En nuestra sala de élite se proyectaban películas restringidas que no podía ver nadie más, ni siquiera los empleados del auditorio grande. Se conocían con el nombre de «películas de referencia» y en su mayor parte se componían de recortes de películas occidentales. Recuerdo que en una aparecía un mirón de playa al que las mujeres que había estado espiando duchaban con un cubo de agua. Otro extracto de uno de los documentales mostraba a varios pintores abstractos que habían enseñado a un chimpancé a aplicar tinta sobre una hoja y a un hombre que tocaba el piano con el trasero.
Imagino que ambas habían sido seleccionadas para mostrar la decadencia de Occidente. Se proyectaron exclusivamente para altos funcionarios del Partido, aunque incluso a éstos les era negada la mayor parte de la información procedente de allí. De vez en cuando se proyectaban películas occidentales en una pequeña sala de visionado en la que no se permitía la entrada de niños. Yo experimentaba una enorme curiosidad, y solía suplicar a mis padres que me llevaran. Éstos me complacieron en un par de ocasiones. Para entonces, mi padre se había vuelto más tolerante con nosotros. Había un guardia en la puerta, pero al ver que iba con mis padres no puso objeción alguna. Ambas películas, sin embargo, me resultaron totalmente incomprensibles. Una parecía girar en torno a un piloto norteamericano que enloquecía después de arrojar una bomba atómica sobre Japón. La otra era un largometraje en blanco y negro. En una de las escenas, un líder sindical era golpeado por dos matones en el interior de un automóvil, y me sentí horrorizada al advertir que un hilo de sangre resbalaba de sus labios. Era la primera vez en mi vida que contemplaba un acto de violencia con derramamiento de sangre (los comunistas habían abolido los castigos corporales en las escuelas). En aquellos días, las películas chinas eran producciones amables, sentimentales y optimistas; cualquier sugerencia de actos violentos aparecía estilizada, como en la ópera china.
Me desconcertaba el modo de vestir de los obreros occidentales: llevaban elegantes trajes que ni siquiera mostraban remiendos y que no encajaban ni por asomo con mi idea de lo que debían probablemente vestir las masas oprimidas de los países capitalistas. Después de la película, pregunté a mi madre sobre aquello y ella me respondió diciendo algo acerca de «niveles de vida relativos». No comprendí qué quería decir con ello, y pensé que la pregunta seguía sin responder.
De niña, mi idea de Occidente era la de un pozo de pobreza y miseria similar al que rodea a la vagabunda cerillera del cuento de Hans Christian Andersen. Cuando en el jardín de infancia había rehusado terminar mi plato, la profesora había exclamado: «¡Piensa en todos los niños que mueren de hambre en el mundo capitalista!» En la escuela, cuando intentaban hacernos trabajar más, los profesores solían decir: «Tenéis suerte de poder ir a una escuela y tener libros para leer. En los países capitalistas los niños tienen que trabajar para mantener a sus hambrientas familias.» A menudo, cuando los adultos querían que aceptáramos algo, afirmaban que en Occidente la gente ansiaba poseer eso pero que no podía conseguirlo, y que por tanto debíamos alegrarnos de nuestra buena fortuna. Al final, comencé a pensar de ese modo automáticamente. En cierta ocasión en que una niña de mi clase apareció luciendo una nueva clase de impermeable rosado y traslúcido que nunca había visto antes, pensé en lo estupendo que sería que me lo cambiara por mi viejo paraguas de papel encerado. Inmediatemente, sin embargo, me reprendí por aquel impulso burgués y escribí en mi diario: «Piensa en todos los niños del mundo capitalista: ¡ni siquiera pueden soñar con poseer un paraguas!»
Interiormente, imaginaba a los extranjeros como seres terroríficos. Todos los chinos tienen el cabello negro y los ojos castaños, por lo que cualquier otro colorido de pelo y de ojos les resulta extraño. Mi imagen de los extranjeros coincidía más o menos con el estereotipo oficiaclass="underline" un hombre de cabellos rojos y enmarañados, con ojos de un color extraño y una nariz muy, muy larga que va por ahí borracho, dando tumbos, bebiendo Coca-Cola a morro y afianzándose sobre sus piernas abiertas de un modo nada elegante. Los extranjeros decían constantemente «hola» con una entonación peculiar. Yo ignoraba qué significaba «hola»; pensaba que se trataba de una palabrota. Cuando los niños jugaban a la «guerra de guerrillas» (que venía a ser su propia versión de indios y vaqueros), los del bando enemigo se pegaban una espina sobre la nariz y exclamaban «hola» sin parar.
Durante mi tercer año en la escuela primaria, cuando contaba nueve años de edad, mis compañeros y yo decidimos decorar el aula con plantas. Una de las niñas sugirió que podría obtener algunas especies poco corrientes de un jardín que cuidaba su padre en la iglesia católica de la calle del Puente Seguro. Antaño había habido un orfanato adosado a la iglesia, pero habían terminado por cerrarlo. La iglesia aún funcionaba bajo control del Gobierno, el cual había obligado a los católicos a romper con el Vaticano y unirse a una organización «patriótica». Debido a la propaganda acerca de la religión, la idea de la iglesia me resultaba misteriosa e inquietante. La primera vez que había oído mencionar la violación había sido en una novela en la que se atribuía una a un sacerdote extranjero. Por otra parte, los sacerdotes adoptaban invariablemente la imagen de espías imperialistas y malvados que utilizaban a los bebés de los hospitales para realizar experimentos médicos.
Todos los días, camino del colegio y de regreso de él, solía pasar junto al comienzo de la calle del Puente Seguro, bordeada de árboles seculares, y distinguía el perfil de la puerta de la iglesia. Acostumbrada a la estética china, sus pilares se me antojaban sumamente extraños ya que, a diferencia de los nuestros, tallados en madera y posteriormente pintados, estaban tallados en mármol blanco y acanalados al estilo griego. Me moría por visitar el interior, y había pedido a aquella niña que me invitara un día a ir a su casa. Ella, sin embargo, repuso que su padre no quería que llevara visitas, lo que no sirvió sino para acrecentar aún más su misterio. Cuando se ofreció a traer algunas plantas de su jardín, me ofrecí calurosamente a acompañarla.
A medida que nos aproximábamos a la puerta de la iglesia sentí que me ponía en tensión y que mi corazón casi dejaba de latir. No recordaba haber visto nunca una puerta tan imponente. Mi amiga se puso de puntillas y golpeó un aro de metal que colgaba de la puerta. En ésta se abrió de pronto una pequeña entrada tras la que apareció un anciano arrugado que caminaba doblado casi por completo sobre sí mismo. Pensé que era como las brujas que salen en las ilustraciones de los cuentos de hadas. Aunque no podía ver su rostro con claridad, me imaginé que tendría una larga nariz ganchuda y un sombrero de pico y que en cualquier momento saldría volando por los aires montado en una escoba. El hecho de que perteneciera al sexo opuesto al de las brujas carecía de importancia. Atravesé apresuradamente el umbral. Frente a mí se abría un patio pulcro y diminuto en el que había un jardín. Me sentía tan nerviosa que no era capaz de ver qué contenía. Mis ojos tan sólo registraban una enorme proliferación de colores y formas, así como una pequeña fuente que manaba en medio de una estructura rocosa. Mi amiga me tomó de la mano y me condujo a lo largo del porche hasta el otro lado del patio. Cuando llegamos al final, abrió una puerta y me dijo que allí era donde el sacerdote pronunciaba sus sermones. ¡Sermones! Me había topado con aquella palabra en un libro en el que el sacerdote se servía de su sermón para transmitir secretos de Estado a otro espía imperialista. Mi tensión aumentó cuando salvé el umbral y penetré en una enorme y oscura estancia que parecía un salón; durante unos instantes, no pude ver nada. Por fin, distinguí una estatua al fondo de la sala. Aquél fue mi primer encuentro con un crucifijo. A medida que me acercaba, la figura de la cruz parecía elevarse sobre mí, inmensa y abrumadora. La sangre, la postura y la expresión de su rostro se combinaban para producir una sensación profundamente aterradora. Me volví y salí corriendo de la iglesia. En el exterior, casi choqué con un hombre ataviado con un traje negro. Pensé que intentaba agarrarme y, esquivándole, eché nuevamente a correr. A mis espaldas oí una puerta que crujía y, de pronto, me vi envuelta por una gran calma, rota tan sólo por el murmullo de la fuente. Abrí la pequeña entrada de la puerta principal y alcancé el comienzo de la calle sin dejar de correr. Mi corazón palpitaba con fuerza, y la cabeza me daba vueltas.