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—No soy idiota —respondió Sebastian—, y no me harás picar. Te dejé con vida sólo el tiempo suficiente para que pudieses ver los demonios. Cuando mueras y regreses a tus antepasados ángeles, puedas decirles que ya no hay lugar para ellos en este mundo. Le fallaron a la Clave, y a la Clave ya no los necesita. Ahora tenemos a Valentine.

—¿Me matas porque quieres que le de un mensaje a Dios de tu parte? —Jace sacudió la cabeza mientras la punta de la espada le arañaba la garganta—. Estás más loco de lo que pensaba.

Sebastian se limitó a sonreír y empujó la hoja un poco más; cuando Jace tragó saliva, pudo sentir la punta del arma haciendo una muesca en su tráquea.

—Si tienes que rezar, hermanito, hazlo ya.

—No voy a rezar —respondió Jace—. Tengo un mensaje, no obstante. Para nuestro padre. ¿Se lo darás?

—Por supuesto —dijo Sebastian con soltura, pero hubo algo en el modo en que lo dijo, una chispa de vacilación antes de hablar, que confirmó lo que Jace ya pensaba.

—Mientes —dijo—. No le darás el mensaje, porque no vas a contarle lo que has hecho. Jamás te pidió que me mataras, y no le gustará cuando lo descubra.

—Tonterías. No significas nada para él.

—Piensas que jamás sabrá lo que sucedió si me matas ahora, aquí. Puedes decirle que morí en la batalla, o él simplemente supondrá que eso es lo que sucedió. Pero te equivocas si crees que no se enterará. Valentine siempre lo descubre todo.

—No sabes de lo que estás hablando —dijo Sebastian, pero su rostro se había crispado.

Jace siguió hablando, aprovechando su ventaja.

—No puedes ocultar lo que estás haciendo. Hay un testigo.

—¿Un testigo? —Sebastian casi se sorprendió, lo que para Jace representó algo parecido a una victoria—. ¿De qué hablas?

—El cuervo —respondió Jace—. Ha estado observando desde las sombras. Él se lo contará todo a Valentine.

—¿Hugo?

La mirada de Sebastian se alzó violentamente, y aunque al cuervo no se le veía por ninguna parte, el rostro del muchacho cuando volvió a bajar la vista hacia Jace estaba lleno de dudas.

—Si Valentine se entera de que me asesinaste mientras estaba atado e indefenso, se disgustará contigo —siguió Jace, y escuchó como su propia voz asumía las cadencias de la de su padre, el modo en que Valentine hablaba cuando quería algo: con voz queda y persuasiva—Te llamará cobarde. Jamás te perdonará.

Sebastian no dijo nada. Tenía la vista clavada en Jace; los labios le temblaban, y el odio hervía tras sus ojos igual que veneno.

—Desátame —le dijo Jace con una voz calmada—. Desátame y pelea conmigo. Es el único modo.

El labio de Sebastian volvió a crisparse, con fuerza, y en esta ocasión Jace pensó que había ido demasiado lejos. Sebastian retiró la espada y la alzó, y la luz de la luna estalló sobre ella en una milla de fragmentos plateados, plateados como las estrellas, plateados como el color de sus cabellos. Sonrió mostrando los dientes… y el aliento sibilante de la espada hendió la noche con un chillido mientras la hacía bajar dibujando un arco.

Clary estaba sentada en los peldaños del estrado del Salón de los Acuerdos, sujetando la estela en las manos. Jamás se había sentido tan sola. El Salón estaba totalmente vacío. Clary había buscado a Isabelle por todas partes una vez que los luchadores habían cruzado el Portal, pero no la había podido encontrar. Aline le había dicho que Isabelle probablemente había regresado a la casa de los Penhallow, donde Aline y unos pocos adolescentes más tenían que cuidar de al menos una docena de niños que no alcanzaban la edad de pelear. La joven había intentado conseguir que Clary fuese allí con ella, pero Clary había declinado el ofrecimiento. Si no podía encontrar a Isabelle, prefería estar sola. O eso había pensado. Pero, sentada allí, descubrió que el silencio y el vacío, se volvían cada vez más opresivos. Con todo, no se había movido. Ponía todo su empeño en no pensar en Jace, ni en Simon, en no pensar en su madre ni en Luke ni el Alec… y el único modo de no pensar, había descubierto, era permanecer inmóvil y clavar la vista en un único recuadro de mármol del suelo, contando las grietas que tenía, una y otra vez. Eran seis. «Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.» Terminó la cuenta y empezó otra vez, desde el principio. «Una…»

El cielo estalló sobre su cabeza.

O al menos así fue como sonó. Clary echó la cabeza atrás y miró con atención hacia arriba, a través del techo transparente del Salón. El cielo había estado negro un momento antes; ahora era una masa arremolinada de llamas y oscuridad, recorrida por una desagradable luz naranja. Se movían cosas en aquella luz: cosas repugnantes que ella no quería ver, cosas que le habían estar agradecida a las tinieblas por oscurecerle la imagen. La aislada visión fugaz ya fue bastante desagradable.

La claraboya transparente de lo alto se onduló y se dobló al paso de la hueste de demonios, como si la pandeara un calor tremendo. Por fin se oyó un sonido como de un disparo, y una grieta enorme apareció en el cristal, que se convirtió en una telaraña de incontables fisuras. Clary corrió a esconderse, cubriéndose la cabeza con las manos, mientras una lluvia de cristales caía a su alrededor igual que lágrimas.

Casi había llegado al campo de batalla cuando los alcanzó el sonido que desgarró la noche por la mitad. En un momento el bosque estaba tan silencioso como oscuro y al siguiente el cielo se iluminó con un infernal resplandor naranja. Simon dio un traspié y estuvo a punto de caer; se agarró al tronco de un árbol para no perder el equilibrio y alzó los ojos, apenas capaz de creer lo que veía. A su alrededor los otros vampiros tenían la mirada fija en el cielo, los rostros blancos igual que flores nocturnas, alzándose para captar la luz de la luna mientras una pesadilla tras otra cruzaba el cielo como una exhalación.

—No haces más que desmayarte —dijo Sebastian—. Resulta sumamente fastidioso.

Jace abrió los ojos. Sintió una punzada de dolor en la cabeza. Alzó la mano para tocarse el costado de la cara… y advirtió que ya no tenía las manos atadas a la espalda. Un pedazo de soga colgaba de la muñeca. La mano se apartó de la cara negra: sangre, oscura a la luz de la luna.

Miró a su alrededor. Ya no estaban en la cueva. Yacía sobre blanda tierra y hierba en el suelo del valle, no lejos de la casa de piedra. Podía oír el sonido del agua en el arroyo, a todas luces muy cerca. Nudosas ramas de árboles sobre su cabeza impedían el paso a parte de la luz de la luna, pero de todos modos había bastante iluminación.

—Levanta —dijo Sebastian—. Tienes cinco segundos antes de que te mate donde estás.

Jace se levantó tan despacio como consideró que podía sin que pareciera deliberado. Todavía estaba un poco aturdido. Intentando recuperar el equilibrio, clavó los tacones de las botas en la blanda tierra, procurando darse un poco de estabilidad.

—¿Por qué me has traído aquí fuera?

—Por dos motivos —respondió el otro—. Uno, porque me ha divertido dejarte sin sentido. Dos, porque no sería bueno para ninguno de nosotros que cayera sangre en el suelo de esa caverna. Confía en mí. Y tengo intención de derramar gran cantidad de tu sangre.

Jace se palpó el cinturón, y se le cayó el alma a los pies. O bien se había caído gran parte de las armas mientras Sebastian lo arrastraba por los túneles, o, lo que era más probable, Sebastian las había tirado. Todo lo que le quedaba era una daga. Era un cuchillo corto…, demasiado corto, que no era rival para la espada.

—Eso no es gran cosa como arma. —Sebastian sonrió burlón, blanco bajo la oscuridad iluminada por la luna.

—No puedo pelear con esto —dijo Jace, intentando sonar tan trémulo y nervioso como pudo.