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—¿Clary?

Clary sonrió débilmente.

—Hola, Isabelle.

Isabelle se recostó en el marco de la puerta con expresión desconsolada.

—Ah, mierda.

De vuelta en la celda, Simon se desplomó sobre la cama, escuchando cómo las pisadas de los guardas se alejaban de la puerta. Otra noche. Otra noche allí abajo en prisión, mientras el Inquisidor aguardaba a que él «recordase». «Las apariencias.» Ni en sus peores pesadillas se le habría ocurrido a Simon que alguien pudiese pensar que estaba confabulado con Valentine. Valentine era famoso por odiar a los subterráneos. Valentine le había apuñalado, le había extraído toda la sangre y le había abandonado para que muriese. Aunque, había que reconocerlo, el Inquisidor no lo sabía.

Se oyó un crujido al otro lado de la pared de la celda.

—Debo admitir que me preguntaba si regresarías —dijo la voz ronca que Simon recordaba de la noche anterior—. ¿Debo entender pues que no diste al Inquisidor lo que quiere?

—Eso creo —replicó Simon, acercándose a la pared.

Pasó los dedos por la piedra buscando una grieta en ella, algo a través de lo que pudiera mirar, pero no había nada.

—¿Quién eres?

—Aldertree es un hombre obstinado —dijo la voz, como si Simon no hubiese hablado—. Lo seguirá intentando.

Simon se apoyó en la húmeda pared.

—Entonces imagino que seguiré aquí abajo durante algún tiempo.

—Supongo que no estarás dispuesto a contarme qué es lo que quiere de ti.

—¿Por qué quieres saberlo?

La risita que respondió a Simon pareció un metal que rascase la piedra.

—He estado en esta celda más tiempo del que llevas tú, vampiro diurno, y como puedes ver, no hay gran cosa en la que ocupar la mente. Cualquier distracción ayuda.

Simon entrelazó las manos sobre el estómago. La sangre de ciervo había calmado un poco el hambre, pero había sido suficiente. Su cuerpo seguía dolorosamente sediento.

—No haces más que llamarme así —dijo—, vampiro diurno.

—Escuché a los guardas hablar sobre ti. Un vampiro que puede deambular bajo la luz del sol. Nadie ha visto nada parecido antes.

—Y sin embargo tenéis un modo de nombrarme. Conveniente.

—Proviene de los subterráneos, no de la Clave. Ellos tienen leyendas sobre criaturas como tú. Me sorprende que no lo sepas.

—No puede decirse que lleve mucho tiempo siendo subterráneo —repuso Simon—. Y tú pareces saber mucho sobre mí.

—A los guardas les gusta chismorrear —dijo la voz—. Y la aparición de los Lightwood a través del Portal con un vampiro agonizante que se desangraba… ése es un chismorreo muy interesante. Aunque la verdad es que no esperaba que fuese a aparecer por aquí… al menos hasta que empezaron a arreglar la celda para ti. Me sorprende que los Lightwood lo consintieran.

—¿Por qué iban a oponerse? —inquirió Simon con amargura—. No soy nada. Sólo un subterráneo.

—Tal vez para el Cónsul —dijo la voz—. Pero los Lightwood…

—¿Qué pasa con ellos?

Hubo una corta pausa.

—Los cazadores de sombras que viven fuera de Idris… en especial los que dirigen Institutos… tienden a ser más tolerantes. La Clave, por su parte, es mucho más… retrógrada.

—¿Y qué hay de ti? —quiso saber Simon—. ¿Eres un subterráneo?

—¿Un subterráneo? —Simon no podía estar seguro, pero percibió cierta ira en la voz del desconocido, como si le ofendiera la pregunta—. Mi nombre es Samuel. Samuel Blackburn. Soy nefilim. Hace años estuve en el Círculo, con Valentine. Masacré subterráneos durante el Levantamiento. No soy uno de ellos, desde luego.

—Vaya.

Simon tragó saliva. Notó un sabor salado en la boca. La Clave había capturado y castigado a los miembros del Círculo de Valentine, recordó; a excepción de aquellos que, como los Lightwood, habían conseguido llegar a acuerdos o aceptar el exilio a cambio de perdón.

—¿Has estado aquí abajo desde entonces?

—No. Tras el Levantamiento escapé de Idris antes de que me cogieran. He permanecido lejos durante años… hasta que, como un idiota, pensando que se habrían olvidado de mí, volví. Por supuesto, me atraparon cuando regresé. La Clave tiene sistemas para seguir la pista a sus enemigos. Me arrastraron ante el Inquisidor y me interrogaron durante días. Cuando acabaron, me arrojaron aquí. —Samuel suspiró—. En francés esta clase de prisión recibe el nombre de oubliette. «Un lugar para olvidar.» Es donde arrojas la basura que no quieres recordar, para que se descomponga sin molestarte con su hedor.

—Fantástico. Soy un subterráneo, así que soy basura. Pero tú no lo eres. Tú eres nefilim.

—Soy un nefilim que estaba aliado con Valentine. Eso hace que no sea mejor que tú. Peor, incluso. Soy un renegado.

—Pero muchos otros cazadores de sombras fueron miembros del Círculo… los Lightwood y los Penhallow…

—Todos se retractaron. Le dieron la espalda a Valentine. Yo no.

—¿No lo hiciste? ¿Por qué?

—Porque siento más miedo de Valentine que de la Clave —dijo Samuel—, y si tú fueses sensato, vampiro diurno, sentirías lo mismo.

—¡Pero se supone que estás en Nueva York! —exclamó Isabelle—. Jace dijo que habías cambiado de idea sobre lo de venir. ¡Dijo que querías quedarte con tu madre!

—Jace mintió —dijo Clary tajante—. No me quería aquí, así que me mintió sobre el momento de la partida, y luego os mintió a vosotros diciendo que yo había cambiado de idea. ¿Recuerdas cuando me dijiste que él nunca miente? Pues no es verdad.

—Normalmente nunca lo hace —repuso Isabelle, que había palidecido—. Oye, viniste aquí…, quiero decir, ¿tiene esto algo que ver con Simon?

—¿Con Simon? No. Simon está a salvo en Nueva York, gracias a Dios. Aunque va a enfadarse una barbaridad por no haber tenido oportunidad de despedirse de mí. —La expresión desconcertada de Isabelle empezaba a molestar a Clary—. Vamos, Isabelle. Déjame entrar. Necesito ver a Jace.

—O sea que… ¿viniste por tu cuenta, así sin más? ¿Tenías permiso de la Clave? Por favor, dime que tenías permiso de la Clave.

—No exactamente…

—¿Has violado la Ley? —La voz de Isabelle se elevó, y en seguida descendió; siguió hablando, casi en un susurro—. Si Jace lo descubre, le va a dar algo. Clary, tienes que regresar a casa.

—No; debo estar aquí —dijo Clary, aunque desconocía el origen de su testarudez—. Y necesito hablar con Jace.

—Ahora no es un buen momento. —Isabelle miró a su alrededor ansiosamente, como si esperase que hubiera alguien a quien pudiese apelar para que la ayudara a sacar a Clary de allí—. Por favor, regresa a Nueva York. ¿Lo harás?

—Pensaba que te caía bien, Izzy. —Clary recurrió al sentimiento de culpabilidad.

Isabelle se mordió el labio. Llevaba un vestido blanco y tenía los cabellos recogidos en lo alto con horquillas. Parecía mucho más joven de lo habitual. Detrás de ella Clary alcanzó a ver la entrada, de techo muy alto, en la que colgaban óleos de aspecto antiguo.

—Y me caes bien. Es sólo que Jace…, Dios mío, ¿qué llevas puesto? ¿Dónde conseguiste el equipo de combate?

Clary inclinó la cabeza para contemplarse.

—Es una larga historia.

—No puedes entrar aquí de ese modo. Si Jace te ve…

—¿Y qué si me ve? Isabelle, vine aquí por mi madre… Por mi madre. Puede que Jace no me quiera aquí, pero no puede obligarme a que me quede en casa. Se supone que debo estar aquí. Mi madre esperaba que hiciese esto por ella. Tú lo harías por la tuya, ¿verdad?

—Desde luego que lo haría —respondió ella—. Pero Clary, Jace tiene sus razones…

—Entonces me encantaría escucharlas. —Clary se agachó, pasó por debajo del brazo de Isabelle y se introdujo en la casa.