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—Pero —dijo Simon, con cierta acritud—está la cuestión de la apariencia.

La vena volvió a sobresalir en la frente de Aldertree.

—Inteligente —dijo—. Y acertado. Las apariencias son importantes, sobre todo en la política. Siempre puedes influir a la multitud, a condición de que tengas una historia realmente buena. —Se inclinó al frente, con los ojos fijos en Simon—. Ahora deja que te cuente una historia. Los Lightwood pertenecieron e una ocasión al Círculo. En algún momento se retractaron de ello y se les concedió clemencia con la condición de que permaneciesen fuera de Idris, se marcharan a Nueva York y dirigieran el Instituto que hay allí. Su historial sin tacha empezó a granjearles de nuevo la confianza de la Clave. Pero en aquel entonces ellos ya sabían que Valentine seguía vivo. Durante todo ese tiempo fueron sus leales servidores. Se hicieron cargo de su hijo…

—Pero ellos no sabían…

—Cállate —le gruñó el Inquisidor, y Simon cerró la boca—. Lo ayudaron a encontrar los Instrumentos Mortales y lo auxiliaron con el Ritual de Conversión Infernal. Cuando la Inquisidora descubrió lo que tramaban en secreto, ellos lo arreglaron para que muriera durante la batalla en el barco. Y ahora han venido aquí, al corazón de la Clave, para espiar nuestros planes y revelárselos a Valentine a medida que surjan, de modo que pueda derrotarnos y en última instancia doblegar a todos los nefilim a su voluntad. Y te han traído a ti con ellos…, a ti, un vampiro que puede soportar la luz del sol…, para distraernos de sus auténticos planes para devolver al Círculo a su antigua gloria y destruir la Ley. —El Inquisidor se inclinó al frente; sus ojillos de cerdo relucían—. ¿Qué te parece esa historia, vampiro?

—Creo que es descabellada —dijo Simon—. Y tiene más agujeros gigantes que la avenida Kent en Brooklyn… la cual, por cierto, no se ha vuelto a pavimentar en años. No entiendo qué es lo que espera conseguir de esto.

—¿Esperar? —repitió el Inquisidor —. Los grandes políticos tejen relatos para inspirar a la gente.

—No hay nada de inspirador en culpar a los Lightwood de todo…

—Algunos deben ser sacrificados —repuso Aldertree, y su rostro brilló con una luz sudorosa—. Una vez que el Consejo tenga un enemigo común, y una razón para volver a confiar en la Clave, se unirán. ¿Qué vale una familia comparada con todo esto? De hecho, dudo que vaya a sucederles gran cosa a los hijos de los Lightwood. No se los culpará. Bueno, quizá al chico mayor. Pero los otros…

—No puede hacer esto —dijo Simon—. Nadie creerá esa historia.

—La gente cree lo que quiere creer —replicó él—, y la Clave quiere a alguien a quien culpar. Puedo ofrecerles eso. Sólo te necesito a ti.

—¿A mí? ¿Qué tiene esto que ver conmigo?

—Confiesa. —El rostro del Inquisidor estaba colorado por la excitación—. Confiesa que eres un sirviente de los Lightwood, que estáis todos confabulados con Valentine. Confiesa y me mostraré indulgente. Lo juro. Pero necesito tu confesión para conseguir que la Clave me crea.

—Quiere que confiese una mentira —dijo Simon.

Sabía que sencillamente repetía lo que el Inquisidor había dicho, pero la mente le daba vueltas; no parecía capaz de pensar. Las caras de los Lightwood pasaron vertiginosamente por su cabeza: Alec jadeando en el sendero que subía al Gard; los ojos oscuros de Isabelle mirándole; Max inclinado sobre un libro.

Y Jace. Jace era uno de ellos tanto como si compartiese su misma sangre Lightwood. El Inquisidor no había pronunciado su nombre, pero Simon sabía que Jace pagaría junto con el resto de ellos. Y fuera lo que fuera que le aconteciera, Clary sufriría. ¿Cómo había llegado a suceder, se dijo Simon, que estuviese ligado a aquellas personas…, a gente que no lo consideraba más que un subterráneo, medio humano en el mejor de los casos?

Levantó la vista hacia el Inquisidor. Los ojos de Aldertree eran de un curioso negro carbón; mirar en su interior era como contemplar la oscuridad.

—No —dijo Simon—. No, no lo haré.

—Esa sangre que te di —repuso Aldertree—es toda la sangre que verás hasta que cambies de opinión. —No había amabilidad en su voz, ni siquiera una amabilidad fingida—. Te sorprendería hasta qué punto puedes llegar a tener sed.

Simon no dijo nada.

—Otra noche en las celdas, entonces —dijo el Inquisidor, poniéndose en pie y alargando la mano hacia una campanilla para llamar a los guardas—. Se está muy tranquilo ahí abajo, ¿verdad? Realmente considero que una atmósfera tranquila puede ayudar con un pequeño problema de memoria… ¿no crees?

Aunque Clary se había dicho que recordaba el camino por el que había llegado con Luke la noche anterior, eso resultó no ser tan totalmente cierto. Dirigirse hacia el centro de la ciudad parecía lo más acertado para conseguir indicaciones, pero una vez que encontró el patio de piedra con el pozo en desuso no consiguió recordar si debía girar a la izquierda o a la derecha desde él. Giró a la izquierda, lo que la sumió en un laberinto de calles serpenteantes, cada una muy parecida a la siguiente, donde cada giro la desorientaba más.

Finalmente fue a salir a una calle más amplia bordeada de tiendas. La gente transitaba apresuradamente, sin que ninguno de ellos le dedicara ni una mirada. Algunos vestían también prendas de combate, aunque la mayoría no: hacía frío en la calle, y los abrigos largos y anticuados estaban a la orden del día. El viento era fresco, y, con una punzada, Clary pensó en su abrigo de terciopelo verde, colgado en la habitación de invitados de Amatis.

Luke no mentía cuando le había dicho que habían acudido cazadores de sombras de todo el mundo para la cumbre. Clary pasó junto a una india que llevaba un magnífico sari dorado, con un par de cuchillos curvos colgados de una cadena que le rodeaba la cintura. Un hombre alto de piel morena con anguloso rostro azteca contemplaba un escaparate repleto de armamento; sus brazos lucían brazaletes fabricados con el mismo material reluciente y duro que las torres de los demonios. Calle abajo, un hombre con una túnica nómada blanca consultaba lo que parecía un mapa de la ciudad. Su visión le proporcionó a Clary el valor para acercarse a una mujer que pasaba ataviada con un grueso abrigo de brocado y preguntarle el camino hasta la calle Princewater. Si había un momento en que los habitantes de la ciudad no fueran necesariamente a recelar de alguien que no pareciera saber adónde iba, sería aquel.

Su instinto no la engañó; sin el menor indicio de vacilación, la mujer le dio una serie de apresuradas indicaciones.

—Y entonces sigue recto hasta el final del canal Oldcastle, al otro lado del puente de piedra, y allí es donde encontrarás Princewater. —Le dedicó una sonrisa a Clary—. ¿Vas a visitar a alguien en concreto?

—A los Penhallow.

—Ah, viven en la casa azul; tiene un reborde dorado, la parte trasera da al canal. Es un edificio grande…., no puedes equivocarte.

La mujer tenía razón a medias. Era un edificio grande, pero Clary pasó justo por delante de él antes de advertir su error y dar la vuelta bruscamente para volverse a mirarlo. Era en realidad más índigo que azul, se dijo, aunque de todas maneras no todo el mundo veía los colores del mismo modo. La mayoría de personas eran incapaces de distinguir la diferencia entre el amarillo limón y el color azafrán. ¡Como si se parecieran! Y el reborde de la casa no era dorado, sino de color bronce, un lindo bronce oscuro, como si la casa hubiese estado allí durante muchos años, lo que probablemente era cierto. Todo en aquel lugar era tan antiguo…

«Es suficiente», se dijo Clary. Siempre hacía lo mismo cuando estaba nerviosa: dejar que la mente vagara en todas direcciones al azar. Se frotó las manos a lo largo de los costados de los pantalones; sus palmas estaban sudorosas. El tejido tenía un tacto áspero y seco contra la piel, igual que escamas de serpiente.

Subió los peldaños y agarró la pesada aldaba, que tenía la forma de un par de alas de ángel. Cuando la dejó caer, resonó el tañido de una campana enorme. Al cabo de un instante la puerta se abrió de golpe, e Isabelle Lightwood apareció en el umbral con ojos como platos por la sorpresa.