—¡Muchacho! No seas ridículo. Es sangre de ciervo. Totalmente fresca.
Simon no dijo nada. Sintió una punzada en el labio inferior allí donde los colmillos se habían deslizado fuera de las fundas, y paladeó la propia sangre en su boca. Le produjo náuseas.
El rostro de Aldertree se arrugó como una ciruela pasa.
—Vamos, querido. —Volvió la cabeza hacia los guardas—. Dejadnos ahora, caballeros —dijo, y éstos se dieron la vuelta para irse.
Únicamente el Cónsul se detuvo brevemente en la puerta para echarle una ojeada a Simon con una expresión de inequívoca repugnancia.
—No, gracias —dijo Simon a través de la pastosidad de la boca—. No quiero sangre.
—Tus colmillos dicen lo contrario, joven Simon —respondió Aldertree en tono jovial—. Toma. Cógela.
Alargó la copa, y el olor a sangre pareció flotar a través de la habitación como el aroma a rosas de un jardín.
Los incisivos de Simon descendieron como cuchillos, totalmente extendidos ya, hundiéndosele en los labios. El dolor fue como una bofetada; avanzó, casi sin voluntad propia, y le arrebató la copa de la mano al Inquisidor. La vació en tres largos tragos; luego, advirtiendo lo que había hecho, la depositó sobre el brazo del sofá. La mano le temblaba. «Inquisidor uno —pensó—. Yo cero.»
—Confío en que la noche pasada en las celdas no fuera demasiado desagradable. No están pensadas para ser cámaras de tortura, muchacho, son más bien lugares para la reflexión forzosa. Considero que la reflexión centra por completo la mente, ¿no te parece? Es esencial para pensar con claridad. Realmente espero que dedicaras algún tiempo a pensar. Pareces un muchacho reflexivo. —El Inquisidor ladeó la cabeza—. Bajé aquella manta para ti con mis propias manos, ya sabes. No me habría gustado que sintiese frío.
—Soy un vampiro —dijo Simon—. No sentimos frío.
—Ah. —El Inquisidor pareció decepcionado.
—Aprecié lo de las Estrellas de David y el Sello de Salomón. —añadió Simon en tono seco—. Siempre es agradable ver que alguien muestra interés por mi religión.
—¡Ah sí, desde luego, desde luego! —Aldertree se animó—. Fabuloso, ¿no es cierto, los grabados? Absolutamente preciosos y por supuesto infalibles. ¡Yo diría que cualquier intento de tocar la puerta de la celda te derretiría directamente la piel de la mano! —Lanzó una risita, claramente divertido por la idea—. En cualquier caso, ¿podrías retroceder un paso, amigo mío? Como un favor, un sencillo favor, ya sabes.
Simon dio un paso atrás.
No pasó nada, pero los ojos del Inquisidor se abrieron como platos; la hinchada piel de su alrededor se tornaba tersa y brillante.
—Ya veo —musitó.
—¿El qué?
—Mira dónde estás, joven Simon. Mira a tu alrededor.
Simon echó una ojeada a su alrededor; nada había cambiado en la habitación, y le llevó un momento comprender a qué se refería Aldertree. Estaba de pie en una zona brillante iluminada por el sol que entraba oblicuamente por una ventana situada muy arriba.
Aldertree casi se retorcía de emoción.
—Estás de pie bajo la luz directa del sol y no te afecta en absoluto. Casi no lo habría creído…, quiero decir, me lo contaron, por supuesto, pero nunca antes había visto nada así.
Simon no contestó. No parecía que hubiese nada que decir.
—La cuestión, desde luego —siguió Aldertree—, es si sabes por qué eres así.
—A lo mejor sencillamente soy más bajo que los otros vampiros.
Simon lamentó inmediatamente haber hablado. Los ojos de Aldertree se entrecerraron, y una vena sobresalió en su sien como un gusano gordo. Estaba claro que no le gustaban los chistes a menos que provinieran de él.
—Muy divertido muy divertido —dijo—. Deja que te pregunte algo: ¿has sido un vampiro diurno desde el momento en que te alzaste de la tumba?
—No. —Simon habló con cuidado—. Al principio el sol me quemaba. Incluso un simple trocito de luz solar me quemaba la piel.
—No me digas. —Aldertree asintió con energía, confirmando que ése era el modo en que las cosas tenían que ser—. Así pues, ¿Cuándo advertiste por primera vez que podías andar a la luz del día sin sentir dolor?
—Fue la mañana siguiente a la gran batalla en el barco de Valentine…
—Durante la cual Valentine te capturó, ¿no es correcto? Te había capturado y te tenía prisionero en su barco, con la intención de usar tu sangre para contemplar el Ritual de Conversión Infernal.
—Imagino que ya lo sabe todo —repuso Simon—. No me necesita.
—¡Ah no, nada de eso! —exclamó Aldertree, alzando las manos.
Tenía unas manos muy pequeñas, advirtió Simon, tan pequeñas que parecían fuera de lugar en los extremos de sus rollizos brazos.
—¡Tienes tanto con lo que contribuir, mi querido muchacho! Por ejemplo, no puedo evitar preguntarme si hubo algo que sucediera en el barco, algo que te cambió. ¿Se te ocurre alguna cosa?
«Bebí la sangre de Jace», pensó Simon, ciertamente tentado de repetirle aquello al Inquisidor sólo para ser desagradable… y entonces, con una sacudida, lo comprendió: «Bebí la sangre de Jace». ¿Podría haber sido eso lo que le cambió? ¿Era posible? Y tanto si era posible como si no, ¿podría contar al Inquisidor lo que Jace había hecho? Proteger a Clary era una cosa; proteger a Jace, otra. No le debía nada a Jace.
Salvo que eso era estrictamente cierto. Jace le había ofrecido su sangre para que la bebiera, le había salvado la vida con ella. ¿Habría hecho eso otro cazador de sombras por un vampiro? Aunque sólo lo hubiese hecho por Clary, ¿qué importaba? Pensó en sí mismo diciendo: «Podría haberte matado». Y Jace: «Yo te lo habría permitido». A saber la clase de problemas en que se metería Jace si la Clave se enterara de que había salvado la vida a Simon, y cómo.
—No recuero nada de lo sucedido en el barco —dijo Simon—. Creo que Valentine debió drogarme o algo así.
Aldertree puso cara larga.
—Ésa es una noticia terrible. Terrible. Me apena tanto oírla.
—Yo también lo siento —dijo Simon, aunque no era verdad.
—¿Así que no hay ni una sola cosa que recuerdes? ¿Ningún detalle pintoresco?
—Simplemente recuerdo haberme desmayado cuando Valentine me atacó, y luego desperté más tarde… en la furgoneta de Luke, dirigiéndome a casa. No recuerdo nada más.
—Cielo, cielos. —Aldertree se arrebujó en la capa—. Veo que los Lightwood parecen haberte cogido un cierto cariño, pero los otros miembros de la Clave no son tan… comprensivos. Fuiste capturado por Valentine, emergiste de esta confrontación con un peculiar poder nuevo que no habías poseído antes, y ahora has encontrado el modo de llegar al corazón de Idris. ¿Te das cuenta de lo que parece?
Si el corazón de Simon hubiese sido capaz de latir todavía, se habría acelerado.
—Piensa que soy un espía de Valentine.
Aldertree pareció horrorizado.
—Muchacho, muchacho…, confío en ti, desde luego. ¡Confío en ti ciegamente! Pero la Clave, ah, la Clave… Me temo que ellos pueden ser muy suspicaces. Habíamos tenido tantas esperanzas de que pudieses ayudarnos. Verás… No debería estar contándote esto, pero siento que puedo confiar en ti, querido muchacho: la Clave se encuentra en un apuro espantoso.
—¿La Clave? —Simon se sintió aturdido—. Pero ¿qué tiene eso que ver con…?
—Mira —prosiguió Aldertree—, la Clave está dividida, enfrentada consigo misma, podrías decir. Es tiempo de guerra. Se cometieron errores por parte de la anterior Inquisidora y de otros; tal vez sea mejor no extenderse en ello. Pero, verás, la autoridad misma de la Clave, del Cónsul y del Inquisidor está bajo cuestión. Valentine siempre parece ir un paso por delante de nosotros, como si supiese nuestros planes por adelantado. El Consejo no escuchará mi sugerencia ni la de Malachi, no después de lo sucedido en Nueva York.
—Pensaba que fue la Inquisidora…
—Y Malachi fue quién la nombró. Claro que, por supuesto, él no tenía ni idea de que enloquecería de ese modo…