—¡Simón! —chilló ella, pero él no parecía oír.
El muchacho tenía el rostro crispado, irreconocible, mientras se erguía sobre ella, curvando los labios hacia atrás. Clary vio los afilados caninos, los colmillos, centellear a la luz de la luna igual que agujas de hueso blanco. Repentinamente aterrada, le pateó, pero él la agarró por los hombros y la inmovilizó contra el suelo. Tenía las manos ensangrentadas y las uñas rotas, pero era increíblemente fuerte, más fuerte incluso que los músculos de cazadora de sombras de la muchacha. Los huesos de los hombros le rechinaron dolorosamente cuando él se inclinó sobre ella...
Y fue arrancado de allí y lanzado por los aires como si no pesara más que un guijarro. Clary se puso en pie de un salto, sin aliento, y se encontró con la mirada sombría de Raphael.
—Te dije que te mantuvieras lejos de él —la riñó éste, y se volvió para arrodillarse junto a Simón, que había aterrizado a poca distancia y estaba enroscado en el suelo en medio de fuertes convulsiones.
Clary inspiró con fuerza, pero sonó igual que si sollozara.
—No me conoce.
—Te conoce. No le importa. —Raphael miró por encima del hombro a Jace—. Está hambriento. Necesita sangre.
Jace, que había permanecido de pie al borde de la tumba, lívido y paralizado, se adelantó y le tendió la bolsa de plástico en silencio, como una ofrenda. Raphael la cogió y la desgarró. Varios paquetes de plástico conteniendo un líquido rojo cayeron fuera. Tomó uno, mascullando, y lo desgarró con uñas afiladas, salpicando de sangre la parte delantera de su camisa blanca ya manchada de tierra.
Simón, como si olfateara la sangre, se hizo un ovillo y profirió un gemido lastimero. Seguía retorciéndose; las manos de uñas rotas abrían surcos en el suelo y tenía los ojos en blanco. Raphael alargó el paquete de sangre, dejando que un poco del fluido rojo goteara sobre el rostro de Simón, manchando de escarlata la piel blanca.
—Ahí tienes —dijo, casi en un canturreo suave—. Bebe, pequeño polluelo. Bebe.
Y Simón, que había sido vegetariano desde los diez años, que no quería beber leche que no fuese orgánica, que se desmayaba con sólo ver agujas... Simon arrancó el paquete de sangre de la delgada mano morena de Raphael y lo desgarró con los dientes. Consumió la sangre en unos pocos tragos y arrojó el paquete a un lado con otro gemido; Raphael tenía preparado un segundo paquete, y se lo puso en la mano.
—No bebas demasiado de prisa —advirtió—. Te entrarán ganas de vomitar.
Simón, por supuesto, no le hizo el menor caso; había conseguido abrir el segundo paquete sin ayuda y engullía con glotonería el contenido. La sangre le corría por las comisuras de los labios, le descendía por la garganta y le salpicaba las manos con gruesas gotas rojas. Tenía los ojos cerrados.
Raphael miró a Clary. Ésta pudo sentir que también Jace la miraba fijamente, al igual que los demás, todos con expresiones idénticas de horror y repugnancia.
—La próxima vez que se alimente —dijo Raphael con calma—, no resultará tan chapucero.
«Chapucero.» Clary abandonó el claro a trompicones, oyendo como Jace la llamaba, pero sin prestarle atención. Echó a correr al llegar a los árboles y había descendido la mitad de la ladera cuando el dolor la acometió. Cayó de rodillas, dando arcadas, mientras todo el contenido de su estómago salía al exterior en una avalancha desgarradora. Cuando finalizó, se alejó gateando un corto trecho y se desplomó sobre el suelo. Sabía que probablemente yacía sobre la tumba de alguien, pero no le importó. Descansó el rostro ardiente en la tierra fresca y pensó, por primera vez, que tal vez los muertos no fueran tan desafortunados después de todo.
Humo y acero
La unidad de cuidados intensivos del hospital Beth Israel siempre recordaba a Clary fotos que había visto de la Antártida: era fría y como distante, y todo era o gris o blanco o azul pálido. Las paredes de la habitación de su madre eran blancas, los tubos que le serpenteaban sobre la cabeza y las filas interminables de instrumentos que rodeaban la cama emitiendo pitidos eran grises, y la manta que tenía estirada sobre el pecho era azul pálido. El rostro de su madre estaba blanco. El único color en la habitación era su cabellera roja, llameando sobre la nívea extensión de la almohada como una bandera brillante e incongruente plantada en el Polo Sur.
Clary se preguntó cómo se las arreglaba Luke para pagar aquella habitación particular, de dónde había salido el dinero y cómo lo había conseguido. Supuso que podría preguntárselo cuando él regresara de sacar un café de la máquina expendedora de la fea y diminuta cafetería del tercer piso. Ese café simulaba alquitrán y sabía a alquitrán, pero Luke parecía adicto a él.
Las patas de metal de la silla chirriaron sobre el suelo cuando Clary la apartó y se sentó lentamente, alisándose la falda sobre las piernas. Siempre que iba a ver a su madre al hospital se sentía nerviosa y con la boca reseca, como si estuviera a punto de meterse en un lío. Quizá porque las únicas veces que había visto el rostro de su madre de aquel modo, fijo e inanimado, era cuando estaba a punto de estallar enfurecida.
—Mamá —dijo.
Cogió la mano izquierda de su madre; todavía tenía la marca de un pinchazo en la muñeca, allí donde Valentine había introducido el extremo de un tubo. La piel de la mano de su madre, siempre áspera y agrietada, salpicada de pintura y trementina, tenía el tacto de la corteza seca de un árbol. Clary cerró los dedos alrededor de los de Jocelyn, y sintió que un duro nudo se le formaba en la garganta.
—Mamá, yo... —Carraspeó—. Luke dice que puedes oírme. No sé si es cierto o no. De todos modos, he venido porque necesitaba hablar contigo. No pasa nada si tú no puedes contestarme. Verás, lo que sucede es que, es que... —Volvió a tragar saliva y miró en dirección a la ventana, a la franja de cielo azul visible en el extremo de la pared de ladrillo que daba frente al hospital—. Se trata de Simón. Le ha sucedido una cosa. Algo que fue culpa mía.
Ahora que no miraba al rostro de su madre, el relato le salió como un torrente, todo éclass="underline" cómo había conocido a Jace y a los otros cazadores de sombras, la búsqueda de la Copa Mortal, la traición de Hodge y la batalla en Renwick, y cómo había averiguado que Valentine era su padre además de ser el de Jace. También le contó acontecimientos más recientes: la visita nocturna a la Ciudad de Hueso, lo de la Espada—Alma, el odio de la Inquisidora hacia Jace y lo de la mujer del cabello canoso. Y a continuación habló a su madre de la corte seelie, del precio que la reina había exigido y lo que le había ocurrido a Simon después. Podía sentir cómo le ardían las lágrimas contenidas en la garganta mientras hablaba, pero fue un alivio contarlo, desahogarse con alguien, incluso con alguien que —quizá— no podía oírla.
—Así que, básicamente —concluyó—, lo he fastidiado todo soberanamente. Te recuerdo diciendo que eso de hacerse mayor sucede cuando empiezas a tener cosas que, al recordarlas, desearías cambiar. Imagino que eso significa que ya me he hecho mayor. Es sólo que... que...
«Yo pensaba que tú estarías ahí cuando lo hiciera.» Las lágrimas la hicieron atragantarse justo mientras alguien detrás de ella carraspeaba.
Clary se volvió y vio a Luke en la entrada, con un vaso de espuma de poliestireno en la mano. Bajo las luces fluorescentes del hospital, pudo ver lo cansado que parecía. Tenía canas en el cabello, y la camisa de franela azul estaba arrugada.
—¿Cuánto tiempo has estado ahí de pie?
—No mucho —contestó él—. Te he traído un café —Le tendió el vaso, pero ella le indicó que lo apartara con un ademán.
—Odio ese brebaje. Sabe a pies.
Él sonrió al oír aquello.
—¿Cómo puedes tener idea de a qué saben los pies?