¿Quiénes eran exactamente estos «seguidores del capitalismo»? Ni siquiera el propio Mao estaba seguro de ello. Sí sabía que quería sustituir a la totalidad de los miembros del Comité del Partido en Pekín, y así lo hizo. También sabía que quería desembarazarse de Liu Shaoqi, de Deng Xiaoping y de «los enclaves burgueses en el Partido», pero ignoraba quiénes dentro del vasto sistema que formaba el mismo le eran leales y quiénes eran seguidores de Liu, Deng y su «camino hacia el capitalismo». Según sus cálculos, tan sólo controlaba un tercio del Partido. Decidido a no dejar escapar ni a uno solo de sus enemigos, resolvió el derrocamiento de todo el Partido Comunista. Aquellos aún fieles a él sabrían sobrevivir a la tormenta. En sus propias palabras: «Destruid primero; la reconstrucción llegará por sí misma.» A Mao no le inquietaba una posible destrucción del Partido: el Mao Emperador siempre predominaría sobre el Mao Comunista. Tampoco le inquietó la posibilidad de perjudicar a alguien innecesariamente, ni siquiera a aquellos que le eran más leales. Uno de sus grandes héroes, el antiguo general Tsao Tsao, había pronunciado una frase inmortal que Mao admiraba sin tapujos: «Prefiero ofender a todos cuantos viven bajo el cielo que permitir que nadie que viva bajo el cielo llegue a ofenderme a mí.» El general había proclamado aquello cuando descubrió que había asesinado a una pareja de ancianos por error ya que, de hecho, el viejo y la vieja a quienes había juzgado como traidores en realidad le habían salvado la vida.
Los vagos gritos de guerra de Mao produjeron una intensa confusión entre la población y la mayoría de los funcionarios del Partido. Pocos sabían cuál era su propósito, ni quiénes eran exactamente sus enemigos aquella vez. Al igual que otros antiguos funcionarios, tanto mi madre como mi padre advirtieron que Mao había decidido castigar a algunos, pero ignoraban quiénes serían los desdichados. Bien podían ser ellos mismos. Ambos se sintieron presas del desconcierto y la aprensión.
Mao, entretanto, llevó a cabo su más importante iniciativa desde el punto de vista organizativo: dispuso una cadena personal de mando que operaba desde el exterior del aparato del Partido de la que, sin embargo, afirmó que se hallaba sometida al Politburó y al Comité Central, lo que le permitía fingir que actuaba bajo las órdenes del propio Partido.
En primer lugar, nombró como colaborador más directo al mariscal Lin Biao, quien tras suceder a Peng Dehuai como ministro de Defensa en 1959 se había encargado de reforzar inmensamente el culto personal de Mao entre las fuerzas armadas. Asimismo, instituyó un nuevo cuerpo bautizado con el nombre de Autoridad de la Revolución Cultural al que colocó a las órdenes de su antiguo secretario Chen Boda, si bien se hallaba liderado de jacto por su jefe de inteligencia -Kang Sheng- y la propia señora Mao. Dicho cuerpo se convirtió en el núcleo del liderazgo de la Revolución Cultural.
A continuación, Mao intervino en los medios de comunicación, y muy especialmente en el Diario del Pueblo, sobre el que recaía la máxima autoridad dado que se trataba del periódico oficial del Partido y la población se había habituado a considerarlo la voz del régimen. El 31 de mayo situó a Chen Boda al frente del mismo, asegurándose así un canal a través del cual podía dirigirse directamente a cientos de millones de chinos.
A partir de junio de 1966, el Diario del Pueblo descargó sobre el país un estridente editorial tras otro en los que reclamaba el establecimiento de la autoridad absoluta del presidente Mao y el aniquilamiento de todos los bueyes y serpientes demoníacos (enemigos de clase) a la vez que exhortaba a la gente a seguir a Mao y a unirse a la vasta puesta en marcha de una Revolución Cultural sin precedentes.
En mi escuela, las clases se interrumpieron por completo desde comienzos de junio, si bien tuvimos que continuar acudiendo a la misma. Los altavoces atronaban con los editoriales del Diario del Pueblo, y la portada del periódico, de estudio obligatorio todos los días, solía aparecer ocupada casi en su totalidad por un retrato de Mao a toda página. Todos los días aparecía una columna de citas de Mao. Aún recuerdo sus consignas en negrita, cuyos textos terminaron profundamente grabados en mi memoria a base de su constante lectura durante las clases: «¡El presidente Mao es el rojo sol de nuestros corazones!» «¡El pensamiento de Mao Zedong es la señal que guía nuestras vidas!» «¡Pulverizaremos a quienes se opongan al presidente Mao!» «¡Nuestro Gran Líder, el presidente Mao, cuenta con el afecto de gente procedente de todo el mundo!» Había páginas de comentarios admirativos atribuidos a extranjeros y fotografías de muchedumbres europeas intentando hacerse con las obras de Mao. El orgullo nacional chino estaba siendo movilizado para reforzar el culto al líder.
De la lectura cotidiana del diario no tardamos en pasar a la declamación y memorización de «Las citas del presidente Mao», reunidas en un libro de bolsillo de tapas rojas conocido como El Pequeño Libro Rojo. A cada uno de nosotros le fue entregado un ejemplar, instruyéndonos al mismo tiempo para que lo atesoráramos como a nuestros propios ojos. Todos los días, cantábamos una y otra vez al unísono pasajes extraídos del mismo. Aún recuerdo muchos de ellos.
Un día leímos en el Diario del Pueblo que un viejo campesino había colgado treinta y dos retratos de Mao en las paredes de su dormitorio «para, independientemente de la dirección en que estuviera mirando, poder ver el rostro de su presidente nada más abrir los ojos». Así, nosotros también nos apresuramos a empapelar los muros de nuestras aulas con retratos de un Mao que mostraba su más benigna sonrisa. Sin embargo, no tardamos en vernos obligados a retirarlos a toda prisa. Había comenzado a circular el rumor de que en realidad el campesino había utilizado los retratos para empapelar sus muros, ya que éstos solían imprimirse en papel de primera calidad y podían obtenerse gratuitamente. Se decía que el periodista que había escrito la historia había sido desenmascarado como un enemigo de clase que recomendaba la ridiculización del presidente Mao. Por primera vez, me sentí inconscientemente asaltada por una sensación de temor hacia el Presidente.
Al igual que El mercado del buey, mi escuela contaba con un equipo de trabajo instalado permanentemente en ella. Aunque sin mucho entusiasmo, sus miembros habían calificado ya a algunos de los mejores profesores como autoridades burguesas reaccionarias, si bien lo habían ocultado a los alumnos. En 1966, no obstante, aterrorizado ante el avance de la Revolución Cultural y enfrentado a la necesidad de crear algunas víctimas, el equipo de trabajo anunció súbitamente los nombres de los acusados ante toda la escuela.
El equipo organizó a los alumnos y a aquellos profesores que aún no habían sido acusados para que escribieran carteles y consignas de denuncia que no tardaron en adornar todos los rincones de sus instalaciones. Los profesores colaboraron por diversos motivos: conformismo, lealtad a las órdenes del Partido, envidia del prestigio y los privilegios de algunos de sus colegas… y miedo.
Entre las víctimas se encontraba mi profesor de lengua y literatura chinas, el señor Chi, a quien yo adoraba. Según uno de los carteles colgados en las paredes, a comienzos de los sesenta había dicho: «Por mucho que gritemos “¡Viva el Gran Salto Adelante!”, eso no servirá para llenarnos los estómagos, ¿no os parece?» Dado que yo ignoraba que el Gran Salto había sido el causante de la hambruna, no comprendía entonces el sentido de su supuesta frase, aunque sí podía captar su tono irreverente.