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Sus palabras y los relatos de los campesinos produjeron en mí una profunda conmoción. Era la primera vez que se me descubría el aspecto más sórdido de la China comunista anterior a la Revolución Cultural. El panorama era completamente distinto al que habían presentado las versiones oficiales. En aquellas colinas y campos de Deyang, mis dudas acerca del régimen comunista se hicieron aún más profundas.

A veces me he preguntado si Mao sabía lo que hacía al poner a la privilegiada juventud urbana de China en contacto con la realidad. Opino, sin embargo, que se encontraba convencido de que la mayor parte de la población se mostraría incapaz de alcanzar deducciones racionales a partir de la información fragmentada de que disponía. De hecho, yo misma apenas era capaz de experimentar sino vagas dudas a mis dieciocho años, y nunca hubiera podido realizar un análisis explícito del régimen. Por mucho que detestara la Revolución Cultural, mi mente aún era incapaz de dudar de Mao.

En Deyang -al igual que en Ningnan- pocos campesinos eran capaces de leer los artículos más sencillos en los periódicos ni de escribir una carta rudimentaria. Muchos de ellos ni siquiera sabían escribir su propio nombre. La primera iniciativa comunista por terminar con el analfabetismo se había visto ahogada por las incesantes cazas de brujas. En otro tiempo, la población había contado con una escuela elemental financiada por la comuna, pero al comenzar la Revolución Cultural los chiquillos habían aprovechado la oportunidad de atacar a su maestro a placer. Le habían obligado a desfilar por el pueblo con varios woks de hierro apilados pesadamente sobre la cabeza y con el rostro tiznado de hollín. En cierta ocasión les había faltado poco para partirle el cráneo. Desde entonces, nadie se había dejada persuadir para encargarse de la enseñanza.

La mayor parte de los campesinos no echaban de menos la existencia de la escuela. «¿De qué sirve? -solían decir-. Uno se pasa la vida pagando y leyendo y al final sigue siendo un campesino obligado a ganarse el sustento con el sudor de su frente. Nadie obtiene un solo grano de arroz adicional por ser capaz de leer un libro. ¿Para qué malgastar el tiempo y el dinero? Resulta mucho más útil dedicarse a ganar los puntos de trabajo diarios.»

La virtual imposibilidad de lograr cualquier ocasión de mejorar el futuro y la cuasi inmovilidad a la que se hallaba destinado cualquiera procedente de una familia campesina despojaba a la cultura de todo incentivo. Los niños en edad escolar solían quedarse en casa para ayudar a sus padres en el trabajo o cuidar de sus hermanos y hermanas más pequeños. Salían al campo apenas alcanzaban la adolescencia. En cuanto a las niñas, los campesinos consideraban que enviarlas a la escuela era una completa pérdida de tiempo: «Luego se casan y pasan a pertenecer a otra familia. Es como derramar agua sobre el polvo.»

La Revolución Cultural alardeaba de haber proporcionado educación a los campesinos por medio de las clases vespertinas. Un día, mi equipo de producción anunció que comenzarían a celebrarse dichas clases, y solicitó de Nana y de mí que ejerciéramos como maestras. Yo me mostré encantada. No obstante, ya en la primera clase advertí que aquello no tenía nada de educativo.

Las clases comenzaban invariablemente con una solicitud del jefe del equipo de producción para que Nana y yo leyéramos escritos de Mao y otros artículos del Diario del Pueblo. A continuación, pronunciaba un discurso de una hora empleando la última terminología política e hilando sus términos en largas frases ininteligibles. De vez en cuando emitía órdenes específicas, todas ellas solemnemente pronunciadas en nombre de Mao. «El presidente Mao dice que debemos consumir diariamente dos colaciones de gachas de arroz y tan sólo una de arroz sólido.» «El presidente Mao dice que no debemos malgastar las batatas dándoselas a los cerdos.»

Después de cada jornada de trabajo, los campesinos tenían la mente concentrada en sus asuntos domésticos. Las tardes tenían para ellos una enorme importancia, pero nadie osaba faltar a las clases. Se limitaban a permanecer allí sentados, y algunos terminaban por dormitar en silencio. Cuando vi que aquella clase de educación -destinada más a idiotizar a la gente que a ilustrarla- iba desapareciendo gradualmente, no lo sentí en absoluto.

Desprovistos de educación alguna, los campesinos vivían en un mundo dolorosamente estrecho. Sus conversaciones solían girar en torno a detalles nimios de la vida cotidiana. Una mujer podía pasarse toda una mañana protestando por el hecho de que su cuñada hubiera utilizado diez paquetes de combustible de pluma para preparar el desayuno cuando ella podía habérselas arreglado con nueve (el combustible, como todo lo demás, era un bien compartido). Otra gruñía durante horas quejándose de que su suegra ponía demasiadas batatas con el arroz (ya que este último se consideraba un alimento más escaso y exquisito que las primeras). Aunque yo sabía que no era culpa de ellas poseer un horizonte tan restringido, no podía por menos de encontrar aquellas conversaciones insoportables.

Uno de los temas constantes de chismorreo era, por supuesto, el sexo. Al pueblo contiguo al nuestro había sido asignada una mujer de veinte años llamada Mei procedente de la capital del condado de Deyang. Se decía que se había acostado con numerosos jóvenes de la ciudad, así como con varios campesinos, y cada cierto tiempo alguien acudía al campo con una nueva historia indecente de la que ella era la protagonista. Se rumoreaba que estaba embarazada y que solía atarse fuertemente la cintura para disimularlo. En su esfuerzo por demostrar que no se encontraba encinta de un «bastardo», Mei realizaba deliberadamente todas aquellas tareas que se suponía que una mujer embarazada no debía llevar a cabo, tales como transportar cargas pesadas. Un día, alguien descubrió el cadáver de un bebé entre los arbustos cercanos a uno de los riachuelos de su poblado. Todo el mundo afirmó que era de ella. Nadie sabía si había nacido vivo o muerto. El jefe de su equipo de producción ordenó cavar un hoyo en el que enterrar al niño y el tema se dio por concluido, si bien el episodio hizo que se acrecentaran los rumores.

Aquella historia me conmocionó, pero me esperaban otras sorpresas. Uno de mis vecinos tenía cuatro hijas, todas ellas hermosas muchachas de piel oscura y ojos redondeados. Los lugareños, sin embargo, no las consideraban guapas. Demasiado morenas, decía la gente. En gran parte de la campiña china, la tez pálida constituía el principal criterio de belleza. Cuando llegó el momento de casar a la hija mayor, el padre decidió buscar un yerno que acudiera a vivir con ellos. De ese modo, no sólo conservaría los puntos de trabajo de su hija sino que obtendría dos brazos más para ayudarle. Normalmente, se procuraba que las muchachas se casaran con miembros de familias de hombres, y se consideraba una gran humillación que un hombre ingresara mediante el matrimonio en una familia de mujeres. Nuestro vecino, no obstante, terminó por encontrar un joven procedente de una zona montañosa muy pobre que se mostraba desesperado por salir de su lugar de origen, lo que tan sólo podría conseguir mediante el matrimonio. Ni que decir tiene que el muchacho ingresó en la familia con una categoría ínfima, y a menudo podíamos oír cómo su suegro le insultaba a gritos. En ocasiones decidía caprichosamente que su hija durmiera sola tan sólo para atormentar al joven. Ella no osaba discutir sus órdenes debido a que la piedad filial, sumamente arraigada entre los valores éticos confucianos, dictaba que los hijos deben obedecer a sus padres. Por otra parte, no hubiera estado bien visto que demostrara interés por dormir con un hombre, ni siquiera con su marido, ya que se consideraba vergonzoso que una mujer llegara a disfrutar del sexo. Una mañana, me despertó una enorme algarabía que penetraba por la ventana. De un modo u otro, el joven se había hecho con unas cuantas botellas de alcohol de batata y las había apurado una detrás de otra. Su suegro la había emprendido a patadas contra la puerta de su dormitorio para sacarle de allí y enviarle a trabajar pero, cuando finalmente logró derribar la puerta, el yerno estaba muerto.

Un día en que mi equipo de producción estaba ocupado en la fabricación de tallarines de guisantes, uno de sus miembros me pidió que le prestara mi palangana de esmalte para transportar agua. Aquel día, los tallarines se desintegraron en una masa informe. La muchedumbre excitada y expectante que se había congregado en torno al barril de los tallarines comenzó a proferir sonoros murmullos cuando me vio llegar, y todos cuantos la componían me dirigieron airadas miradas de repugnancia. Más tarde, algunas mujeres me dijeron que los lugareños me echaban la culpa de la poca consistencia de los tallarines. Decían que debía de haber utilizado la palangana para lavarme durante el período de menstruación. También me dijeron que tenía suerte de ser una joven de ciudad. De haber sido una de ellos, los hombres del poblado me hubieran propinado una buena paliza.