Interiormente, imaginaba a los extranjeros como seres terroríficos. Todos los chinos tienen el cabello negro y los ojos castaños, por lo que cualquier otro colorido de pelo y de ojos les resulta extraño. Mi imagen de los extranjeros coincidía más o menos con el estereotipo oficiaclass="underline" un hombre de cabellos rojos y enmarañados, con ojos de un color extraño y una nariz muy, muy larga que va por ahí borracho, dando tumbos, bebiendo Coca-Cola a morro y afianzándose sobre sus piernas abiertas de un modo nada elegante. Los extranjeros decían constantemente «hola» con una entonación peculiar. Yo ignoraba qué significaba «hola»; pensaba que se trataba de una palabrota. Cuando los niños jugaban a la «guerra de guerrillas» (que venía a ser su propia versión de indios y vaqueros), los del bando enemigo se pegaban una espina sobre la nariz y exclamaban «hola» sin parar.
Durante mi tercer año en la escuela primaria, cuando contaba nueve años de edad, mis compañeros y yo decidimos decorar el aula con plantas. Una de las niñas sugirió que podría obtener algunas especies poco corrientes de un jardín que cuidaba su padre en la iglesia católica de la calle del Puente Seguro. Antaño había habido un orfanato adosado a la iglesia, pero habían terminado por cerrarlo. La iglesia aún funcionaba bajo control del Gobierno, el cual había obligado a los católicos a romper con el Vaticano y unirse a una organización «patriótica». Debido a la propaganda acerca de la religión, la idea de la iglesia me resultaba misteriosa e inquietante. La primera vez que había oído mencionar la violación había sido en una novela en la que se atribuía una a un sacerdote extranjero. Por otra parte, los sacerdotes adoptaban invariablemente la imagen de espías imperialistas y malvados que utilizaban a los bebés de los hospitales para realizar experimentos médicos.
Todos los días, camino del colegio y de regreso de él, solía pasar junto al comienzo de la calle del Puente Seguro, bordeada de árboles seculares, y distinguía el perfil de la puerta de la iglesia. Acostumbrada a la estética china, sus pilares se me antojaban sumamente extraños ya que, a diferencia de los nuestros, tallados en madera y posteriormente pintados, estaban tallados en mármol blanco y acanalados al estilo griego. Me moría por visitar el interior, y había pedido a aquella niña que me invitara un día a ir a su casa. Ella, sin embargo, repuso que su padre no quería que llevara visitas, lo que no sirvió sino para acrecentar aún más su misterio. Cuando se ofreció a traer algunas plantas de su jardín, me ofrecí calurosamente a acompañarla.
A medida que nos aproximábamos a la puerta de la iglesia sentí que me ponía en tensión y que mi corazón casi dejaba de latir. No recordaba haber visto nunca una puerta tan imponente. Mi amiga se puso de puntillas y golpeó un aro de metal que colgaba de la puerta. En ésta se abrió de pronto una pequeña entrada tras la que apareció un anciano arrugado que caminaba doblado casi por completo sobre sí mismo. Pensé que era como las brujas que salen en las ilustraciones de los cuentos de hadas. Aunque no podía ver su rostro con claridad, me imaginé que tendría una larga nariz ganchuda y un sombrero de pico y que en cualquier momento saldría volando por los aires montado en una escoba. El hecho de que perteneciera al sexo opuesto al de las brujas carecía de importancia. Atravesé apresuradamente el umbral. Frente a mí se abría un patio pulcro y diminuto en el que había un jardín. Me sentía tan nerviosa que no era capaz de ver qué contenía. Mis ojos tan sólo registraban una enorme proliferación de colores y formas, así como una pequeña fuente que manaba en medio de una estructura rocosa. Mi amiga me tomó de la mano y me condujo a lo largo del porche hasta el otro lado del patio. Cuando llegamos al final, abrió una puerta y me dijo que allí era donde el sacerdote pronunciaba sus sermones. ¡Sermones! Me había topado con aquella palabra en un libro en el que el sacerdote se servía de su sermón para transmitir secretos de Estado a otro espía imperialista. Mi tensión aumentó cuando salvé el umbral y penetré en una enorme y oscura estancia que parecía un salón; durante unos instantes, no pude ver nada. Por fin, distinguí una estatua al fondo de la sala. Aquél fue mi primer encuentro con un crucifijo. A medida que me acercaba, la figura de la cruz parecía elevarse sobre mí, inmensa y abrumadora. La sangre, la postura y la expresión de su rostro se combinaban para producir una sensación profundamente aterradora. Me volví y salí corriendo de la iglesia. En el exterior, casi choqué con un hombre ataviado con un traje negro. Pensé que intentaba agarrarme y, esquivándole, eché nuevamente a correr. A mis espaldas oí una puerta que crujía y, de pronto, me vi envuelta por una gran calma, rota tan sólo por el murmullo de la fuente. Abrí la pequeña entrada de la puerta principal y alcancé el comienzo de la calle sin dejar de correr. Mi corazón palpitaba con fuerza, y la cabeza me daba vueltas.
A diferencia de mí, mi hermano Jin-ming -nacido un año después que yo- se mostró sumamente independiente ya desde pequeño. Le encantaban las ciencias, y leía montones de revistas científicas populares. Aunque al igual que el resto de las publicaciones también éstas aparecían repletas de la inevitable propaganda, lo cierto era que informaban de avances científicos y tecnológicos occidentales que causaban honda impresión en Jin-ming. Le fascinaban las fotografías del láser, de los aerodeslizadores y de los helicópteros, automóviles y sistemas electrónicos que aparecían en aquellas revistas, a lo que había que añadir los atisbos que lograba del mundo occidental en las «películas de referencia». Comenzó a pensar que uno no podía fiarse de la escuela, los medios de comunicación y los adultos en general cuando decían que el mundo capitalista era un infierno y que China era un paraíso.
Estados Unidos excitaba especialmente la imaginación de Jin-ming como el país que contaba con la tecnología más desarrollada. Un día, cuando contaba once años, había estado describiendo animadamente durante la cena los nuevos avances norteamericanos en el campo del láser cuando de pronto le dijo a mi padre que adoraba Norteamérica. Éste no supo cómo responder, y su rostro adquirió una expresión de intensa preocupación. Por fin, acarició la cabeza de Jin-ming y dijo a mi madre: «¿Qué podemos hacer? ¡Este muchacho va a convertirse en un derechista cuando crezca!»
Antes de cumplir los doce años, Jin-Ming ya había construido cierto número de inventos basados en las ilustraciones de los libros científicos infantiles, entre ellos un telescopio con el que había intentado observar el cometa Halley y un microscopio para el que se había servido de trozos de vidrio procedentes de una bombilla. Un día en que estaba intentando mejorar una escopeta de repetición construida con gomas elásticas para disparar guijarros y semillas de tejo, pidió a uno de sus compañeros de clase, cuyo padre era oficial del Ejército, que le consiguiera algunos casquillos de bala vacíos para lograr los efectos sonoros apropiados. Su amigo consiguió algunas balas, extrajo la parte posterior, las vació de pólvora y se las entregó a Jin-ming sin advertir que los detonadores aún estaban dentro. Jin-ming llenó uno de los casquillos con un tubo de pasta de dientes cortado por la mitad y con ayuda de unas tenazas lo sostuvo sobre la estufa de carbón de la cocina para que se calentara. Sobre la parrilla del carbón descansaba una pava, y Jin-ming sostenía las tenazas bajo ella cuando de repente se oyó un tremendo estampido y se abrió un boquete en el fondo de la pava. Todo el mundo entró a ver qué había ocurrido. Jin-ming estaba aterrorizado, mas no tanto por la explosión como por mi padre, que constituía una figura temible.
Éste, sin embargo, no pegó a Jin-ming. Ni siquiera le reconvino. Se limitó a dirigirle una mirada larga y dura y por fin dijo que bastante asustado estaba ya y que saliera a dar un paseo. Jin-ming se sintió tan aliviado que a duras penas logró evitar ponerse a dar saltos. En ningún momento había pensado que le sería posible librarse tan fácilmente. Cuando regresó de su paseo, mi padre le dijo que no volvería a hacer ningún experimento si no era bajo la supervisión de un adulto. Sin embargo, aquella orden no permaneció en vigor mucho tiempo, y Jin-ming no tardó en volver a las andadas.
Yo le ayudé en uno o dos de sus proyectos. En cierta ocasión, fabricamos un prototipo de pulverizador alimentado con agua del grifo con el que podía reducirse la tiza a polvo. Era Jin-ming, claro está, quien aportaba el ingenio y la habilidad, ya que mi interés solía ser poco duradero.