Выбрать главу

—Es posible —respondió Alec—. Puedo preguntar a mis padres, pero dudo que me lo digan.

—No, no les preguntes a ellos. Pregunta a Luke.

—¿Te refieres a que vaya hasta Brooklyn? Oye, escabullirse de aquí va a ser casi imposible...

—Usa el teléfono de Isabelle. Envía un mensaje de texto a Clary. Pídele que le pregunte a Luke.

—De acuerdo. —Alec hizo una pausa—. ¿Quieres que le diga algo más de tu parte? A Clary, quiero decir, no a Isabelle.

—No —contestó Jace—, no tengo nada que decirle.

—¡Simón! —Aferrando el teléfono, Clary se volvió hacia Luke—. Dice que alguien está intentando entrar en la casa.

—Dile que salga de ahí.

—No puedo salir —contestó Simon con voz tensa—. No, a menos que quiera convertirme en una antorcha.

—Es de día —explicó la muchacha a Luke, pero vio que él ya había comprendido el problema y rebuscaba en los bolsillos.

Eran las llaves del coche. Las alzó.

—Dile que vamos para allá, que se encierre en una habitación hasta que lleguemos.

—¿Has oído? Enciérrate en una habitación.

—Vale. —La voz de Simon sonaba tensa; Clary oyó un quedo sonido chirriante, luego un fuerte golpe sordo.

—¡Simón!

—Estoy bien. Sólo estoy apilando cosas contra la puerta.

—¿Qué clase de cosas?

La muchacha estaba ya fuera en el porche, tiritando de frío en su fino suéter. Luke, detrás de ella, cerraba la casa con llave.

—Un escritorio —respondió Simon con cierta satisfacción—. Y mi cama.

—¿Tu cama?

Clary montó en la furgoneta junto a Luke, forcejeando con una sola mano con el cinturón de seguridad mientras el vehículo salía disparado y avanzaba como un bólido por Kent. Alargó una mano hacia ella y le abrochó el cinturón.

—¿Cómo has levantado tu cama? —preguntó Clary.

—Lo olvidas. Fuerza supervampírica.

—Pregúntale qué has oído —indicó Luke.

Descendían a toda velocidad por la calle, lo que habría sido estupendo si la zona del río en Brooklyn hubiese tenido un mejor mantenimiento. Clary lanzaba una exclamación cada vez que daban con un bache.

—¿Qué es lo que has oído? —preguntó, recuperando el aliento.

—La puerta de la calle se ha abierto de golpe. Alguien debe de haberla abierto de una patada. Entonces Yossarian ha entrado como una exhalación en mi habitación y se ha escondido bajo la cama. Así es como he sabido que seguro que hay alguien en la casa.

—¿Y ahora?

—Ahora no oigo nada.

—Eso es bueno, ¿verdad? —Clary volvió la cabeza hacia Luke—. Dice que ahora no oye nada. A lo mejor se ha ido.

—A lo mejor. —Luke sonó dubitativo.

En aquellos momentos iban por la autovía dirigiéndose al vecindario de Simon a toda velocidad.

—Mantenle al teléfono de todos modos.

—¿Qué es lo que estás haciendo en este instante, Simón?

—Nada. He empujado todo lo de mi habitación contra la puerta e intento sacar a Yossarian de detrás del conducto de la calefacción.

—Déjale donde está.

—Esto va a ser muy difícil de explicar a mi madre —comentó Simón, y el teléfono se desconectó.

Se escuchó un clic y luego nada. Llamada desconectada centelleó en la pantalla.

—No. ¡No! —Clary presionó el botón de rellamada con dedos temblorosos.

Simon contestó al instante.

—Lo siento. Yossarian me ha arañado y se me ha caído el teléfono.

La garganta de Clary ardió de alivio.

—No pasa nada, mientras sigas bien y...

Un sonido como el de un maremoto se oyó a través del teléfono, ahogando la voz de Simón. Clary apartó violentamente el teléfono de la oreja. En la pantalla todavía se leía Llamada desconectada.

—¡Simón! —chilló al teléfono—. Simón, ¿me oyes?

El estrépito cesó. Se oyó el ruido de algo que se hacía pedazos y un maullido agudo y sobrenatural... ¿Yossarian? Luego el golpe de algo pesado contra el suelo.

—¿Simón? —susurró.

Hubo un clic y a continuación una voz burlona que arrastraba las palabras le habló al oído.

—Clarissa, debería de haber sabido que tú estarías al otro extremo de esta llamada.

Clary cerró los ojos con fuerza, y sintió que se le encogía el estómago como si estuviera bajando por una montaña rusa.

—Valentine.

—Quieres decir «padre» —replicó él, sonando genuinamente molesto—. Deploro esta moderna costumbre de llamar a los padres por el nombre de pila.

—Lo que en realidad quiero llamarte es mucho más pronunciable que tu nombre —soltó ella—. ¿Dónde está Simón?

—¿Te refieres al chico vampiro? Una compañía cuestionable para una joven cazadora de sombras de buena familia, ¿no crees? A partir de ahora espero tener algo que decir en tu elección de amigos.

—¿Qué le has hecho a Simón?

—Nada —respondió Valentine, jocoso—. Todavía.

Y colgó.

Para cuando Alec regresó a la sala de entrenamiento, Jace estaba tumbado en el suelo imaginando hileras de chicas que bailaban en un esfuerzo por hacer olvidar el dolor de las muñecas. No funcionaba.

—¿Qué haces? —preguntó Alec, arrodillándose todo lo cerca que pudo de la reluciente pared de la prisión.

Jace intentó recordar que cuando Alec hacía aquella clase de pregunta realmente lo decía en serio, y que era algo que en el pasado había encontrado más cautivador que molesto. Fracasó.

—Se me ocurrió que podría tumbarme en el suelo y retorcerme de dolor durante un rato —gruñó—. Me relaja.

—¿De verdad? ¡Ah... estás siendo sarcástico! Ésa es una buena señal, probablemente —repuso Alec—. Si puedes sentarte, tal vez deberías. Voy a tratar de deslizar algo a través de la pared.

Jace se incorporó con tal rapidez que la cabeza le dio vueltas.

—Alec, no...

Pero éste se movía ya para empujar algo hacia él con ambas manos, como si hiciera rodar una pelota hacia un niño. Una esfera roja se abrió paso a través de la reluciente cortina y rodó hasta Jace, chocando suavemente contra su rodilla.

—Una manzana. —La levantó con cierta dificultad—. Qué apropiado.

—Pensé que podrías tener hambre.

—La tengo. —Jace dio un mordisco a la manzana; un poco de jugo le corrió por las manos y chisporroteó en las llamas azules que le esposaban las muñecas—. ¿Has enviado el mensaje a Clary?

—No. Isabelle no quiere dejarme entrar en su habitación. Se limita a arrojar cosas contra la puerta y a chillar. Dijo que si yo entraba saltaría por la ventana. Y lo haría.

—Probablemente.

—Tengo la sensación —continuó Alec, y sonrió— de que no me ha perdonado por traicionarte, tal y como ella lo ve.

—Buena chica —repuso Jace en tono agradecido.

—Yo no te traicioné, idiota.

—Es la intención lo que cuenta.

—Bien, porque te he traído algo más. No sé si funcionará, pero vale la pena probarlo.

Deslizó algo pequeño y metálico a través de la pared. Era un disco plateado aproximadamente del tamaño de una moneda de veinticinco centavos. Jace dejó la manzana en el suelo y cogió el disco con curiosidad.

—¿Qué es esto?

—Lo he sacado del escritorio de la biblioteca. He visto a mis padres usarlo para retirar sujeciones. Creo que es una runa de apertura. Vale la pena probar...

Se interrumpió cuando Jace se acercó el disco a las muñecas, sosteniéndolo con torpeza entre dos dedos. En cuanto éste tocó la línea de llama azul, las esposas parpadearon y desaparecieron.

—Gracias.

Jace se frotó las muñecas, cada una rodeada por una línea de irritada piel sanguinolenta. Empezaba a volver a ser capaz de sentir las yemas de los dedos.

—No es una lima escondida en un pastel de cumpleaños, pero impedirá que se me caigan las manos.

Alec le miró. Las líneas fluctuantes de la cortina de lluvia hacían que su rostro apareciera alargado, preocupado... o tal vez sí que estaba preocupado.