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En otra ocasión, un grupo de jóvenes que pasaron por nuestro poblado transportando cestos de batatas se detuvieron a descansar en un camino estrecho. Sus varas de acarreo habían quedado tendidas en el suelo, obstaculizando el paso, por lo que me vi obligada a saltar por encima de una de ellas. De repente, uno de los jóvenes se puso en pie de un salto, asió su vara y se enfrentó a mí con expresión de ferocidad. Creí que iba a golpearme. Posteriormente, me enteré por otros campesinos que se hallaba convencido de que le saldrían llagas en los hombros si una mujer pasaba por encima de su vara. Así, tuve que saltarla de nuevo en sentido inverso «para neutralizar el veneno». Durante todo el tiempo que pasé en el campo, no advertí jamás un solo intento por corregir tan deformadas creencias… de hecho, nadie las mencionaba siquiera.

La persona más cultivada de mi equipo de producción era el antiguo terrateniente. Desde siempre se me había condicionado para contemplar a los terratenientes como seres malvados, y ahora, para mi desazón inicial, descubrí que con quienes mejor me llevaba era con aquella familia. No guardaban la menor similitud con los modelos de los que habían intentado imbuirme. El marido no poseía ojos crueles y sádicos, y su mujer no meneaba el trasero ni adoptaba un tono meloso al hablar para parecer más seductora.

Algunas veces, cuando estábamos solos, él me hablaba acerca de sus calamidades. «Chang Jung -dijo en cierta ocasión-, sé que eres una buena persona. También debes de ser una persona razonable, puesto que has leído libros, así que podrás juzgar si esto es justo.» A continuación, me reveló el motivo por el que había sido clasificado como terrateniente. Había trabajado como camarero en Chengdu en 1948, y había logrado ahorrar algo de dinero a base de no malgastar ni un céntimo. En aquella época, algunos terratenientes con visión de futuro habían comenzado a vender baratas sus tierras, pues intuían la llegada de la reforma agraria que tendría lugar tan pronto como los comunistas alcanzaran Sichuan. El camarero carecía de astucia política, por lo que adquirió algunas tierras creyendo que había encontrado una ganga. Sin embargo, no sólo perdió la mayor parte de ellas en la reforma agraria sino que se convirtió además en un enemigo de clase. «¡Ay! -exclamó con resignación, refiriéndose a una cita clásica-. Un solo desliz ha sido el causante de mil años de amargura.»

Los lugareños no parecían demostrar hostilidad alguna hacia el terrateniente y su familia, si bien procuraban mantenerse a distancia de ellos. Sin embargo, al igual que solía ocurrir con los «enemigos de clase», siempre les adjudicaban las tareas que nadie quería realizar. Sus dos hijos, además, obtenían un punto de trabajo menos que él resto de los hombres a pesar de ser los más trabajadores del poblado. Ambos me parecían considerablemente inteligentes, así como las dos personas más refinadas de cuantas me rodeaban. Destacaban especialmente por su dulzura y amabilidad, y pronto me sentí más próxima a ellos que a ninguna otra persona joven del poblado. Sin embargo, y a pesar de sus cualidades, ninguna muchacha deseaba contraer matrimonio con ellos. Su madre me contó cuánto dinero había gastado en adquirir presentes para las escasas jóvenes que las celestinas les habían presentado. Las muchachas aceptaban las ropas y el dinero y luego desaparecían. Ante aquello, cualquier otro campesino podría haber reclamado la devolución de los regalos, pero la familia de un terrateniente no podía hacer nada al respecto. Con frecuencia, emitía largos y sonoros suspiros quejándose del hecho de que sus hijos apenas podían albergar esperanza alguna de un matrimonio decente. No obstante, añadió, encaraban su desgracia con alegría, y tras cada desengaño procuraban animarla, ofreciéndose a trabajar en días de mercado para recuperar el dinero que habían costado los regalos.

Todas aquellas tribulaciones me fueron reveladas sin dramatismo o emotividad excesivos. Allí, una tenía la sensación de que incluso las muertes más trágicas no eran sino como piedras que caen en un estanque: el chapoteo y las ondas que producían no tardaban en apaciguarse.

La placidez del poblado y la silenciosa profundidad de las noches que pasaba en mi húmedo hogar me proporcionaron numerosas ocasiones de leer y de reflexionar. Al llegar a Deyang, Jin-ming me había dado varias maletas de libros del mercado negro que había podido acumular gracias a que los asaltantes de los domicilios habían sido devueltos en su mayor parte a la «escuela de cuadros» de Miyi junto con mi padre. Todos los días, mientras trabajaba en los campos, me sentía consumida por la impaciencia de regresar junto a ellos.

Devoré cuanto había sobrevivido de la quema de la biblioteca de mi padre. Allí estaban las obras completas de Lu Xun, el gran escritor chino de los años veinte y treinta. Su muerte, acaecida en 1936, le había librado de sufrir la persecución de Mao, para quien incluso llegó a convertirse en un gran héroe. No obstante, su discípulo favorito y asociado más próximo, Hu Feng, fue acusado personalmente de contrarrevolucionario por el líder y hubo de pasar varias décadas encarcelado. La persecución de Hu Feng fue lo que condujo a la caza de brujas que culminó con la detención de mi madre en 1955.

Lu Xun había sido el principal favorito de mi padre. Cuando era niña, a menudo nos leía ensayos de Lu. Entonces, ni siquiera con la ayuda de las explicaciones de mi padre había logrado yo comprender su significado, pero ahora me fascinaban. Descubrí que su intención satírica podía aplicarse tanto a los comunistas como al Kuomintang. Lu Xun había carecido de ideología, inspirándose únicamente en un humanitarismo ilustrado. Su genio escéptico desafiaba cualquier presuposición. Fue otro de los personajes cuya liberada inteligencia me ayudó a vencer mi adoctrinamiento.

También me resultó de gran utilidad la colección de clásicos marxistas de mi padre. Leía al azar, persiguiendo los términos más confusos con el dedo y preguntándome qué demonios tendrían que ver aquellas decimonónicas controversias germanas con la china de Mao. Sin embargo, me sentía atraída por algo que rara vez se hallaba en China: la lógica que alimentaba los argumentos. La lectura de Marx me ayudó a pensar de un modo racional y analítico.

Disfrutaba intensamente de aquel nuevo modo de organizar mis pensamientos. En otros momentos, solía dejar que mi mente se deslizara hacia estados más nebulosos y escribía poemas en los estilos clásicos. Mientras trabajaba en los campos, permanecía a menudo absorta en la composición de poesía, y ello hacía el trabajo soportable e, incluso, agradable en ocasiones. En consecuencia, solía preferir la soledad, y huía abiertamente de las conversaciones.

En cierta ocasión, había estado toda la mañana trabajando, ocupada en cortar caña con una hoz y en devorar las partes más jugosas próximas a las raíces. La caña era entregada a la fábrica comunal de azúcar a cambio de azúcar ya elaborada. Teníamos que cumplir con un cupo de cantidad, pero no de calidad, por lo que procurábamos comernos las mejores partes. Cuando llegaba la hora del almuerzo alguien tenía que permanecer en los campos en previsión de posibles ladrones, y aquel día ofrecí mis servicios para poder gozar de un rato en soledad. Esperaría el regreso de los campesinos y luego iría yo misma a comer, lo que me proporcionaría aún más tiempo para mí misma.

Me tendí sobre un montón de cañas, defendiendo mi rostro del sol con un sombrero de paja. A través de él, podía distinguir el vasto cielo de color turquesa. Sobre mi cabeza, asomaba entre las cañas una hoja de tamaño aparentemente desproporcionado en comparación con el cielo. Entrecerré los ojos, sintiéndome apaciguada por su fresco verdor.

La hoja me recordó el follaje oscilante de un bosquecillo de bambúes en un día veraniego igualmente caluroso, ya muchos años atrás. Sentado a la sombra mientras pescaba, mi padre había escrito un melancólico poema. Sirviéndome del mismo ge-lu -o sistema de tonos, rimas y tipos de palabras- de su poema, comencé yo a componer el mío. El universo parecía haberse detenido, y tan sólo se oía el ligero susurro de la brisa refrescante al agitar las hojas de caña. En aquel momento, la vida se me antojó como algo maravilloso.

En aquella época, procuraba aprovechar cualquier ocasión de gozar de la soledad, y no tenía reparo en poner de manifiesto que no quería saber nada con el mundo que me rodeaba, lo que debió de proporcionarme cierta fama de arrogante. Debido, por otra parte, a que los campesinos constituían el modelo que se suponía que debía imitar, reaccioné concentrándome en sus cualidades negativas. En ningún momento intenté conocerlos ni llevarme bien con ellos.

Yo no era un personaje excesivamente popular en el poblado, si bien los campesinos solían dejarme en paz. Desaprobaban el que no trabajara tan duramente como ellos pensaban que debía. Para ellos, el trabajo representaba toda su vida, así como el criterio por el que juzgaban a todo el mundo. Su concepto del trabajo duro era inflexible a la vez que justo, y les resultaba evidente que yo detestaba el trabajo físico y que aprovechaba cualquier ocasión para quedarme en casa y leer mis libros. Los trastornos estomacales y los sarpullidos que había padecido en Ningnan habían vuelto a asaltarme tan pronto llegué a Deyang. Apenas había día en que no sufriera alguna forma de diarrea, y mis piernas aparecían salpicadas de llagas infectadas. Me sentía constantemente mareada y fatigada, pero de nada me hubiera servido quejarme ante los campesinos, pues el rigor de su propia existencia les había llevado a considerar trivial cualquier enfermedad que no fuera mortal.