—Estará perfectamente —le aseguró el Inquisidor—. Malachi. Por favor, acompaña a Alexander afuera. Y dale una piedra runa de luz mágica para que le ayude a regresar a casa si no ha traído ninguna. El sendero puede ser traicionero por la noche.
Y con la sonrisa beatífica, se llevó a toda prisa a Simon, mientras Alec los seguía fijamente con la mirada.
El mundo llameó alrededor de Clary en una masa borrosa casi tangible mientras Luke cruzaba con ella el umbral de la casa y recorrían un largo pasillo, precedidos de Amatis, que avanzaba presurosa con su luz mágica. Delirando, la muchacha miró con ojos desorbitados cómo el corredor se desplegaba ante ella, alargándose más y más como un pasillo en una pesadilla.
El mundo se tumbó de lado. De improviso descansaba sobre una superficie fría, y unas manos alisaban una manta sobre ella. Unos ojos azules la contemplaron.
—Parece muy enferma, Lucian —dijo Amatis, en una voz que sonaba deformada y distorsionada como un disco antiguo—. ¿Qué le ha sucedido?
—Se bebió aproximadamente la mitad del lago Lyn.
El sonido de la luz de Luke se desvaneció, y por un momento la visión de Clary se despejó: yacía sobre el frío suelo de baldosas de una cocina, y en algún lugar por encima de su cabeza Luke rebuscaba en un armarito. La cocina tenía paredes amarillas desconchadas y una anticuada cocina negra de hierro colado contra una pared; brincaban llamas tras las rejillas de la cocina que le hirieron los ojos.
—Anis, belladona, eléboro… —Luke se apartó del armarito con los brazos llenos de botes de cristal—. ¿Puedes hervir todo esto junto, Amatis? Voy a acercarla a los fogones. Está tiritando.
Clary intentó hablar, decir que no necesitaba que le diesen calor, que estaba ardiendo, pero los sonidos que brotaron de su boca no fueron los que quería. Se oyó a sí misma gimotear mientras Luke la alzaba, y a continuación sintió calor que derretía su costado izquierdo; ni siquiera se había dado cuenta de que estaba helada. Los dientes la castañetearon violentamente, y notó el sabor de la sangre en la boca. El mundo empezó a temblar a su alrededor como agua agitada en un vaso.
—¿El lago de los Sueños?
La voz de Amatis estaba llena de incredulidad. Clary no podía verla claramente, pero parecía estar de pie cerca de los fogones, con una cuchara de madera de mango largo en la mano.
—¿Qué estabais haciendo allí? ¿Sabe Jocelyn dónde…?
Y el mundo desapareció, o al menos el mundo real, la cocina con las paredes amarillas y el reconfortante fuego tras la rejilla. En su lugar vio las aguas del lago Lyn, con fuego reflejado en ellas como si lo hiciera en la superficie de un trozo de cristal pulido. Andaban ángeles por el cristal…, ángeles con alas blancas que colgaban ensangrentadas y rotas de sus espaldas, y cada uno de ellos tenía un rostro de Jace. Y luego había otros ángeles, con alas de negras sombras, que acercaban las manos al fuego y reían…
—No deja de llamar a su hermano. —La voz de Amatis sonó hueca, como filtrándose hacia abajo desde una altura imposible—. Está con los Lightwood, ¿verdad? Se alojan con los Penhallow en la calle Princewater. Podría…
—No —dijo Luke, tajante—. No. Es mejor que Jace no lo sepa.
«¿He llamado a Jace? ¿Por qué tendría que hacerlo?», se preguntó Clary, pero el pensamiento duró poco; la oscuridad regresó, y las alucinaciones volvieron a apropiarse de ella. En esta ocasión soñó con Alec e Isabelle; ambos parecían haber librado una batalla feroz, y sus rostros estaban surcados de mugre y lágrimas. Entonces desaparecieron, y soñó con un hombre sin rostro con alas negras que le brotaban de la espalda como las de un murciélago. Fluía sangre de su boca cuando sonreía. Rezando para que las visiones desaparecieran, Clary cerró los ojos con fuerza…
Pasó mucho tiempo antes de que emergiera de nuevo el sonido de las voces de su alrededor.
—Bebe esto —le dijo Luke—. Clary, tienes que beber esto. —Y a continuación sintió unas manos en la espalda y le vertieron líquido en la boca desde un trapo empapado.
Sabía amargo y horrible y se atragantó y medio asfixió con él, pero las manos que sujetaban su espalda eran firmes. Tragó, pese al dolor de la inflamada garganta.
—Eso es —dijo Luke—. Eso es, esto debería hacerte sentir mejor.
Clary abrió los ojos despacio. Arrodillados junto a ella estaban Luke y Amatis, cuyos ojos, de un azul casi idéntico a los del hombre lobo mostraban una preocupación equiparable. Echó una ojeada detrás de ellos y no vio nada; ni ángeles ni demonios con alas de murciélago, únicamente paredes amarillas y una tetera de color rosa pálido en precario equilibrio sobre un alféizar.
—¿Voy a morir? —musitó.
Luke sonrió con expresión macilenta.
—No; tardarás un poco en volver a estar en forma, pero… sobrevivirás.
—Vale.
Estaba demasiado agotada para sentir cualquier cosa, aunque fue un alivio. Parecía como si le hubiesen extraído los huesos y le hubiesen dejado sólo un traje flácido de piel. Mirando arriba somnolienta por entre las pestañas, dijo, casi sin pensar.
—Tus ojos son iguales.
Luke pestañeó.
—¿Iguales a qué?
—A los de ella —respondió Clary, dirigiendo la adormilada mirada a Amatis, que parecía perpleja—. El mismo azul.
Una leve sonrisa asomó al rostro de Luke.
—Bueno, no es tan sorprendente, si lo piensas —dijo—. No tuve oportunidad de presentarte adecuadamente antes. Clary, ésta es Amatis Herondale. Mi hermana.
El Inquisidor calló en cuanto Alec y el oficial en jefe ya no pudieron oírlos. Simon les siguió por un estrecho sendero iluminado con luz mágica, intentando no bizquear debido a la luz. Era consciente de la presencia del gard izándose a su alrededor como el costado de un barco alzándose del océano; brillaban luces en las ventanas que teñían el cielo con una luz plateada. También había ventanas bajas, colocadas a nivel del suelo. Algunas tenían barrotes, y no había más que oscuridad dentro.
Por fin llegaron a una puerta de madera colocada en una arcada de un costado del edificio. Aldertree se acercó para soltar el cerrojo, y a Simon se le hizo un nudo en el estómago. La gente, como advertía desde que se había convertido en vampiro, emanaba un aroma que cambiaba según el estado de ánimo. El Inquisidor apestaba a algo amargo y fuerte como café, pero mucho más desagradable. Simon sintió el escozor en la barbilla que indicaba que los colmillos deseaban salir, y retrocedió ante el Inquisidor cuando éste cruzó la puerta.
El pasillo del otro lado era largo y blanco, casi como un túnel, como si hubiese sido excavado en roca blanca. El Inquisidor lo recorrió con paso rápido, su luz mágica rebotando resplandeciente en las paredes. Para ser un hombre de piernas tan cortas se movía con extraordinaria rapidez, girando la cabeza de lado a lado al andar, mientras la nariz se arrugaba como si olfateara el aire. Simon tuvo que acelerar para mantenerse a su altura cuando pasaron ante un conjunto de enormes puertas dobles, abiertas de par en par como alas. En la habitación situada al otro lado, Simon pudo ver un anfiteatro con una hilera tras otra de sillas en él, cada una ocupada por un cazador de sombras vestido de negro. Resonaban voces en las paredes, muchas de ellas elevadas en tono colérico, y Simon captó retazos de la conversación al pasar, aunque las palabras se volvían confusas a medida que los oradores se solapaban unos con otros.
—Pero no tenemos pruebas de lo que Valentine quiere. No le ha comunicado sus deseos a nadie…
—¿Qué importa lo que quiera? Es un renegado y un mentiroso; ¿realmente crees que cualquier intento de apaciguarle nos acabaría beneficiando?
—¿Sabéis que una patrulla encontró el cuerpo sin vida de una cría de hombre lobo en las afueras de Brocelind? Sin una gota de sangre. Parece ser que Valentine completó el Ritual aquí en Idris.
—Con dos Instrumentos Mortales en su posesión, es más poderoso de lo que cualquier nefilim por sí solo tiene derecho a ser. Puede que no tengamos elección…