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Alec se detuvo en medio de la calzada tan inopinadamente que Simon casi chocó contra él.

—No —dijo—, pero, aparentemente, todos los demás lo saben.

—Excepto Jace —replicó Simon—. Él no lo sabe, ¿verdad?

Alec inspiró profundamente. Estaba pálido, se dijo Simon, aunque quizá sólo fuera la luz de la luna, que le desvanecía el color a todo. Los ojos parecieron negros en la oscuridad.

—En realidad no es asunto tuyo. A menos que estés intentando amenazarme.

—¿Intentar amenazarte? —Simon se quedó desconcertado—. No estoy…

—Entonces ¿por qué? —dijo Alec, y de improviso había una repentina y agua vulnerabilidad en su voz que desconcertó a Simon—. ¿Por qué mencionarlo?

—Porque pareces odiarme la mayor parte del tiempo —respondió Simon—. No me lo tomo de un modo tan personal, pero lo cierto es que te salvé la vida. Das la impresión de odiar a todo el mundo. Y además, no tenemos prácticamente nada en común. Pero te veo mirando a Jace, y me veo a mí mirando a Clary, e imagino… que quizá sí tenemos algo en común. Y a lo mejor eso podría hacer que yo te desagradara un poco menos.

—¿Así que no se lo vas a contar a Jace? —dijo Alec—. Quiero decir… le contaste a Clary lo que sentías, y…

—Y no fue la mejor de la ideas —respondió Simon—. Ahora me pregunto todo el tiempo cómo volver atrás después de algo así. Si podremos volver a ser amigos alguna vez, o si lo que teníamos se ha roto en mil pedazos. No por culpa suya, sino mía. A lo mejor si encontrase a otra persona…

—Otra persona —repitió Alec, que había empezado a andar otra vez, muy de prisa, con la vista fija en la calzada ante él.

Simon apresuró el paso para mantenerse a su altura.

—Ya sabes a lo que me refiero. Por ejemplo, creo que a Magnus Bane le gustas de verdad. Y es un tipo fabuloso. Da unas fiestas estupendas, por lo menos. Incluyo aunque yo acabara convertido en rata aquella vez.

—Gracias por el consejo. —La voz de Alec era seca—. Pero no creo que le guste tanto. Apenas me habló cuando vino a abrir el Portal al Instituto.

—Quizás deberías llamarle —sugirió Simon, intentando no pensar demasiado en lo extraño que resultaba aconsejar a un cazador de demonios sobre la posibilidad de salir con un brujo.

—No puedo —dijo Alec—. No hay teléfonos en Idris. Aunque no importa, de todos modos. —Su tono era brusco—. Ya estamos. Esto es el Gard.

Un muro alto se alzaba frente a ellos, con un par de enormes portones. Tallados con los arremolinados dibujos angulosos de runas, y aunque Simon no podía descifrarlos como Clary, había algo deslumbrante en su complejidad y en la sensación de poder que emanaba de ellos. Las puertas estaban custodiadas por estatuas de ángeles a ambos lados, los rostros fieros y hermosos. Cada uno sostenía una espada tallada en la mano, y una criatura que se retorcía —una mezcla de rata, murciélago y lagarto, con repugnantes dientes puntiagudos—yacía agonizante a sus pies. Simon se las quedó mirando durante un buen rato. Demonios, imaginó… aunque podían muy bien ser vampiros.

Alec abrió la puerta de un empujón e hizo una señal a Simon para que la cruzara. Una vez dentro, éste pestañeó mirando a su alrededor desconcertado. Desde que se había convertido en vampiro, su visión nocturna se había agudizado hasta adquirir una claridad parecida al láser, pero las docenas de antorchas que bordeaban el sendero que conducía a las puertas del Gard estaban hechas de luz mágica, y el crudo resplandor blanco parecía eliminarle el detalle a todo. Era vagamente consciente de que Alec le guiaba hacia delante por un estrecho sendero de piedra que brillaba con iluminación reflectante; había alguien de pie en el sendero frente a él, cerrándole el paso con un brazo alzado.

—¿Así que este es el vampiro?

La voz que habló era lo bastante profunda para ser casi un gruñido. Simon alzó la vista pese a que la luz le escocía en los ojos como si le quemase; se habría llenado de lágrimas si todavía hubiese sido capaz de llorar. «La luz mágica —pensó—, luz de ángel, me quema. Supongo que no es ninguna sorpresa.»

El hombre que estaba de pie ante ellos era muy alto, y tenía una piel cetrina tensada sobre unos prominentes pómulos. Bajo un pelo negro muy corto, la frente era amplia, la nariz aguileña y romana. Su expresión mientras bajaba la mirada hacia Simon era la de un usuario del metro que contempla una rata enorme que corre de un lado a otro por las vías, medio esperando que llegue el tren y la aplaste.

—Éste es Simon —dijo Alec, con cierto aire vacilante—. Simon, éste es el Cónsul Malachi Dieudonné. ¿Está listo el Portal, señor?

—Sí —respondió Malachi; su voz era áspera y mostraba un leve acento—. Todo está listo. Vamos, subterráneo. —Hizo una seña a Simon—. Cuanto antes termine esto, mejor.

Simon hizo intención de ir hacia el oficial jefe, pero Alec le detuvo posando una mano sobre su brazo.

—Sólo un momento —dijo, dirigiéndose al Cónsul—. ¿Se le enviará directamente a Manhattan? ¿Y habrá alguien esperándole allí al otro lado?

—Por supuesto —respondió Malachi—. El bujo Magnus Bane. Puesto que imprudentemente fue quien permitió que el vampiro entrara en Idris, se ha hecho responsable de su regreso.

—Si Magnus no le hubiese dejado que cruzara el Portal, Simon habría muerto —replicó Alec, con cierta acritud.

—Quizá —dijo Malachi —.Eso es lo que tus padres dicen, y la Clave ha elegido creerles. En contra de mi consejo, de hecho. Con todo, uno no trae subterráneos a la Ciudad de Cristal a la ligera.

—No fue a propósito. —La ira invadió el pecho de Simon—. Nos atacaban…

Malachi volvió la mirada hacia Simon.

—Hablarás cuando se te hable, subterráneo, no antes.

La mano de Alec se cerró con más fuerza sobre el brazo de Simon. Había una expresión en su rostro… entre vacilante y suspicaz, como si dudara de lo acertado de conducir a Simon allí después de todo.

—¡Pero bueno, Cónsul, por favor!

La voz que sonó a través del patio era aguda, ligeramente entrecortada; Simon comprobó con cierta sorpresa que pertenecía a un hombre… un hombre menudo y regordete que avanzaba apresuradamente por el sendero hacia ellos. Llevaba una holgada capa gris sobre la indumentaria de cazador de sombras, y su cabeza calva relucía bajo la luz mágica.

—No hay necesidad de alarmar a nuestro invitado.

—¿Invitado? —Malachi parecía indignado.

El hombrecillo se detuvo ante Alec y Simon y le sonrió radiante.

—Nos alegramos tanto… nos sentimos complacidos en realidad… de que decidieses cooperar con nuestra petición de que regresaras a Nueva York. Lo hace todo mucho más fácil.

Guiñó un ojo a Simon, que le devolvió la mirada confuso. No creía haber conocido jamás a un cazador de sombras que pareciese complacido de verle; ni cuando era mundano, ni definitivamente ahora que era un vampiro.

—¡Ah, casi lo olvidaba! —El hombrecillo se dio una palmada en la frente, compungido—. Debería haberme presentado. Soy el Inquisidor… el nuevo Inquisidor. Inquisidor Aldertree es mi nombre.

Aldertree le tendió la mano a Simon y, en medio de la confusión, Simon la tomó.

—Y tú. ¿Tu nombre es Simon?

—Sí —dijo Simon, retirado la mano tan pronto como pudo pues el apretón de Aldertree era desagradablemente húmero y sudoroso—. No hay necesidad de agradecerme nada. Todo lo que quiero es ir a casa.

—¡Estoy seguro de ello, estoy seguro de ello!

Aunque el tono de Aldertree era jovial, algo pasó raudo por su rostro mientras hablaba…, una expresión que Simon no consiguió definir. Desapareció al instante, mientras Aldertree sonreía e indicaba en dirección a un sendero estrecho que zigzagueaba junto al Gard.

—Por aquí, Simon, si eres tan amable.

Simon avanzó, y Alec hizo intención de seguirle. El Inquisidor alzó una mano.

—Eso es todo, Alexander. Gracias por tu ayuda.

—Pero Simon… —empezó Alec.