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No acudió al hospital hasta el último momento. Su cuarto hijo, un niño, nació el 15 de septiembre de 1954. Una vez más, se trató de un parto difícil. El médico se preparaba ya para regresar a su casa cuando mi madre le detuvo. Estaba sangrando de un modo anormal, y sabía que algo no iba bien. Insistió en que el médico se quedara y la sometiera a una revisión. Faltaba un fragmento de placenta. Su búsqueda y hallazgo se consideraba una operación de envergadura, por lo que el médico le administró anestesia general y revisó de nuevo su útero. Al fin, hallaron el fragmento, lo que probablemente salvó su vida.

A la sazón, mi padre estaba en el campo intentando obtener apoyo para el programa de monopolios del Estado. Acababa de ser ascendido a nivel 10 y nombrado director adjunto del Departamento de Asuntos Públicos de toda la provincia de Sichuan. Una de sus principales obligaciones consistía en realizar un constante sondeo de la opinión pública: ¿qué pensaba la gente acerca de cada política en particular? ¿Qué quejas tenían? Dado que los campesinos constituían la inmensa mayoría de la población, tenía que viajar al campo a menudo para averiguar sus posturas y sus opiniones. Al igual que mi madre, creía apasionadamente en su trabajo, al que consideraba un medio de mantener al Partido y al Gobierno en contacto con el pueblo.

Siete días después del parto, uno de los colegas de mi padre envió un automóvil al hospital para trasladarla a casa. Se consideraba comúnmente aceptado que si el esposo estaba fuera era la organización del Partido la encargada de cuidar de su esposa. Mi madre acepto agradecida, ya que su «casa» estaba a media hora de camino a pie. Cuando mi padre regresó pocos días más tarde administró a su colega una severa reprimenda. Las normas estipulaban que mi madre sólo podría viajar en un coche oficial si era en compañía de mi padre. La utilización del mismo en su ausencia habría de contemplarse como un acto de nepotismo, dijo. El colega de mi padre dijo que había autorizado el uso del automóvil debido a que mi madre acababa de ser sometida a una seria intervención que la había dejado en un estado de debilidad extrema. Las normas son las normas, repuso mi padre. Una vez más, a mi madre le costó trabajo aceptar aquella rigidez puritana. Era la segunda vez que mi padre la atacaba inmediatamente después de sufrir un parto difícil. ¿Por qué no había estado él ahí para llevarla a casa? -preguntó-. De ese modo no habría habido que violar las normas. Él respondió que había estado ocupado con su trabajo, que era sumamente importante. Mi madre comprendía su entrega -ella misma la compartía- pero no por eso dejó de sentirse amargamente mortificada.

Dos días después de nacer, mi hermano Xiao-hei contrajo un eczema. Mi madre pensó que se debía a que el verano anterior no había podido comer aceitunas verdes hervidas debido a lo ocupada que la había mantenido su trabajo. Los chinos creen que las aceitunas dan salida a un exceso de calor corporal que, de otro modo, aparece en forma de erupciones térmicas. Durante varios meses, hubo que atar las manos de Xiao-hei a los barrotes de la cuna para evitar que se rascara. Cuando ya tenía seis meses de edad, fue enviado a un hospital de dermatología. Al mismo tiempo, mi abuela hubo de partir hacia Jinzhou a toda prisa, pues su madre estaba enferma.

La nodriza de Xiao-hei era una campesina de Yibin dotada de largos cabellos, negros y exuberantes, y ojos coquetos. Había matado accidentalmente a su propio hijo asfixiándolo sin querer al quedarse dormida sobre él después de darle el pecho acostada. A través de un contacto familiar había acudido a ver a mi tía Jun-ying para rogarle que le diera una recomendación para mi familia. Quería viajar a una gran ciudad y divertirse. A pesar de la oposición de algunas mujeres de la localidad, que afirmaban que el único motivo por el que quería viajar a Chengdu era para verse libre de su marido, mi tía le dio la carta de recomendación. Aunque nunca se había casado, Jun-ying se negaba a mostrarse envidiosa del placer de los demás, especialmente del placer sexual; de hecho, se alegraba siempre sinceramente por ellos. Era una mujer llena de comprensión y sumamente tolerante con las debilidades humanas que rara vez se permitía emitir juicios.

Al cabo de pocos meses, comenzó a circular el rumor de que la nodriza estaba teniendo una aventura amorosa con uno de los sepultureros del complejo. Mis padres consideraban que tales cosas eran asuntos estrictamente privados, por lo que hicieron la vista gorda.

Cuando mi hermano ingresó en el hospital dermatológico, la nodriza partió con él. Los comunistas habían logrado erradicar en gran medida las enfermedades venéreas, pero en uno de los pabellones había aún algunos pacientes aquejados de las mismas, y un día la nodriza fue sorprendida en la cama de uno de ellos. Los responsables del hospital se lo contaron a mi madre y sugirieron que sería imprudente permitir que la nodriza continuara dándole el pecho al niño. Mi madre le dijo que se fuera. A partir de entonces el cuidado de Xiao-hei se repartió entre mi propia nodriza y la de mi otro hermano, Jin-ming, quien para entonces ya se había reunido con nosotros procedente de Yibin.

A finales de 1954, la nodriza de Jin-ming había escrito a mi madre diciéndole que le gustaría venir a vivir con nosotros, ya que había tenido problemas con su marido, quien se había convertido en un alcohólico y solía pegarla. Mi madre no había visto a Jin-ming desde hacía dieciocho meses, cuando el niño no tenía más que un mes de edad. Su llegada, sin embargo, la sumió en el desconsuelo. Durante mucho tiempo, el niño no permitió que mi madre le tocara, y su nodriza era la única persona a la que llamaba «mamá».

Mi padre también halló difícil establecer una relación estrecha con Jin-ming, pero se mostraba muy unido a mí. Solía gatear por el suelo y permitirme que cabalgara sobre su espalda. Por lo general, llevaba siempre unas flores en el cuello para que yo las oliera. Si se le olvidaba ponérselas, yo hacía un gesto en dirección al jardín y emitía ruiditos imperiosos indicando que trajera unas cuantas sin tardanza. A menudo me besaba en la mejilla. Un día en que no se había afeitado, yo torcí el gesto y protesté: «¡Barba vieja! ¡Barba vieja!», gritando a pleno pulmón. Estuve llamándole «Barba Vieja» (lao hu-zi) durante meses. Desde entonces, me besaba con más cautela. Me encantaba ir tambaleándome de un despacho a otro y jugar con los funcionarios. Solía perseguirlos, llamándoles por nombres especiales que inventaba para cada uno y recitándoles poesías infantiles. Antes de cumplir tres años era ya conocida como La pequeña diplomática.

Creo que en realidad mi popularidad se debía al hecho de que los oficiales acogían con alivio un descanso y un poco de diversión de vez en cuando, y yo, con mi parloteo infantil, les proporcionaba ambas cosas. Era, además, muy regordeta, y a todos les gustaba sentarme sobre el regazo y darme pellizquitos y apretones.

Cuando contaba algo más de tres años de edad, mis hermanos y yo fuimos enviados a diferentes jardines de infancia. Yo no lograba entender por qué se me enviaba lejos de casa, y a modo de protesta me puse a patalear y rasgué la cinta que recogía mis cabellos. En el jardín de infancia me dediqué a crearle problemas a las maestras deliberadamente: no había día que no derramara la leche y mis pastillas de aceite de hígado de bacalao en el interior del pupitre. Después del almuerzo teníamos que dormir una larga siesta, durante la cual solía relatar a los niños con los que compartía el enorme dormitorio historias de miedo de mi invención. No tardé en ser descubierta y se me castigó a permanecer sentada en el umbral.

El motivo de enviarnos a jardines de infancia era que no había quien pudiera cuidar de nosotros. Un día, en julio de 1955, se comunicó a mi madre y a los ochocientos empleados del Distrito Oriental que deberían permanecer todos sin moverse de las instalaciones hasta nuevo aviso. Había comenzado una nueva campaña política, en esta ocasión con el propósito de desenmascarar a los «contrarrevolucionarios ocultos». Todos habían de ser sometidos a una exhaustiva investigación.

Mi madre y sus colegas obedecieron la orden sin discusión. En cualquier caso, estaban ya acostumbrados a llevar una vida cuasi militar. Por otra parte, parecía lógico que el Partido quisiera investigar a sus miembros para asegurarse de la estabilidad de la nueva sociedad. Al igual que la mayor parte de sus camaradas, el deseo de mi madre de dedicarse a la causa se sobreponía a cualquier impulso de protestar por lo estricto de la medida.

Al cabo de una semana, casi todos sus colegas recibieron el visto bueno y se les permitió volver a circular libremente. Mi madre fue una de las escasas excepciones. Se le dijo que ciertas circunstancias de su pasado aún no habían sido del todo esclarecidas. Tenía que abandonar su propio dormitorio y dormir en una estancia situada en otra parte del edificio de oficinas. Antes de ello, se le permitió pasar algunos días en casa para -según le dijeron- organizar sus asuntos domésticos, ya que habría de permanecer confinada durante algún tiempo.

La nueva campaña había sido desencadenada como reacción de Mao ante el comportamiento de algunos escritores comunistas, especialmente el célebre literato Hu Feng. No es que éstos se mostraran necesariamente en desacuerdo con Mao desde el punto de vista ideológico, pero traslucían un elemento de independencia y una capacidad de pensamiento individual que el líder encontraba inaceptables. Temía que cualquier tipo de reflexión independiente pudiera conducir a una situación de no obediencia absoluta de su doctrina. Insistía permanentemente en que la nueva China tenía que actuar y pensar como un solo ente, y que era preciso adoptar medidas rigurosas para mantener la unidad del país y evitar su posible desintegración. Hizo arrestar a cierto número de escritores importantes y los acusó de conspiración contrarrevolucionaria, un cargo terrible, ya que toda actividad «contrarrevolucionaria» se hallaba castigada con las penas más duras, incluida la muerte.