Un día, los jóvenes salieron a realizar un asalto domiciliario. Se les había ordenado acudir a una hacienda de la que se rumoreaba que pertenecía a una familia antiguamente perteneciente al Kuomintang. No sabían con exactitud qué se esperaba de ellos. Tenían la cabeza llena de vagas nociones acerca de la posibilidad de encontrar algo así como un diario en el que se afirmara cuánto detestaba la familia al Partido Comunista y cuánto anhelaban sus miembros el regreso de Chiang Kai-shek. La familia tenía cinco hijos, todos ellos corpulentos y de aspecto duro. Alineándose frente a la puerta con los brazos en jarras, adoptaron su expresión más intimidatoria y fijaron su mirada en los recién llegados. Tan sólo uno de los chiquillos intentó tímidamente entrar en la casa, ante lo cual uno de los hijos le asió por el cogote y lo echó al exterior con una sola mano. Aquello puso fin a cualquier futura «acción revolucionaria» por parte de la «división» de Xiao-hei.
Así, durante la segunda semana de octubre, con Xiao-hei viviendo en su escuela y disfrutando de su libertad, Jin-ming y mi hermana de viaje y mi madre y abuela en Pekín, estaba yo viviendo sola en casa cuando un día, de improviso, apareció mi padre en el umbral.
Fue un regreso extraño e inquietante. Mi padre era otra persona. Se mostraba abstraído y permanentemente sumido en sus pensamientos, y no me dijo dónde había estado ni qué le había ocurrido. Numerosas noches le oí pasear insomne arriba y abajo, sintiéndome demasiado preocupada y atemorizada para dormir tampoco yo. Para mi inmenso alivio, dos días más tarde regresó mi madre de Pekín en compañía de mi abuela y de Xiao-fang.
Mi madre acudió inmediatamente al departamento de mi padre y entregó la carta de Tao Zhu a un director adjunto. Al punto, mi padre fue enviado a un sanatorio de recuperación, y mi madre fue autorizada a acompañarle.
Fui a visitarles. Se trataba de un precioso lugar situado en el campo y flanqueado en dos de sus costados por un hermoso riachuelo de aguas verdes. Mi padre tenía una suite con salón en la que se veían varios estantes vacíos, un dormitorio dotado de una amplia cama de matrimonio y un cuarto de baño de relucientes baldosas blancas. Frente a su balcón, varios olivos olorosos esparcían su aroma embriagador. Cuando soplaba la brisa, sus diminutos capullos dorados flotaban lentamente hasta posarse sobre el suelo desprovisto de hierba.
Tanto mi padre como mi madre parecían encontrarse a gusto. Mi madre me dijo que iban todos los días a pescar al río. Considerando que se hallaban a salvo, les dije que planeaba viajar a Pekín para ver al presidente Mao. Al igual que casi todo el mundo, hacía tiempo que deseaba realizar aquel viaje, pero no había ido todavía porque sentía que debía estar disponible para ayudar a mis padres.
Se animaba a todas las personas a que realizaran el peregrinaje a Pekín, y para ello el Gobierno proporcionaba comida, alojamiento y transporte gratuitos. Sin embargo, no estaba organizado. Partí de Chengdu dos días después en compañía de las otras cinco muchachas de la oficina de recepción. Mientras el tren avanzaba silbando en dirección Norte, mis sentimientos eran una mezcla de excitación y de punzante inquietud por mi padre. Por la ventanilla podíamos ver la llanura de Chengdu, en la que aparecían algunos campos de arroz cultivados. Varios cuadriláteros de tierra negra brillaban sobre un fondo dorado formando un pintoresco conjunto de retazos. A pesar de las repetidas instigaciones de la Autoridad de la Revolución Cultural, encabezadas por la señora Mao, la campiña se había visto tan sólo parcialmente afectada por la agitación política. El presidente Mao quería que la población estuviera alimentada para que pudiera hacer la revolución, por lo que no prestó a su esposa todo su apoyo. Tras la experiencia de la hambruna sufrida pocos años atrás, los campesinos habían aprendido que si intervenían en la Revolución Cultural y dejaban de producir alimentos, ellos serían los primeros en morirse de hambre. Las cabañas que salpicaban los verdes bosquecillos de bambú mostraban el aspecto apacible e idílico de siempre. El viento ondulaba ligeramente el humo y formaba una corona sobre las gráciles copas de los bambúes y las chimeneas que éstos ocultaban. Hacía menos de cinco meses que había comenzado la Revolución Cultural, pero mi mundo había cambiado ya completamente. Mientras contemplaba la silenciosa belleza de la llanura, me sentí invadida por una sensación de melancolía. Por fortuna, no tenía que preocuparme de ser criticada por sentirme nostálgica, lo cual se consideraba burgués, ya que ninguna de las otras muchachas era de talante acusador. Con ellas, sentía que podía relajarme.
La próspera llanura de Chengdu no tardó en dar paso a una zona de colinas bajas. En la distancia, relucían las nevadas montañas del oeste de Sichuan. Pronto empezamos a entrar y salir de los túneles que atraviesan los inmensos montes de Qin, la agreste cordillera que separa a Sichuan del norte de China. Con el Tíbet al Oeste, las peligrosas gargantas del Yangtzé al Este y sus vecinos meridionales considerados tradicionalmente bárbaros, Sichuan había sido siempre una región bastante aislada, y los sichuaneses eran conocidos por su carácter independiente. A Mao le había preocupado su legendaria inclinación por conservar cierto grado de independencia, por lo que siempre se había asegurado de que la provincia se mantuviera bajo el firme control de Pekín.
Después de los montes de Qin, el paisaje cambió espectacularmente. El suave verdor dio paso a un terreno áspero y amarillento, y las cabañas de paja de la llanura de Chengdu se vieron reemplazadas por hileras de secas cuevas-choza construidas con barro. En cuevas como aquéllas había pasado mi padre cinco años cuando era joven. Nos encontrábamos a tan sólo ciento cincuenta kilómetros de Yan'an, ciudad en la que Mao había instalado su cuartel general después de la Larga Marcha. Allí había sido donde mi padre alimentara sus sueños de juventud, convirtiéndose en un devoto comunista. Al pensar en él, sentí que se me humedecían los ojos.
Tardamos dos días y una noche en completar el viaje. Los revisores venían a charlar con nosotras a menudo y nos hablaban de la envidia que les producía saber que íbamos a ver pronto al presidente Mao.
En la estación de Pekín, vimos grandes carteles que nos daban la bienvenida como «invitados del presidente Mao». Era poco después de medianoche, y sin embargo la plaza que se abría frente a la estación estaba iluminada como si fuera de día. Los focos recorrían una masa de miles y miles de jóvenes, todos luciendo sus brazaletes rojos y hablando en dialectos a menudo mutuamente incomprensibles. Charlaban, gritaban, reían y discutían frente al decorado que formaba ese gigantesco edificio de pesada arquitectura soviética que era la propia estación. El único rasgo chino era el pastiche de los tejados que, a modo de pabellón, remataban los dos relojes de torre de cada extremo.
Al salir con paso amodorrado a la luz de los focos me sentí enormemente impresionada por el edificio, su ostentosa grandeza y la modernidad de sus relucientes mármoles. Estaba acostumbrada a las columnas de madera oscura y a los ásperos muros de ladrillo tradicionales. Volví la vista atrás y sentí que me inundaba la emoción al ver un enorme retrato de Mao que colgaba en el centro bajo tres caracteres dorados escritos con su propia caligrafía en los que se leía «Estación de Pekín».
Los altavoces nos dirigieron a las salas de recepción situadas en una esquina de la estación. Al igual que sucedía en todas las ciudades chinas, Pekín contaba con un equipo de administradores encargados de proporcionar alojamiento y comida a los jóvenes viajeros. Para ello, se recurría a dormitorios de universidades, escuelas, hoteles e incluso oficinas. Tras esperar haciendo cola durante horas, se nos asignó a la Universidad de Qinghua, una de las más prestigiosas del país. Nos trasladaron hasta allí en un autocar, y se nos dijo que podríamos obtener comida en la cantina. La organización de la gigantesca máquina que debía cuidar de las necesidades de millones de jóvenes peregrinos se hallaba bajo la supervisión de Zhou Enlai, quien solía encargarse de aquellas tareas cotidianas con las que no cabía molestar a Mao. Sin Zhou o alguien como él, el país se habría derrumbado, y con él la Revolución Cultural. En consecuencia, Mao hizo saber que nadie debía atacar a Zhou Enlai.
En nuestro grupo éramos personas serias, y todo cuanto deseábamos era ver realmente al presidente Mao. Por desgracia, nos habíamos perdido por poco su quinta revista de guardias rojos en la plaza de Tiananmen. ¿Qué podíamos hacer? Cualquier actividad de ocio o de turismo quedaba descartada, ya que resultaban irrelevantes para la revolución. Así pues, pasábamos el tiempo en el campus de la universidad copiando carteles murales. Mao había dicho que uno de los objetivos de viajar era intercambiar información acerca de la Revolución Cultural, y eso sería lo que haríamos: llevar a Chengdu las consignas de la Guardia Roja de Pekín.