mi abuela, sentada sobre su cama con las piernas cruzadas, también lloraba. Yo me escondí en un rincón junto a la mosquitera de mi abuela, y oí cómo ésta decía: «Los comunistas son buenos, pero toda esta gente que ha muerto…» Años después me enteré de que el otro hermano de nuestra criada y su cuñada habían muerto también al poco tiempo. En las hambrientas comunas, las familias de los terratenientes ocupaban el último lugar de la lista a la hora de recibir alimentos.

En 1989, un funcionario que había estado colaborando en el esfuerzo por combatir la escasez me dijo que calculaba que en Sichuan debieron de morir de hambre siete millones de personas. Ello equivalía al diez por ciento de la población de una provincia rica. El cálculo admitido referente al número de muertes ocurridas en todo el país se eleva a unos treinta millones de habitantes.

Un día, en 1960, desapareció la hija de tres años de la vecina de mi tía Jun-ying. Unas semanas después, la vecina vio una niña jugando en la calle. Llevaba un vestido que le pareció el de su hija. Se acercó y lo examinó: tenía una marca que lo identificaba sin posibilidad de dudas, por lo que informó de ello a la policía. Se averiguó que los padres de aquella niña estaban vendiendo carne seca. Habían secuestrado y asesinado a cierto número de niños y se dedicaban a venderlos a precios exorbitantes como si se tratara de carne de conejo. Ambos fueron ejecutados y se echó tierra sobre el asunto, pero todo el mundo sabía que se continuaban matando niños.

Años después, me encontré con un antiguo colega de mi padre, un hombre sumamente bondadoso y capaz, en absoluto dado a la exageración. Sin poder ocultar su emoción, me relató lo que había visto en una comuna en particular durante la época del hambre. El treinta y cinco por ciento de los campesinos había muerto en una zona en la que la cosecha había sido buena. Sin embargo, apenas se había recolectado nada debido a que los hombres habían sido desviados para la producción de acero. La cantina comunal, por su parte, había consumido la mayor parte de lo poco que había. Un día, un campesino irrumpió en su habitación y se arrojó al suelo gritando que había cometido un horrible crimen y suplicando que se le castigara por ello. Por fin, se averiguó que había matado a su propio hijo pequeño y lo había devorado. El hambre había sido como una fuerza incontrolable que le había impulsado a blandir el cuchillo. Con lágrimas resbalando por sus mejillas, el funcionario ordenó que arrestaran al campesino, quien fue posteriormente fusilado como advertencia a los asesinos de niños.