A medida que se acercaba, la figura se tornó repentinamente nítida, como si Clary hubiese enfocado el objetivo de una cámara. Era su madre, arrodillada en las ruinas de un castillo de arena. Llevaba el mismo vestido blanco que Valentine le había puesto en Renwick, y en la mano tenía un retorcido pedazo de madera arrojado por el mar, plateado por la larga exposición a la sal y el viento.
—¿Has venido a ayudarme? —preguntó su madre, alzando la cabeza; los cabellos de Jocelyn estaban sueltos y ondeaban libremente al viento, haciendo que pareciera más joven de lo que era—. Hay tanto que hacer y tan poco tiempo.
Clary tragó saliva para eliminar el grueso nudo que tenía en la garganta.
—Mamá..., te he echado de menos, mamá.
Jocelyn sonrió.
—Yo también te he echado de menos, cariño. Pero no me he ido, ya lo sabes. Sólo duermo.
—Entonces, ¿cómo te despierto? —exclamó Clary, pero su madre miraba en dirección al mar con el rostro inquieto.
El cielo había adquirido un tono crepuscular gris acero, y las nubes negras parecían piedras pesadas.
—Ven aquí —dijo Jocelyn, y cuando Clary llegó ante ella, su madre añadió—; Extiende el brazo.
Clary lo hizo, y Jocelyn le pasó el pedazo de madera sobre la piel. El contacto le escoció como la quemadura de una estela, y dejó la misma gruesa línea negra. La runa que Jocelyn dibujó tenía una forma que Clary no había visto nunca, pero halló su contemplación instintivamente tranquilizadora.
—¿Qué hace esto?
—Debería protegerte.
Su madre la soltó.
—¿De qué?
Jocelyn no contestó, se limitó a mirar a lo lejos en dirección al mar. Clary se volvió y vio que el océano se había retirado un buen trecho, dejando montones salobres de basura, pilas de algas y peces desesperados que daban coletazos tras él. El agua se había reunido en una ola enorme que se alzaba como la ladera de una montaña, como un alud listo para caer. Los gritos de los niños desde el entablado se habían convertido en alaridos. Mientras Clary observaba horrorizada, se fijó en que el flanco de la ola era tan transparente como una membrana, y a través de él pudo ver cosas que parecían moverse bajo la superficie del mar, enormes cosas informes presionando contra la capa de agua. Alzó las manos...
Y se despertó, jadeando, con el corazón golpeándole dolorosamente contra las costillas. Estaba en su cama en el cuarto de invitados de la casa de Luke, y la luz de la tarde se filtraba a través de las cortinas. Tenía los cabellos pegados al cuello por el sudor, y el brazo le ardía y le dolía. Cuando se incorporó y encendió la luz de la mesilla de noche, no se sorprendió al ver la Marca negra que tenía en el antebrazo.
Al entrar en la cocina, descubrió que Luke le había dejado el desayuno, en forma de un bollo cubierto de azúcar glaseado, en una caja de cartón salpicada de grasa. También había dejado una nota pegada a la nevera. «He ido al hospital.»
Clary se comió el bollo mientras iba a encontrarse con Simón. Se suponía que éste estaría en la esquina de Bedford, junto a la parada de la línea L a las cinco, pero no estaba. Clary sintió una débil sensación de ansiedad antes de recordar la tienda de discos de segunda mano en la esquina de la Sexta. Efectivamente, allí estaba Simon revisando los CD de la sección de novedades. Vestía una americana de pana de color orín con una manga rasgada y una camiseta azul que llevaba el logo de un muchacho con auriculares bailando con un pollo. Sonrió ampliamente al verla.
—Eric cree que deberíamos cambiar el nombre de nuestra banda por Empanada de Mojo —dijo a modo de saludo.
—¿Cuál es ahora? Lo he olvidado.
—Enema de Champagne —contestó él, eligiendo un CD de Yo La Tengo.
—Cambiadlo —indicó Clary—. A propósito, sé lo que significa tu camiseta.
—No, no lo sabes. —Fue hacia la parte delantera de la tienda para pagar el CD—. Tú eres una buena chica.
Fuera, el viento era frío y vivo. Clary se alzó la bufanda a rayas hasta la barbilla.
—Me he preocupado al no verte en la parada de la L.
Simon se encasquetó la gorra de punto, haciendo una mueca como si la luz del sol le hiriera los ojos.
—Lo siento. Recordé que quería este CD, y pensé...
—No pasa nada. —Clary agitó una mano ante él—. Soy yo. Últimamente me entra el pánico con demasiada facilidad.
—Bueno, después de por lo que has pasado, nadie podría culparte. —Simon sonaba contrito—. Todavía no puedo creer lo que sucedió en la Ciudad Silenciosa. No puedo creer que estuvieras allí.
—Tampoco podía Luke. Le dio un ataque.
—Apuesto a que sí.
Caminaban a través de McCarren Park, con la hierba bajo sus pies adquiriendo ya el tono marrón del invierno y el aire lleno de luz dorada. Por entre los árboles corrían perros sueltos.
«Todo cambia en mi vida, y el mundo sigue igual», pensó Clary.
—¿Has hablado con Jace desde ayer? —preguntó Simón, manteniendo la voz neutral.
—No, pero he estado en contacto con Isabelle y Alec. Al parecer está bien.
—¿Ha pedido verte? ¿Es por eso que vamos?
—No tiene que pedírmelo.
Clary intentó mantener la irritación fuera de su voz mientras entraban en la calle de Magnus. Estaba bordeada de edificios bajos de almacenes que habían sido convertidos en lofts y en estudios para residentes con temperamento artístico... y dinero. La mayoría de los coches aparcados a lo largo del bordillo bajo eran caros.
Al aproximarse al edificio de Magnus, Clary vio a una figura larguirucha moverse del lugar donde había estado sentada sobre la escalinata de la entrada. Alec. Llevaba un abrigo largo y negro confeccionado con el material resistente y ligeramente brillante que los cazadores de sombras usaban para su equipo. Tenía las manos y la garganta marcadas con runas, y era evidente, por el tenue resplandor en el aire a su alrededor, que había usado el poder del glamour, la habilidad que poseían para camuflar cosas, para resultar invisibles.
—No sabía que ibas a traer al mundano. —Sus ojos azules se movieron veloces e inquietos sobre Simón.
—Eso es lo que me gusta de vosotros, tíos —dijo Simón—. Que siempre me hacéis sentir bienvenido.
—Ah, vamos, Alec —intervino Clary—. ¿A qué viene todo eso? No hagas como si Simon no hubiese estado aquí antes.
Alec lanzó un suspiro teatral, se encogió de hombros y los condujo escalera arriba. Abrió la puerta del apartamento de Magnus usando una fina llave de plata, que volvió a guardarse en el bolsillo superior de la chaqueta en cuanto terminó, como si esperara que sus acompañantes no la vieran.
A la luz del día, el apartamento tenía el aspecto que podría tener un club nocturno vacío y cerrado: oscuro, sucio e inesperadamente pequeño. Las paredes estaban desnudas, moteadas aquí y allá con pintura de purpurina, y las tablas del suelo donde habían bailado las hadas una semana antes estaban abombadas y brillantes por el paso del tiempo.
—Hola, hola. —Magnus avanzó majestuosamente hacia ellos.
Llevaba una bata larga de seda verde abierta sobre una camiseta de malla plateada y unos vaqueros negros. Una centelleante piedra roja le titilaba en la oreja izquierda.
—Alec, cariño. Clary. Y el chico—rata. —Hizo una reverencia en dirección a Simón, que pareció molesto—. ¿A qué debo el placer?
—Venimos a ver a Jace —respondió Clary—. ¿Está bien?
—No lo sé —contestó Magnus—. ¿Es normal en él permanecer tumbado así en el suelo sin moverse?
—Qué... —empezó a decir Alec, y se interrumpió cuando Magnus lanzó una carcajada—. No tiene gracia.
—Es tan fácil tomarte el pelo... Y sí, vuestro amigo está estupendamente. Bueno, excepto que no deja de guardar todas mis cosas y de intentar limpiar. Ahora no logro encontrar nada. Es un tipo compulsivo.