A mis dos hermanos no les interesaba tanto que les leyeran, ni tampoco que les relataran historias nocturnas. A mi hermana, sin embargo, con quien yo compartía el dormitorio, le gustaban tanto como a mí. Tenía, además, una memoria extraordinaria. Había logrado ya impresionar a todo el mundo recitando sin una sola equivocación la larga balada de Pushkin titulada El pescador y los peces de colores cuando tan sólo contaba tres años de edad.
Mi vida familiar era tranquila y afectuosa. Independientemente del resentimiento que mi madre pudiera sentir entonces hacia mi padre, rara vez se peleaban, al menos no en presencia de los niños. Ahora que habíamos crecido, mi padre rara vez demostraba su cariño hacia nosotras a través del contacto físico. No era habitual que un padre alzara en brazos a sus hijos, ni que les demostrara su afecto por medio de besos y abrazos. A menudo permitía que los niños cabalgaran sobre él, y a veces les daba cariñosos golpecitos en los hombros o les acariciaba el cabello, cosa que rara vez hacía con nosotras. Cuando ambas superamos los tres años, se limitó a alzarnos cuidadosamente por las axilas, fiel a la tradición china, según la cual los hombres debían evitar cualquier intimidad con las hijas. Ni siquiera entraba en nuestro dormitorio sin que antes le hubiéramos dado permiso.
Mi madre no tenía con nosotros tanto contacto físico como hubiera deseado. El motivo era que a ella le afectaban otras normas, relacionadas en su caso con el puritanismo del estilo de vida comunista. A comienzos de los cincuenta se suponía que un comunista debía entregarse tan profundamente a la revolución y al pueblo que cualquier demostración de afecto hacia sus hijos era mal vista, ya que indicaba la presencia de lealtades divididas. Cada hora que no se pasara comiendo o durmiendo pertenecía a la revolución, y debía emplearse para trabajar. Cualquier actividad que no tuviera que ver con la revolución, tal como llevar a tus hijos en brazos, debía ser despachada con la mayor celeridad posible.
Al principio, a mi madre le costó trabajo acostumbrarse a eso. «Anteponer la familia» era una crítica de la que constantemente le hacían objeto sus colegas del Partido. Por fin, terminó por adquirir la costumbre de trabajar sin descanso. Para cuando llegaba a casa por las noches, hacía ya rato que estábamos durmiendo. En tales ocasiones, solía sentarse junto a nuestra cama observando nuestros rostros dormidos y escuchando nuestra apacible respiración. Aquéllos eran sus momentos más felices del día.
Siempre que tenía tiempo procuraba abrazarnos, rascándonos suavemente y haciéndonos cosquillas, especialmente en los codos, zona que resultaba particularmente placentera. Para mí el paraíso consistía en depositar la cabeza en su regazo y dejar que me hiciera cosquillas en la parte interior de la oreja. Hurgar la oreja era una forma china tradicional de proporcionar placer. Recuerdo haber visto de niña a profesionales que paseaban por las calles con una tarima en uno de cuyos extremos había un sillón de bambú con docenas de esponjosos palillos colgando del otro.
A partir de 1956, los funcionarios comenzaron a disfrutar del domingo libre. Mis padres solían llevarnos a parques y terrenos de juego donde montábamos en los columpios y tiovivos o nos dejábamos caer rodando por las laderas cubiertas de hierba. Aún conservo el recuerdo de un día en que di una peligrosa vuelta de campana y, encantada, me dejé caer ladera abajo con la intención de terminar en brazos de mis padres. Sin embargo, terminé estrellándome contra dos hibiscos, uno tras otro.
Mi abuela aún se mostraba aturdida ante la cantidad de tiempo que mis padres pasaban fuera de casa. «¿Qué clase de padres son éstos?», solía suspirar, sacudiendo la cabeza. En un intento por compensar su ausencia, se entregaba a nosotros en cuerpo y alma. Sin embargo, ella sola no podía con cuatro criaturas ajenas, por lo que mi madre invitó a la tía Jun-ying a vivir con nosotros. Ella y mi abuela se llevaban muy bien, y su armonía continuó cuando, a comienzos de 1957, se unió a ellas una criada interna. Aquel acontecimiento coincidió con nuestra mudanza a una nueva vivienda situada en una antigua vicaría cristiana. Mi padre se trasladó a vivir con nosotros, por lo que toda la familia comenzó a vivir bajo un mismo techo por primera vez.
La criada tenía dieciocho años. Cuando llegó, vestía una blusa y unos pantalones de algodón estampados con flores que los habitantes de la ciudad, más habituados a los colores discretos que dictaban el esnobismo urbano y el puritanismo comunista, hubieran considerado excesivamente llamativos. Las damas de la ciudad vestían trajes cortados como los de las mujeres rusas, pero nuestra criada vestía un traje al estilo campesino, cerrado por un costado con botones de algodón en lugar de con los nuevos botones de plástico. Para sujetarse los pantalones se servía de un cordel de algodón en lugar de cinturón. Muchas campesinas hubieran modificado su atuendo al llegar a la ciudad para no parecer paletas de pueblo, pero ella se mostraba completamente indiferente a su modo de vestir, lo que denotaba la fortaleza de su carácter. Poseía unas manos grandes y ásperas, y su rostro oscuro y bronceado mostraba dos hoyuelos permanentes en las rosadas mejillas y una sonrisa franca y tímida. Gustó inmediatamente a todos los miembros de la familia. Comía con nosotros y se ocupaba de las faenas domésticas con mi abuela y mi tía. Dado que mi madre nunca estaba en casa, mi abuela estaba encantada de contar con dos amigas íntimas que, a la vez, eran sus confidentes.
Nuestra criada procedía de una familia de terratenientes, y había intentado abandonar el campo por todos los medios debido a la constante discriminación con la que allí se enfrentaba. En 1957 volvió a estar permitido emplear a personas con «malos» antecedentes familiares. La campaña de 1955 había concluido, y la atmósfera parecía en general más relajada.
Los comunistas habían instituido un sistema bajo el cual todo el mundo debía registrar su lugar de residencia (hu-kou). Sólo aquellos que quedaban registrados como habitantes de ciudad tenían derecho a raciones alimenticias. Nuestra criada estaba registrada como campesina, por lo que mientras estuviera con nosotros no dispondría de fuente alguna de alimentos. Sin embargo, con las raciones de toda la familia había más que de sobra para alimentarla también a ella. Un año después, mi madre le ayudó a cambiar su registro al de Chengdu.
Igualmente, era mi familia la encargada de pagar su salario. El sistema de subsidios del Estado había sido abolido a finales de 1956, época en que mi padre perdió asimismo los servicios de su guardaespaldas, al que sustituyó un mayordomo compartido que le prestaba algunos servicios en la oficina, tales como servirle el té o cuidar de los automóviles. Para entonces, mis padres ganaban sueldos previamente fijados de acuerdo con sus niveles de funcionariado. Mi madre poseía un nivel 17, y mi padre un nivel 10, lo que implicaba el doble de sueldo que ella. Dado que los productos básicos eran baratos y que no existía concepto de sociedad de consumo, la combinación de ambos salarios resultaba más que suficiente. Mi padre pertenecía a una categoría especial conocida con el nombre de gao-gan o «altos funcionarios», término que se aplicaba a las personas de nivel 13 y superiores, de las cuales había unas doscientas en Sichuan. En toda la provincia, con una población total que entonces ya alcanzaba los setenta y dos millones de personas, había menos de veinte que alcanzaran o sobrepasaran el nivel 10.
En primavera de 1956, Mao anunció una política bautizada como la de las Cien Flores, nombre extraído de la frase «que florezcan las cien flores» (bai-hua qi- fang), lo que en teoría significaba una mayor libertad para las artes, la literatura y la investigación científica. El Partido quería obtener el apoyo de los ciudadanos más cultivados del país, cosa que éste necesitaba urgentemente a medida que iniciaba su etapa de industrialización y post-recuperación.
El nivel educativo general del país siempre había sido muy bajo. La población era enorme -para entonces, más de seiscientos millones de personas- y la inmensa mayoría jamás había disfrutado de nada parecido a un nivel de vida digno. El país siempre había vivido bajo una dictadura basada en mantener a la población en estado de ignorancia y, con ello, de obediencia. Existía también el problema del lenguaje: la grafía china es extraordinariamente difícil. Se basa en decenas de miles de caracteres individuales que no se encuentran relacionados con los sonidos, y cada uno de ellos se forma con complicados trazos y necesita ser recordado por separado. Había cientos de millones de personas analfabetas.
Cualquiera que poseyera una mínima educación recibía el apelativo de intelectual. Con los comunistas, acostumbrados a basar sus políticas en categorías de clase, los intelectuales se convirtieron en una categoría tan específica como vaga en la que se incluían enfermeras, estudiantes y actores junto a ingenieros, técnicos, escritores, maestros, médicos y científicos.
Bajo la política de las Cien Flores, el país disfrutó de un año de relativa tranquilidad. A continuación, en primavera de 1957, el Partido exhortó a diversos intelectuales a que expresaran sus críticas de todos los rangos del funcionariado. Mi madre pensó que el propósito de ello era estimular una mayor liberalización. Al conocer el contenido de un discurso que Mao pronunció al respecto y que fue transmitiéndose de nivel en nivel hasta llegar a ella, se sintió tan conmovida que no pudo dormir en toda la noche. Sentía que China iba a disfrutar realmente de un partido moderno y democrático, un partido que aceptaría gustosamente las críticas con objeto de revitalizarse. Se sintió orgullosa de ser comunista.