—¿Una deuda de sangre? —murmuró—. ¿Con un mundano?
—Me salvó la vida —respondió Jace.
Clary notó cómo Simon se tensaba a su lado, sorprendido, y deseó que no lo demostrara. Las hadas no podían mentir, había dicho Jace, y Jace tampoco mentía: Simon sí le había salvado la vida. Simplemente no era por eso por lo que le habían llevado con ellos. Clary empezó a apreciar lo que Jace había querido dar a entender con aquello de decir la verdad de un modo creativo.
—Por favor, mi señora. Esperábamos que lo comprendierais. Hemos oído que sois tan bondadosa como hermosa, y en ese caso... bien —prosiguió Jace—, vuestra bondad debe de ser inmensa.
La reina mostró una sonrisita de suficiencia, se inclinó y con el refulgente cabello cayó hacia adelante, ensombreciéndole el rostro.
—Eres tan encantador como tu padre, Jonathan Morgenstern —repuso, e indicó con un gesto los almohadones desperdigados por el suelo—. Venid, sentaos junto a mí. Comed algo. Bebed. Descansad. La conversación es mejor con los labios húmedos.
Por un momento Jace pareció desconcertado. Vaciló. Meliorn se inclinó hacia él y le habló en voz baja.
—Sería imprudente rehusar la prodigalidad de la reina de la corte seelie.
Los ojos de Isabelle se movieron veloces hacia él, y luego ésta se encogió de hombros.
—No pasará nada por sentarnos.
Meliorn los condujo a un montón de almohadones sedosos cerca del diván de la reina. Clary se sentó con cuidado, medio esperando que hubiese alguna especie de enorme raíz afilada aguardando para clavarse en su trasero. Parecía ser la clase de broma que la reina encontraría graciosa. Pero no sucedió nada. Los cojines eran muy mullidos; se acomodó con los demás a su alrededor.
Un duendecillo de piel azulada fue hacia ellos transportando una bandeja con cuatro copas de plata en ella. Cada uno tomó una copa del líquido dorado con pétalos de rosa que flotaban en la superficie.
Simon depositó su copa en el suelo junto a él.
—¿No quieres un poco? —preguntó el duendecillo.
—La última bebida de hadas que tomé no me sentó bien —masculló él.
Clary apenas le oyó. La bebida tenía un aroma embriagador, más intenso y delicioso que las rosas. Sacó un pétalo del líquido y lo aplastó entre el índice y el pulgar, liberando más el perfume.
Jace le empujó el brazo.
—No bebas ni una gota —dijo por lo bajo.
—Pero...
—Limítate a no hacerlo.
La muchacha depositó la copa en el suelo, como había hecho Simón. Tenía el índice y el pulgar teñidos de rosa.
—Bien —comenzó la reina—, Meliorn me dice que afirmáis saber quién mató a nuestra pequeña en el parque anoche. Aunque ya os digo que a mí no me parece ningún misterio. ¿Una hada niña sin una gota de sangre? ¿Acaso me traéis el nombre de un vampiro en concreto? Pero todos los vampiros son culpables en este caso, al quebrantar la Ley, y deberían ser castigados en consecuencia. No obstante, aunque lo pueda parecer, no somos tan quisquillosos.
—Ah, vamos —dijo Isabelle—. No son los vampiros.
Jace le lanzó una mirada.
—Lo que Isabelle quiere decir es que estamos casi seguros de que el asesino es otra persona. Creemos que podría estar intentando arrojar sospechas sobre los vampiros para protegerse.
—¿Tenéis pruebas de eso?
El tono de Jace era tranquilo, pero el hombro que rozó el de Clary estaba tirante por la tensión.
—Anoche asesinaron también a los Hermanos Silenciosos, y a ninguno de ellos le quitaron la sangre —continuó Jace.
—¿Y esto tiene que ver con nuestra pequeña? ¿Cómo? Nefilim muertos son una tragedia para los nefilim, pero no significan nada para mí.
Clary sintió un fuerte aguijonazo en la mano izquierda. Al bajar la mirada, vio a un diminuto gnomo huyendo veloz entre los almohadones. Una roja gota de sangre le había aparecido en el dedo. Se lo llevó a la boca con una mueca de dolor. Los gnomos eran monos, pero mordían de un modo desagradable.
—También robaron la Espada—Alma —siguió Jace—. ¿Conocéis la existencia de Maellartach?
—La espada que obliga a los cazadores de sombras a decir la verdad —dijo la reina con sombrío regocijo—. Nosotros, los seres fantásticos, no tenemos necesidad de un objeto así.
—Se la llevó Valentine Morgenstern —explicó Jace—. Mató a los Hermanos Silenciosos para obtenerla, y creemos que también mató al hada. Necesitaba la sangre de una hada niño para llevar a cabo una transformación en la Espada. Para convertirla en una herramienta que pueda usar.
—Y no se detendrá —añadió Isabelle—. Necesita más sangre además de ésa.
Las elevadas cejas de la reina se enarcaron aún más.
—¿Más sangre del Pueblo Mágico?
—No —contestó Jace, lanzando una mirada a Isabelle que Clary no consiguió interpretar por completo—. Más sangre de subterráneos. Necesita la sangre de un hombre lobo y de un vampiro...
Los ojos de la reina brillaron reflejando la luz.
—Eso no parece precisamente algo que sea de nuestra incumbencia.
—Mató a uno de los vuestros —dijo Isabelle—. ¿No queréis venganza?
La mirada de la reina la acarició como el ala de una mariposa nocturna.
—No inmediatamente —respondió—. Somos gente paciente, ya que disponemos de todo el tiempo del mundo. Valentine Morgenstern es un viejo enemigo nuestro..., pero tenemos enemigos más antiguos aún. Nos contentamos con aguardar y observar.
—Está invocando demonios —explicó Jace—. Creando un ejército...
—Demonios —repuso la reina en tono ligero, mientras sus cortesanos parloteaban a su espalda—. Los demonios son cosa vuestra, ¿no es cierto, cazador de sombras? ¿No es por eso que poseéis autoridad sobre todos nosotros, porque vosotros sois los que matáis a los demonios?
—No estoy aquí para daros órdenes en nombre de la Clave. Vinimos cuando nos lo pedisteis, creyendo que si sabíais la verdad, nos ayudaríais.
—¿Eso fue lo que pensasteis? —La reina se inclinó hacia adelante en su asiento, la larga melena ondulante y llena de vida—. Recuerda, cazador de sombras, algunos de nosotros nos sentimos irritados bajo el gobierno de la Clave. Tal vez estemos cansados de librar vuestras guerras por vosotros.
—Pero no es sólo nuestra guerra —replicó Jace—. Valentine odia a los subterráneos más de lo que odia a los demonios. Si nos derrota, luego irá a por vosotros.
Los ojos de la reina le taladraron.
—Y cuando lo haga —siguió Jace—, recordad que fue un cazador de sombras quien os advirtió de lo que se avecinaba.
Se hizo el silencio. Incluso la corte había enmudecido, observando a su señora. Por fin, la reina se recostó en sus almohadones y tomó un trago de un cáliz de plata.
—Advertirme sobre tu propio progenitor —dijo—. Había pensado que vosotros, los mortales, erais capaces de sentir afecto filial, al menos, y sin embargo no pareces sentir lealtad hacia Valentine, tu padre.
Jace no dijo nada. Parecía, para variar, haberse quedado sin palabras.
—O quizá esta hostilidad tuya sea fingida —siguió diciendo la reina con dulzura—. El amor convierte en mentirosos a los de tu especie.
—Pero nosotros no amamos a nuestro padre —intervino Clary, mientras Jace permanecía aterradoramente silencioso—. Le odiamos.
—¿De verdad? —La reina parecía casi aburrida.
—Ya sabéis cómo son los vínculos familiares, mi señora —replicó Jace, recobrando la voz—. Se aferran con la fuerza de enredaderas. Y en ocasiones, igual que enredaderas, se aferran con la fuerza suficiente para matar.
Las pestañas de la reina aletearon.
—¿Traicionarías a tu propio padre por la Clave?
—Lo haría, señora.
Ella rió, un sonido claro y gélido como carámbanos.
—¿Quién iba a pensar —ironizó— que los pequeños experimentos de Valentine se volverían contra él?
Clary miró a Jace, pero notó por la expresión de su rostro que éste no tenía ni idea de a qué se refería la reina.