Выбрать главу

—¡Mi primo murió en ese barco en Nueva York! ¡Ni hablar de dejar que Valentine se quede tan fresco después de lo que ya ha hecho! ¡Debe haber castigo!

Simon vaciló, curioso por oír más, pero el Inquisidor zumbaba a su alrededor como una abeja gorda e irritante.

—Vamos, vamos —dijo, balanceando la luz mágica ante él—. No tenemos mucho tiempo que perder. Debería regresar a la reunión antes de que finalice.

De mala gana, Simon permitió que el Inquisidor le empujara pasillo adelante, con la palabra «castigo» resonándole en los oídos. El recordatorio de aquella noche en el barco resultaba gélido y desagradable. Cuando llegaron a una puerta tallada con una única y escueta runa negra, el Inquisidor sacó una llave y la abrió, haciendo pasar a Simon al interior con un amplio gesto de bienvenida.

La habitación del otro lado estaba vacía, decorada con un único tapiz que mostraba a un ángel emergiendo de un lago, sujetando una espada en una mano y una copa en la otra. El hecho de haber visto tanto la Copa como la Espada antes distrajo por un momento a Simon. Hasta que no oyó el chasquido de un cerrojo al cerrarse no reparó en que el Inquisidor había echado el pestillo a la puerta tras él, encerrándolos a ambos dentro.

Simon paseó la mirada a su alrededor. No había mobiliario en la habitación aparte de un banco con una mesa baja junto a él. Una decorativa campana de plata descansaba sobre la mesa.

—El Portal… ¿está aquí? —preguntó con aire vacilante.

—Simon, Simon. —Aldertree se frotó las manos como anticipando una fiesta de cumpleaños u otro acontecimiento jubiloso—. ¿Realmente tienes tanta prisa por irte? Hay unas cuantas preguntas que esperaba hacerte primero…

—De acuerdo. —Simon se encogió de hombros, incómodo—. Pregunte lo que quiera, supongo.

—¡Qué cooperador eres! ¡Qué encantador! —Aldertree sonrió radiante—. Veamos, ¿cuánto hace exactamente que eres vampiro?

—Unas dos semanas.

—¿Y cómo sucedió? ¿Te atacaron en la calle, o tal vez en tu cama durante la noche? ¿Sabes quién te convirtió?

—Bueno…, no exactamente.

—Pero ¡muchacho! ¿Cómo no puedes saber algo como eso?

Su mirada fue franca y curiosa. Parecía tan inofensivo, se dijo Simon. Como el abuelo o el tío divertido de alguien. Simon debía de haber estado imaginando aquel olor curioso.

—En realidad no fue tan simple —dijo, y pasó a explicar sus dos viajes al Dumort, uno bajo la forma de una rata y el otro bajo una compulsión tan fuerte que era como si unas tenazas gigantes lo tuvieran aferrado y lo condujeran directamente a donde querían que fuese—. Y entonces —finalizó—, en cuanto entré por la puerta del hotel, me atacaron; no sé cuál de ellos fue el que me convirtió, o si fueron todos ellos de algún modo.

El Inquisidor rió divertido.

—Vaya, vaya. Eso no es nada bueno. Eso es muy perturbador.

—Eso es lo que pensé yo —convino Simon.

—A la Clave no le gustará.

—¿Qué? —Simon se sintió perplejo—. ¿Qué le importa a la Clave el modo en que me convertí en vampiro?

—Bueno, una cosa sería que te hubiesen atacado —dijo Aldertree a modo de excusa—. Pero tú fuiste allí y, bueno, te entregaste a los vampiros, ¿comprendes? Parece que quisieras ser uno de ellos.

—¡Yo no quería ser uno de ellos! ¡No fui al hotel por eso!

—Claro, claro. —La voz de Aldertree era tranquilizadora—. Pasemos a otro tema, ¿te parece? —Sin aguardar una respuesta, prosiguió—: ¿Cómo es que los vampiros te permitieron sobrevivir para volver a alzarte, joven Simon? Considerando que entraste sin autorización en su territorio, su procedimiento normal habría sido alimentarse de ti hasta que murieses, y luego quemar tu cuerpo para impedir que te alzases.

Simon abrió la boca para contestar, para contar al Inquisidor cómo Raphael lo había llevado al Instituto, y cómo Clary, Jace e Isabelle lo habían trasladado al cementerio y habían velado por él mientras se desenterraba de su propia sepultura. Luego vaciló. Tenía sólo una vaga idea sobre el modo en que funcionaba la Ley, pero de algún modo dudaba que fuese un procedimiento reglamentario cuidar de vampiros mientras se alzaban de su tumba, o proporcionarles sangre para su primera comida.

—No lo sé —dijo—. No tengo ni idea de por qué me convirtieron en lugar de matarme.

—Pero uno de ellos tuvo que dejarte beber su sangre, o no serías… bueno, lo que eres hoy. ¿Me estás diciendo que no sabes quién fue tu progenitor vampiro?

«¿Mi progenitor vampiro?» Simon jamás lo había considerado de aquel modo; la sangre de Raphael había ido a parar a su boca casi por accidente. Y era difícil pensar en el joven vampiro como un progenitor de cualquier clase. Raphael parecía más joven que Simon.

—Me temo que no.

—Cielo. —El Inquisidor lanzó un suspiro—. Es de lo más desafortunado.

—¿Qué es desafortunado?

—Que me mientras, muchacho. —Aldertree sacudió la cabeza—. Y yo que esperaba que cooperarías. Esto es terrible, simplemente terrible. ¿No te plantearías contarme la verdad? ¿Cómo un favor?

—¡Estoy diciendo la verdad!

El Inquisidor se encorvó igual que una flor sin agua.

—Es una lástima. —Volvió a suspirar—. Una lástima.

Cruzó la habitación y golpeó vivamente con los nudillos en la puerta, meneando todavía la cabeza.

—¿Qué sucede? —La voz de Simon se tiñó de alarma y confusión—. ¿Qué pasa con el Portal?

—¿El Portal? —Aldertree emitió una risita tonta—. No creerías en serio que iba a dejarte marchar así como así, ¿verdad?

Antes de que Simon pudiera responder, la puerta se abrió de golpe y cazadores de sombras vestidos de negro entraron en tropel en la estancia, agarrándolo. Él forcejeó mientras fuertes manos se cerraban alrededor de sus brazos. Le colocaron una capucha en la cabeza, cegándole, y él pateó en la oscuridad; su pie alcanzó a alguien y escuchó una palabrota.

Tiraron violentamente de él hacia atrás; una voz airada le masculló al oído.

—Vuelve a hacer eso, vampiro, y derramaré agua bendita en tu garganta y contemplaré cómo mueres vomitando sangre.

—¡Es suficiente! —La fina voz preocupada del Inquisidor se elevó como un globo—. ¡No habrá más amenazas! Sólo intento dar una lección a nuestro invitado. —Debía de haberse adelantado, porque Simon volvió a oler aquel aroma extraño y amargo, amortiguado bajo la capucha—. Simon, Simon —dijo Aldertree—. Realmente me ha gustado mucho conocerte. Espero que una noche en las celdas del Gard tenga el efecto deseado y por la mañana te muestres un poco más cooperador. Todavía veo un futuro brillante para nosotros cuando hayamos superado este pequeño tropiezo. —La mano descendió sobre el hombro de Simon—. Llevadle abajo, nefilim.

Simon chilló con todas sus fuerzas, pero los gritos fueron amortiguados por la capucha. Los cazadores de sombras lo arrastraron fuera de la habitación y le hicieron recorrer lo que le pareció una interminable serie de pasillos laberínticos, que serpenteaban y giraban. Finalmente, alcanzaron una escalera y le hicieron bajar por ella a empujones, mientras sus pies resbalaban en los peldaños. Era incapaz de saber dónde estaban… salvo que había un olor bochornoso y siniestro alrededor de ellos, como a piedra húmeda, y que el aire se tornaba más húmedo y frío a medida que descendían.

Por fin se detuvieron. Se oyó un sonido chirriante, como de hierro arrastrado sobre piedra, y Simon fue arrojado adentro y cayó sobre manos y rodillas en el duro suelo. Se oyó un sonoro chasquido metálico, como el de una puerta cerrándose de golpe, y luego se oyó el sonido de pasos que se alejaban, el eco de botas sobre piedra tornándose más débil mientras Simon se incorporaba tambaleante. Se arrancó la capucha de la cabeza y la arrojó al suelo. La sensación pesada, ardiente y sofocante que le rodeaba el rostro desapareció y contuvo el aliento de dar boqueadas… Él no necesitaba respirar. Sabía que no era más que un acto reflejo, pero el pecho le dolía como si realmente le hubiese faltado el aire.