Sabía fatal.
Cuando el cristal dejó de caer, quedó un agujero en el techo de varios metros de anchura, como si hubiese caído un meteorito por él. Penetró aire frío por la abertura. Tiritando, Clary se puso en pie y se sacudió el polvo de cristal de las ropas.
La luz mágica que había iluminado el Salón había quedado apagada: en aquellos momentos el interior resultaba lóbrego, lleno de sombras y polvo. La tenue iluminación del Portal que se desvanecía en la plaza era apenas visible, brillando a través de las puertas abiertas de la entrada.
Probablemente ya no era seguro para ella permanecer allí dentro, se dijo. Lo mejor sería ir a casa de los Penhallow y unirse a Aline. Había cruzado casi la mitad del Salón cuando sonaron pisadas en el suelo de mármol. Su corazón latía violentamente; volvió la cabeza y vio a Malachi, una sombra larga y delgada en la penumbra, que avanzaba a grandes zancadas hacia el estrado. Pero, ¿qué hacía él todavía allí? ¿No debería de estar con el resto de los cazadores de sombras en el campo de batalla?
A medida que el hombre se acercaba más al estrado, ella advirtió algo que hizo que se llevara una mano a la boca, sofocando un grito de sorpresa. Había una oscura figura encorvada posada en el hombro de Malachi. Un pájaro. Un cuerpo, para ser exactos.
Hugo.
Clary corrió a acurrucarse tras un pilar mientras Malachi subía los peldaños del estrado. Había algo inconfundiblemente furtivo en el modo en que éste echaba miradas fugaces a un lado y a otro. Aparentemente satisfecho de que no le observaran, extrajo algo pequeño y reluciente del bolsillo y se lo colocó en el dedo. ¿Un anillo? Alargó la otra mano para darle vueltas, y Clary recordó a Hodge en la biblioteca del Instituto, tomando el anillo de la mano de Jace…
El aire frente a Malachi rieló tenuemente, como con calor. Una voz habló desde él, una voz familiar, fría y culta, teñida ahora con apenas un levísimo tono de fastidio.
—¿Qué sucede, Malachi? No estoy de humor para charlas justo ahora.
—Mi señor Valentine —dijo Malachi; su acostumbrada hostilidad había sido reemplazada por un obsequioso servilismo—. Hugo me ha visitado hace un instante, trayendo noticias. He supuesto que ya habíais llegado hasta el Espejo, y que por lo tanto me ha buscado a mí en lugar de acudir a vos. He pensado que podríais querer conocerlas.
—Muy bien. —El tono de Valentine era seco—. ¿Qué noticias?
—Es vuestro hijo, señor. Vuestro otro hijo. Hugo le ha seguido la pista hasta el valle de la cueva. Incluso podría haberos seguido a través de los túneles que llevan al lago.
Clary se aferró al pilar con los dedos blancos por la tensión. Hablaban de Jace.
Valentine lanzó un gruñido.
—¿Se ha encontrado con Jonathan?
—Hugo dice que los ha dejado a ambos peleando.
Clary sintió que el estómago le daba un vuelco. ¿Jace peleando con Sebastian? Pensó en el modo en que Sebastian había alzado a Jace en el Gard y lo había lanzado por los aires, como si no pesara nada. Una oleada de pánico la inundó, tan intensa que por un momento los oídos le zumbaron. Para cuando volvió a tener enfocada la habitación, ya se había perdido lo que fuese que Valentine le había dicho a Malachi en respuesta.
—Los que me preocupan son aquellos que son lo bastante mayores como para recibir las Marcas pero no lo suficiente como para pelear —decía Malachi en aquellos instantes—. Ellos no han votado en la decisión del Consejo. Parece injusto castigarles del mismo modo en que deben ser castigados aquellos que están peleando.
—Ya lo he considerado. —La voz de Valentine era un retumbo grave—. Debido a que a los adolescentes se les ponen Marcas más tenues, éstos tardan más en convertirse en repudiados. Varios días, al menos. Creo que podría ser perfectamente reversible.
—Mientras que aquellos de nosotros que hemos bebido de las Copa Mortal no nos veremos afectados en ningún modo, ¿verdad?
—Estoy ocupado, Malachi —dijo Valentine—. Te he dicho que estarás a salvo. Me va la vida en esto. Ten un poco de fe.
Malachi inclinó la cabeza.
—Tengo gran fe, mi señor. La he mantenido durante muchos años, en silencio, sirviéndoos siempre.
—Y serás recompensado —repuso Valentine.
Malachi alzó los ojos.
—Mi señor…
Pero el aire había dejado de rielar. Valentine se había ido. Malachi frunció el ceño, luego descendió, decidido, los peldaños del estrado y se marchó en dirección a las puertas principales. Clary se encogió tras el pilar, confiando desesperadamente en que no la viese. El corazón le latía con violencia. ¿Qué había sido todo aquello? ¿Qué significaban sus palabras sobre repudiados? La respuesta brilló trémula en un rincón de su mente, pero parecía demasiado horrible para considerarla. Ni siquiera Valentine haría…
Algo voló hacia su rostro, algo oscuro que giraba veloz. Apenas tuvo tiempo de alzar los brazos para cubrirse los ojos cuando algo le acuchilló el dorso de la mano. Oyó un feroz graznido, y el batir de alas sobre las muñecas alzadas.
—¡Hugo! ¡Es suficiente! —Era la aguda voz de Malachi—. ¡Hugo!
Hubo otro graznido y un golpe sordo, y luego silencio. Clary bajó los brazos y vio al cuervo que yacía inmóvil a los pies del Cónsul… aturdido o muerto, no lo sabía. Con un graznido furioso, Malachi pateó salvajemente al cuerpo para apartarlo de su camino y avanzó majestuoso hacia Clary, con mirada iracunda. La sujetó por una muñeca ensangrentada y la incorporó violentamente.
—Chica estúpida —dijo—. ¿Cuánto tiempo has estado ahí escuchando?
—El tiempo suficiente para saber que perteneces al Círculo —escupió ella, retorciendo la muñeca que él sujetaba con firmeza—. Estás del lado de Valentine.
—Sólo existe un lado. —La voz del hombre fue un siseo—. La Clave es estúpida, está mal aconsejada, les hace el juego a semihombres y monstruos. Todo lo que quiero es hacerla pura, devolverla a su antigua gloria. Un objetivo que uno podría pensar que contaría con la aprobación de todo cazador de sombras, pero no… escuchan a idiotas y a gente que ama a demonios, como tú y Lucian Graymark. Y ahora habéis enviado a la flor de los nefilim a morir en esta batalla ridícula… Un gesto vacío que no conseguirá nada. Valentine ha iniciado ya el ritual; pronto el Ángel se alzará, y los nefilim se convertirán en repudiados. Todos salvo los pocos que están bajo la protección de Valentine…
—¡Eso es asesinato! ¡Está asesinando a cazadores de sombras!
—No es asesinato —dijo el Cónsul, y su voz sonó llena de fanática pasión—. Es depuración. Valentine creará un mundo nuevo de cazadores de sombras, un mundo al que se habrá librado de la debilidad y la corrupción.
—La debilidad y la corrupción no forman parte del mundo —le replicó Clary con brusquedad—. Están en la gente. Y siempre lo estarán. El mundo necesita gente buena para mantener el equilibrio. Y estáis planeando matarlos.
Él la miró por un momento con franca sorpresa, como si le dejara estupefacto la fuerza de su tono.
—Hermosas palabras para una chica capaz de traicionar a su propio padre. —Malachi la atrajo violentamente hacia él, tirando con brutalidad de la sangrante muñeca—. Quizás deberíamos comprobar cuánto le importaría a Valentine si te enseñara…
Pero Clary jamás descubrió qué quería enseñarle. Una forma oscura se colocó como una exhalación entre ellos… con las alas desplegadas y las zarpas extendidas.
El cuervo alcanzó a Malachi con la punta de una garra, abriéndole un sangriento surco en la cara. Con un alarido, el Cónsul soltó a Clary, y alzó los brazos, pero Hugo había vuelto a girar y lo acuchillaba brutalmente con pico y garras. Malachi se tambaleó hacia atrás, agitando los brazos en el aire, hasta que se golpeó contra el borde de un banco con fuerza. Éste se volcó con un gran estrépito; perdió el equilibrio, el hombre cayó cuan largo era tras él con un grito estrangulado… que se interrumpió rápidamente.