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Y, golpeándoles:

– ¿Cuánto trigo puedes producir por mu?

– ¡Ochocientos jin!

Ni siquiera aquella absurda cifra les parecía suficiente. El desdichado era apaleado -o sencillamente se le dejaba colgado- hasta que por fin decía:

– Diez mil jin.

En ocasiones, algunos morían, unas veces porque se negaban a aumentar la cifra y otras antes de que pudieran elevarla lo suficiente.

Muchos funcionarios rurales y campesinos que asistían a este tipo de escenas no creían en aquellas ridiculas fanfarronadas, pero el temor de verse acusados podía más que ellos. Estaban llevando a cabo las órdenes del Partido, y nada tenían que temer mientras siguieran a Mao. El sistema totalitario en el que se habían visto inmersos había socavado y deformado su propio sentido de la responsabilidad. Incluso los médicos solían alardear de enfermedades incurables milagrosamente sanadas.

A nuestro complejo solían llegar camiones cargados de campesinos sonrientes que acudían a informar de fantásticos logros sin precedentes. Un día era un pepino colosal que alcanzaba la mitad de la longitud del camión; otro día era un tomate que dos niños habían tenido dificultades para transportar. En otra ocasión, pudimos ver un cerdo gigantesco encerrado en el camión. Los campesinos afirmaban que se trataba de un cerdo auténtico, cuando en reafidad estaba fabricado de cartón-piedra. De niña, sin embargo, se me antojó real. Quizá me hallaba confundida por los adultos que me rodeaban y que se comportaban como si todo aquello fuera cierto. La gente había aprendido a desafiar a la razón y a vivir en una perpetua pantomima.

La nación entera se vio arrastrada al embaucamiento. Las palabras se divorciaron de la realidad, la responsabilidad y los pensamientos de los individuos. Se contaban embustes con toda tranquilidad debido a que las palabras habían perdido su significado… y habían dejado de ser tomadas en serio por los interlocutores.

A ello contribuyó una militarización aún mayor de la sociedad. Cuando instituyó por vez primera las comunas, Mao afirmó que su principal ventaja residía en que eran fáciles de controlar, ya que los campesinos formarían parte de un sistema organizado en vez de funcionar hasta cierto punto de modo independiente. Recibieron órdenes detalladas de las autoridades superiores de cómo trabajar sus tierras. Mao resumió la totalidad de la agricultura en ocho caracteres: «suelo, fertilizantes, agua, semillas, densidad de siembra, protección, cuidados y tecnología». El Comité Central del Partido en Pekín se dedicó a repartir folletos con dos páginas de instrucciones acerca de cómo los campesinos de toda China debían mejorar sus cosechas, una página sobre el uso de fertilizantes y otra de la necesidad de una mayor densidad de siembra. Aquellas instrucciones, increíblemente simplistas, habían de ser seguidas al pie de la letra: por medio de una mini-campaña tras otra, se ordenó a los campesinos que volvieran a plantar sus cosechas con mayor nivel de densidad.

En aquella época, otra de las obsesiones de Mao era una nueva forma de militarización consistente en la instalación de cantinas en las comunas. Con su habitual tono fantasioso, definía el comunismo como «un sistema de cantinas públicas y alimentos gratuitos». El hecho de que las propias cantinas no produjeran alimento alguno no significaba nada para él. En 1958, el régimen prohibió de hecho las comidas domésticas. Todos los campesinos debían almorzar en las cantinas comunitarias. Se prohibieron los utensilios de cocina -tales como los woks- y, en algunos lugares, incluso el dinero. Todo el mundo quedaba al cuidado de la comuna y el Estado. Los campesinos desfilaban cada día al interior de las cantinas después del trabajo y comían hasta saciarse, cosa que nunca habían podido hacer antes, ni siquiera en los mejores años y en las zonas más fértiles. Consumieron y derrocharon todas las reservas de comida existentes en el campo. A continuación, desfilaban también en dirección a los campos, pero no les importaba la cantidad de trabajo que se realizara, ya que el producto pertenecía ahora al Estado y constituía por tanto un elemento completamente ajeno a las vidas de los campesinos. Mao anunció la predicción de que China estaba alcanzando una sociedad de comunismo, que en chino significa «compartir los bienes materiales», y los campesinos lo entendieron en el sentido de que todo el mundo recibiría su parte independientemente de la cantidad de trabajo que realizara. Perdido el incentivo del trabajo, se limitaban a acudir a los campos y echarse una buena siesta.

La agricultura se vio asimismo descuidada debido a la prioridad concedida al acero. Muchos de los campesinos estaban extenuados por las largas horas dedicadas a recoger combustible, chatarra y mineral de hierro para mantener los hornos encendidos. Los campos se abandonaron a las mujeres y niños, quienes se veían obligados a realizar todas las labores manualmente dado que los animales estaban ocupados contribuyendo a la producción de acero. Cuando llegó la época de la cosecha, en otoño de 1958, había muy pocas personas en los campos.

Aunque las estadísticas oficiales mostraban un incremento de la producción agrícola que multiplicaba el número de dígitos de la cifra final, el fracaso de la cosecha de 1958 representó la advertencia de que se avecinaban tiempos de escasez. Se anunció oficialmente que en 1958 la producción de trigo de China había superado a la de los Estados Unidos. El periódico del Partido, el Diario del Pueblo, inició una discusión en torno al siguiente tema: «¿Cómo enfrentarnos al problema de una superproducción alimentaria?»

El departamento de mi padre se encontraba a cargo de la prensa de Sichuan, en la que no cesaban de aparecer extravagantes afirmaciones comunes a las de cualquier otra publicación del país. La prensa era la voz del Partido, y cuando se trataba de las políticas del Partido, ni mi padre ni nadie más del medio periodístico tenía voz ni voto. Formaban todos parte de una gigantesca cinta transportadora. Mi padre contemplaba alarmado el curso de los acontecimientos. Su única opción consistía en dirigirse a los jefes superiores.

A finales de 1958, escribió una carta al Comité Central de Pekín en la que declaraba que aquella forma de producir acero carecía de sentido y representaba un derroche de recursos. Los campesinos estaban agotados, su trabajo se malgastaba y había escasez de alimentos. Solicitaba que se adoptaran medidas urgentes. Entregó la carta al gobernador para que éste la enviara. El gobernador, Lee Da-zhang, era la autoridad número dos de la provincia. Él había sido quien había proporcionado a mi padre el primer empleo que tuvo al llegar a Chengdu procedente de Yibin, y lo trataba como a un verdadero amigo.

El gobernador Lee dijo a mi padre que no pensaba enviar la carta. Nada de lo que en ella se expresaba era nuevo, dijo. «El Partido lo sabe todo. Ten confianza en él.» Mao había dicho que la moral de la gente no debía sufrir bajo ningún concepto. El Gran Salto Adelante había modificado la actitud psicológica de los chinos convirtiendo su antigua pasividad en un espíritu osado y entusiasta que no debía verse descorazonado.

El gobernador Lee reveló también a mi padre que le habían aplicado el peligroso apodo de Oposición entre los líderes provinciales, ante los que en alguna ocasión había expresado su desacuerdo. Si mi padre continuaba sin tener problemas se debía tan sólo a las demás cualidades que poseía, a su absoluta lealtad hacia el Partido y a su severo sentido de la disciplina. «Te salva -dijo el gobernador- que sólo has expresado tus dudas ante el Partido, y no en público.» Advirtió a mi padre que podría meterse en serias dificultades si insistía en sacar a relucir aquellas inquietudes, y lo mismo podía sucederle a su familia y a «otros» (esto último constituía una clara referencia a sí mismo como amigo de mi padre). Mi padre no insistió. Se hallaba casi convencido por los argumentos esgrimidos, y el riesgo era demasiado alto. Para entonces, había alcanzado una etapa en la que era capaz de transigir con ciertas cosas.

Sin embargo, tanto a él como a la gente que trabajaba en los departamentos de Asuntos Públicos llegaban gran número de quejas. Parte de su trabajo consistía en recogerlas y transmitirlas a Pekín. Tanto entre los funcionarios como entre la gente corriente reinaba un descontento general. De hecho, el Gran Salto Adelante desencadenó la más grave división entre los líderes desde que los comunistas tomaran el poder diez años antes. Mao tuvo que ceder el menos importante de sus dos puestos -el de presidente del Estado- en favor de Liu Shaoqi. Liu se convirtió en el número dos del país, pero su prestigio apenas alcanzaba una pequeña fracción del de Mao, quien conservaba su cargo clave de presidente del Partido.

Las voces de disidencia se hicieron tan fuertes que el Partido se vio obligado a convocar una conferencia especial cuya celebración tuvo lugar a finales de junio de 1959 en Lushan, estación de montaña de China central. En la conferencia, el ministro de Defensa, mariscal Peng De-huai, escribió una carta a Mao criticando lo sucedido en el Gran Salto Adelante y recomendando que se enfocara la economía desde una perspectiva realista. De hecho, se trataba de una carta notablemente reprimida, y concluía con una obligada nota de optimismo (en este caso, preveía ponerse a la altura de Gran Bretaña en el plazo de cuatro años). Sin embargo, aunque Peng era uno de los más antiguos camaradas de Mao a la vez que una de las personas más cercanas a él, el presidente no podía aceptar ni siquiera aquellas débiles críticas, especialmente en un momento en que, consciente de sus propias equivocaciones, se hallaba a la defensiva. Utilizando el tono dolido que tanto le gustaba, Mao calificó la carta de «bombardeo destinado a arrasar Lushan». Afianzándose en su postura, alargó la conferencia durante más de un mes, atacando ferozmente al mariscal Peng. Tanto éste como los pocos que aún le defendían abiertamente fueron tildados de «oportunistas de derecha». Peng fue obligado a cesar como ministro de Defensa, sometido a arresto domiciliario y posteriormente forzado a un retiro prematuro en Sichuan, donde se le relegó a un cargo de menor importancia.