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—Eso tiene sentido —repuso Amatis—. Tú te pareces a tu madre, y tu madre te crió, pero tu hermano… —Ladeó la cabeza—. ¿Se parece tanto a Valentine como te pareces tú a tu madre?

—No —dijo Clary—; Jace sólo se parece a sí mismo. —Un escalofrío la recorrió al pensar en Jace—. Está aquí en Alacante —dijo pensando en voz alta—. Si pudiera verle…

—No. —Amatis habló con aspereza—. No puedes abandonar la casa. Ni ver a nadie. Y menos a tu hermano.

—¿No puedo abandonar la casa? —Clary estaba horrorizada—. ¿Quieres decir que estoy confinada aquí? ¿Cómo una prisionera?

—Es sólo durante un día o dos —le reprendió Amatis—, y además, no estás bien. Necesitas recuperarte. El agua del lago casi te mató.

—Pero Jace…

—Es uno de los Lightwood. No puedes ir allí. En cuanto te vean contarán a la Clave que estás aquí. Y entonces no serás la única que tenga problemas con la Ley. Luke también los tendrá.

«Pero los Lightwood no me traicionarían a la Clave. Ellos no harían eso…»

Las palabras se ahogaron en sus labios. No había modo de convencer a Amatis de que los Lightwood que ella había conocido hacía quince años ya no existían, que Robert y Maryse ya no eran fanáticos ciegamente leales. Aquella mujer podía ser la hermana de Luke, pero seguía siendo una desconocida para Clary. Era casi una desconocida para Luke. Él no la había visto en dieciséis años; jamás había mencionado siquiera su existencia. Clary se recostó en los almohadones, fingiendo cansancio.

—Tienes razón —dijo—, no me siento bien. Creo que será mejor que duerma.

—Buena idea. —Amatis se inclinó sobre ella y le quitó el tazón vacío de la mano—. Si quieres darte una ducha, el baño está al otro lado del pasillo. Y hay un baúl con mis viejas ropas a los pies de la cama. Parece que tienes aproximadamente la misma talla que yo tenía a tu edad, de modo que podrían irte bien. A diferencia de ese pijama —añadió, y sonrió con una sonrisa débil que Clary no le devolvió, pues estaba demasiado ocupada conteniendo el impulso de golpear el colchón con los puños, llena de contrariedad.

En cuanto la puerta se cerró detrás de Amatis, Clary abandonó precipitadamente la cama y se dirigió al cuarto de baño, esperando que al agua caliente la ayudase a que se le despejara la cabeza. Con gran alivio por su parte, no obstante lo anticuados que eran, los cazadores de sombras parecían creer en las instalaciones de agua modernas y en el agua corriente caliente y fría. Incluso había jabón con un fuerte aroma cítrico que le permitió eliminar el persistente olor del lago Lyn de sus cabellos. Cuando emergió, envuelta en dos toallas, se sentía mucho mejor.

En el dormitorio hurgó en el baúl de Amatis. La ropa estaba guardada pulcramente entre capas de crujiente papel. Encontró lo que parecía ropa escolar; jerséis de lana merina con una insignia que simulaba cuatro «C» espalda contra espalda cosidas sobre el bolsillo superior, faldas plisadas y camisas abotonadas de arriba abajo con puños estrechos. Había un vestido blanco envuelto en capas de papel de seda: un vestido de novia, pensó Clary, y lo depositó a un lado con cuidado. Debajo había otro vestido, éste confeccionado en seda plateada, con finos tirantes adornados con joyas que sostenían el sutil peso. Clary no consiguió imaginarse a Amatis con aquello, pero… «Ésta es la clase de ropa que mi madre podría haber llevado cuando iba a bailar con Valentine», pensó sin poder evitarlo, y dejó que el vestido volviera a resbalar al interior del baúl, acariciando sus dedos con su textura suave y fría.

Por último, encontró el equipo de cazador de sombras, empaquetado justo al fondo.

Clary extrajo aquellas prendas y las extendió llena de curiosidad sobre el regazo. La primera vez que había visto a Jace y a los Lightwood, llevaban puesto su equipo de combate: ajustados cuerpos y pantalones de material resistente y oscuro. Al verlo de cerca advirtió que el material no era elástico sino firme, un cuero fino aplanado al máximo hasta convertirlo en flexible. La parte superior, tipo chaqueta, se cerraba con una cremallera, y los pantalones tenían complicadas presillas de cinturón. Los cinturones de los cazadores de sombras eran grandes y resistentes, pensados para colgar armas en ellos.

Por supuesto, ella debería ponerse uno de los jerséis y tal vez una falda. Eso era lo que Amatis probablemente habría querido que hiciese. Pero algo en el equipo de combate la atrajo; siempre había sentido curiosidad, siempre se había preguntado cómo sería…

Unos minutos más tarde, las toallas colgaban sobre la barra del pie de la cama y Clary se contemplaba en el espejo con sorpresa y no poca diversión. El equipo le quedaba bien; era ajustado pero no demasiado, y se le pegaba a las curvas de las piernas y el pecho. De hecho, parecía como si de verdad tuviese curvas, lo que representaba una especie de novedad. No podía darle un aspecto formidable —dudaba que nada pudiese conseguirlo—, pero al menos parecía más alta, y su pelo, en contraste con el material negro, resultaba extraordinariamente brillante. De hecho… «Me parezco a mi madre», pensó con un sobresalto.

Y así era. Jocelyn siempre había tenido un acerado núcleo de agresividad bajo su aspecto de muñeca. Clary se había preguntado a menudo qué había sucedido en el pasado de su madre para hacer que fuese como era: fuerte e inflexible, obstinada y valerosa. «¿Se parece tu hermano tanto a Valentine como tú te pareces a Jocelyn», había preguntado Amatis, y Clary había querido responder que ella no se parecía en nada a su madre, que su madre era hermosa y ella no lo era. Pero la Jocelyn que Amatis había conocido era la muchacha que había conspirado para derribar a Valentine, que había forjado en secreto una alianza de nefilim y subterráneos que había hecho pedazos al Círculo y salvado los Acuerdos. Aquella Jocelyn jamás había estado de acuerdo en quedarse tranquilamente en aquella casa y aguardar mientras todo en su mundo se hacía añicos.

Sin detenerse a pensar, Clary cruzó la habitación y corrió el cerrojo de la puerta, cerrándola. Luego se acercó a la ventana y la abrió. El enrejado estaba allí, aferrado a la pared de piedra como… «Como una escala de mano —se dijo Clary—. Exactamente como una escalera…, y las escaleras son totalmente seguras.»

Inspiró profundamente y trepó fuera al alféizar.

Los guardas regresaron en busca de Simon a la mañana siguiente, zarandeándolo para sacarlo de un dormitar intermitente plagado de sueños extraños. En esta ocasión no le pusieron una venda en los ojos mientras lo conducían escaleras arriba, y él echó a hurtadillas una rápida mirada a través de la puerta de barrotes de la celda contigua a la suya. Si había esperado poder echarle un vistazo al propietario de la voz ronca que le había hablado la noche anterior, se vio desilusionado. La única cosa visible a través de los barrotes fue lo que parecía un montón de harapos desechados.

Los guardas condujeron a Simon a toda prisa por una serie de pasillos grises, zarandeándolo sin vacilar si miraba demasiado rato en cualquier dirección. Finalmente se detuvieron en una habitación suntuosamente empapelada. En las pareces colgaban retratos de distintos hombres y mujeres vestidos como cazadores de sombras, con los marcos decorados con dibujos de runas. Debajo de uno de los retratos más grandes había un sofá rojo en el que estaba sentado el Inquisidor, sosteniendo en la mano lo que parecía una copa de plata. Se la tendió a Simon.

—¿Sangre? —preguntó—. Debes de tener hambre a estas alturas.

Inclinó la copa en dirección al muchacho, y la visión del rojo líquido que contenía golpeó a éste justo a la vez que lo hacía el olor. Las venas se tensaron en dirección a la sangre, como hilos bajo el control de un titiritero experimentado. La sensación fue desagradable, casi dolorosa.

—¿Es… humana?

Aldertree lanzó una risita.