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Se volvió al llegar a la puerta y los miró. Jace mantenía los ojos clavados en ella. La luz que penetraba a raudales por la ventana a su espalda ensombrecía su rostro; tan sólo pudo ver los brillantes pedazos de luz solar que le espolvoreaban los rubios cabellos, como fragmentos de cristales rotos.

—Cuando me contaste que Valentine era tu padre, no te creí —dijo ella—. No porque no quisiera que fuera cierto, sino porque no te parecían en nada a él. Jamás he creído que te parecieras en nada a él. Pero te pareces. Te pareces.

Abandonó la habitación, cerrando la puerta tras ella.

—Van a dejarme morir de hambre —dijo Simon.

Estaba tumbado en el suelo de su celda, con la piedra fría bajo la espalda. Desde aquel ángulo, no obstante, podía ver el cielo a través de la ventana. En los días que había seguido a la conversión de Simon en vampiro, cuando pensaba que no volvería a ver la luz del día, se había descubierto pensando incesantemente en el sol y en el cielo. En los modos en que el color del cielo cambiaba durante el día; en el pálido cielo de la mañana, el ardiente azul del mediodía y la oscuridad cobalto del crepúsculo. Había yacido despierto en la oscuridad repasando un desfile de azules en su cerebro. Ahora, tendido de espaldas en la celda situada bajo el Gard, se preguntó si le habían devuelto la luz diurna y todos sus azules simplemente para que pudiera pasar el corto y desagradable resto de su vida en aquel espacio diminuto tan sólo con un trozo de cielo visible a través de la única ventana con barrotes de la pared.

—¿Has escuchado lo que te decía? —Alzó la voz—. El Inquisidor va a matarme de hambre. No más sangre.

Se oyó un susurro. Un suspiro audible. Entonces Samuel habló:

—Sí. Pero no sé qué quieres que haga al respecto. —Hizo una pausa—. Lo siento por ti, vampiro diurno, si eso te sirve de algo.

—En realidad, no —dijo Simon—. El Inquisidor quiere que mienta. Quiere que le diga que los Lightwood están confabulados con Valentine. Entonces me enviará a casa. —Giró sobre su barriga, y las piedras se le fueron clavando en la carne—. No importa. No sé por qué te cuento todo esto. Probablemente no tienes ni idea de sobre qué estoy hablando.

Samuel emitió un sonido a medio camino entre una risa y una tos.

—La verdad es que sí. Lo sé. Conocí a los Lightwood. Estuvimos en el Círculo junto. Los Lightwood, los Wayland, Los Pangborn, los Heraldene, los Penhallow. Todas las distinguidas familias de Alacante.

—Y Hodge Starkweather —dijo Simon, pensaba en el tutor de los Lightwood—. Él también estaba allí, ¿verdad?

—Sí —respondió Samuel—. Pero su familia no era precisamente de las más respetadas. Hodge prometía en un principio, pero me temo que jamás estuvo a la altura. —Calló un momento—. Aldertree siempre odió a los Lightwood, desde luego, desde que éramos niños. Él no era ni rico ni listo ni atractivo, y, bueno, ellos no fueron demasiado amables con él. No creo que lo haya superado jamás.

—¿Rico? —inquirió Simon—. Pensaba que a todos los cazadores de sombras les pagaba la Clave. Como… no sé, el comunismo y esas cosas.

—En teoría se les paga a todos los cazadores de sombras equitativamente —respondió Samuel—. Algunos, como aquellos que ocupan posiciones elevada en la Clave, o los que tienen una gran responsabilidad, como dirigir un Instituto, por ejemplo, reciben un salario más elevado. Luego están los que viven fuera de Idris y eligen ganar dinero en el mundo de los mundanos; no está prohibido, siempre y cuando entreguen el diezmo correspondiente a la Clave. Pero… —Samuel vaciló—. Tú viste la casa de los Penhallow, ¿verdad? ¿Qué te pareció?

Simon trató de recordar.

—Muy lujosa.

—Es una de las casas más magníficas de Alacante —repuso Samuel—. Y tienen otra, una casa solariega en el campo. Casi todas las familias ricas la tienen. Verás, existe otro modo de que los nefilim adquieran riquezas. Lo llaman «botin». Cualquier cosa propiedad de un demonio o un subterráneo que mate un cazador de sombras pasa a ser propiedad del cazador de sombras. Así pues, si un brujo adinerado infringe la Ley y un nefilim lo mata…

Simon se estremeció.

—¿Así que matar subterráneos es un negocio lucrativo?

—Puede serlo —repuso Samuel con amargura—, si no eres demasiado quisquilloso respecto a quién matas. Ya puedes imaginar por qué hay tanta oposición a los Acuerdos. Afecta a las carteras de la gente tener que ser cuidadoso respecto a asesinar subterráneos. A lo mejor me uní al Círculo por ese motivo. Mi familia jamás fue rica, y que te miren por encima del hombro por no aceptar dinero sucio… —Se interrumpió.

—Pero el Círculo también asesinaba subterráneos —dijo Simon.

—Porque consideraba que era su sagrado deber —repuso Samuel—. No por codicia. Aunque no puedo imaginar ahora por qué pensé jamás que eso importaba algo. —Parecía agotado—. Era Valentine. Tenía un modo de ser… Podría convencerte de cualquier cosa. Recuerdo haber estado de pie a su lado con las manos cubiertas de sangre, contemplando el cuerpo de una mujer muerta, y haber pensado únicamente que lo que hacía tenía que ser correcto porque Valentine decía que lo era.

—¿Una subterránea muerta?

Samuel suspiró entrecortadamente al otro lado de la pared. Por fin, dijo:

—Tienes que comprender que habría hecho cualquier cosa que él me pidiera. Cualquiera de nosotros lo habría hecho. Los Lightwood también. El Inquisidor lo sabe, y eso es lo que está intentando explotar. Pero deberías saber que… existe la posibilidad de que si cedes ante él y culpas a los Lightwood, él te mate de todos modos para cerrarte la boca. Depende de si la idea de ser compasivo le hace sentirse poderoso en ese momento.

—No importa —replicó Simon—. No voy a hacerlo. No traicionará a los Lightwood.

—¿De verdad? —Samuel sonó poco convencido—. ¿Existe algún motivo para que lo hagas? ¿Tanto te importan los Lightwood?

—Cualquier cosa que le contase sobre ellos sería mentira.

—Pero podría ser la mentira que quiere escuchar. Tú quieres volver a casa, ¿verdad?

Simon clavó la mirada en la pared como si de algún modo pudiera ver a través de ella al hombre del otro lado.

—¿Es eso lo que tú harías? ¿Mentirle?

Samuel tosió… una especie de tos espasmódica, como si no tuviera muy buena salud. Luego volvió a hacerlo, había humedad y hacía frío allí abajo, algo que no afectaba a Simon, pero que probablemente afectaría en gran medida a un ser humano normal.

—Yo no aceptaría asesoramiento moral de alguien como yo —dijo el hombre—. Pero, sí, probablemente lo haría. Siempre he preferido salvar el pellejo.

—Estoy seguro de que eso no es cierto.

—A decir verdad —repuso Samuel—, lo es. Algo que aprenderás a medida que te hagas mayor, Simon, es que cuando alguien te cuenta algo desagradable de sí mismo, suele ser cierto.

«Pero yo no me haré mayor», pensó Simon. En voz alta dijo:

—Es la primera vez que me llamas Simon. Simon y no vampiro diurno.

—Supongo que sí.

—Y en cuanto a los Lightwood —siguió Simon—, no se trata de que los aprecie tanto. Quiero decir que me cae bien Isabelle, y digamos que también Alec y Jace. Pero está esa chica. Y Jace es su hermano.

Cuando respondió, Samuel sonó, por primera vez, genuinamente divertido.

—¿No hay siempre una chica?

En cuanto la puerta se cerró detrás de Clary, Jace se desplomó contra la pared, como si le hubiesen cortado las piernas. Estaba lívido con una mezcla de horror, conmovió y lo que casi parecía alivio, como si se hubiese evitado una catástrofe por muy poco.

—Jace —dijo Alec, dando un paso hacia su amigo—, ¿realmente crees…?

Jace habló en voz baja, interrumpiéndole.

—Salid —dijo—. Los dos.

—¿Para que puedas hacer qué? —exigió Isabelle—. ¿Destrozar un poco más tu vida? ¿De qué demonios iba todo esto?