—Es una señal.
—¿Una señal de qué?
—Una señal de que deberías dejar que te acompañase a casa.
—Pero no tengo ni idea de dónde está —dijo ella, dándose cuenta de ello—Me escapé para venir aquí. No recuerdo el camino.
—Bien, ¿con quién te alojas?
Ella vaciló antes de responder.
—No se lo diré a nadie —dijo él—Lo juro por el Ángel.
Ella le miró sorprendida. Era todo un juramento para un cazador de sombras.
—De acuerdo —respondió, antes de poder replantearse su decisión—Me alojo con Amatis Herondale.
—Estupendo. Sé dónde vive. —Le ofreció el brazo—¿Vamos?
Ella se las apañó para sonreír.
—Eres bastante insistente, ¿sabes?
Él se encogió de hombros.
—Siento una especie de atracción por las doncellas en apuros.
—No seas sexista.
—En absoluto. Mis servicios también están a disposición de caballeros en apuros. Es un fetiche con igualdad de oportunidades —dijo, y, con una floritura, volvió a ofrecer el brazo.
En esta ocasión, ella lo aceptó.
Alec cerró la puerta de la pequeña habitación del desván detrás de él y se volvió hacia Jace. Sus ojos por lo general tenían el color del lago Lyn, un azul pálido y apacible, aunque tendía a cambiar con sus estados de ánimo. En aquel momento era del color del East River durante una tormenta eléctrica. Su expresión también era tormentosa.
—Siéntate —le ordenó a Jace, señalando una silla baja cerca de la ventana con gablete—. Traeré vendas.
Jace se sentó. La habitación que compartía con Alec en el último piso de la casa de los Penhallow era pequeña, con dos camas estrechas en ella, una contra cada pared. Las ropas de ambos pendían de una hilera de colgadores en la pared. Había una única ventana, que dejaba entrar una luz tenue; empezaba a oscurecer ya, y el cielo al otro lado del cristal era de un color añil. Jace observó cómo Alec se arrodillaba para agarrar la bolsa de lona de debajo de su cama y la abría de un tirón. Revolvió ruidosamente su contenido hasta ponerse en pie con una caja en las manos. Jace la reconoció como la caja de material de primeros auxilios que usaban cuando las runas no eran una opción: antiséptico, vendas, tijeras y gasa.
—¿No vas a usar una runa de curación? —preguntó Jace, más por curiosidad que por cualquier otro motivo.
—No. Puedes…
Alec se interrumpió, lanzando la caja sobre la mesa con una palabrota inaudible. Fue al pequeño lavamanos que había contra la pared y se lavó las manos con tanta fuerza que el agua salpicó hacia arriba en una fina ducha. Jace le contempló con distante curiosidad. La mano le había empezado a arder con un dolor sordo y abrasador.
Alec recuperó la caja, acercó una silla hasta colocarla frente a la de Jace, y se dejó caer sobre ella.
—Dame la mano.
Jace extendió la mano. Tuvo que admitir que tenía muy mal aspecto. Los cuatro nudillos estaban abiertos igual que rojas estrellas reventadas. Había sangre seca pegada a los dedos; un guante marrón rojizo que se escamaba.
Alec hizo una mueca.
—Eres un idiota.
—Gracias —respondió Jace.
Observó pacientemente como Alec se inclinaba sobre su mano con un par de pinzas y extraía con suavidad un pedazo de cristal incrustado en la carne.
—Así pues, ¿por qué no?
—¿Por qué no qué?
—¿Por qué no usar una runa de curación? Esto no es una herida hecha por un demonio.
—Porque creo que te hará bien sentir el dolor —Alec recuperó la botella azul de antiséptico—. Puedes sanar como un mundano. Despacio y de un modo desagradable. Quizá así aprendas algo. —Echó algo de líquido, que escocía terriblemente, sobre los cortes de Jace—. Aunque lo dudo.
—Siempre puedo ponerme mi propia runa curativa, ya lo sabes.
Alec empezó a envolver con vendas la mano de Jace.
—Únicamente si quieres que cuente a los Penhallow lo que le sucedió realmente a su ventana, en lugar de dejarles creer que fue un accidente. —Apretó con un tirón un nudo hecho en la venda, provocando una mueca de dolor en Jace—. ¿Sabes?, de haber sabido que ibas a hacerte esto, jamás te habría dicho nada.
—Sí, lo habrías hecho. —Jace ladeó profundamente la cabeza—. No me di cuenta de que mi ataque al ventanal te alteraría hasta ese punto.
—Es sólo que…
Acabada la operación de vendarle, Alec observó la mano de Jace, la mano que todavía sostenía en la suya. Era un garrote de vendas blancas, manchado de sangre allí donde los dedos de Alec lo habían tocado.
—¿Por qué te haces esto? No sólo lo que le hiciste a la ventana, sino el modo en que le hablaste a Clary. ¿Por qué te castigas? No puedes luchar contra tus sentimientos.
La voz de Jace sonó tranquila.
—¿Cuáles son mis sentimientos?
—He visto cómo la miras. —Los ojos de Alec eran distantes, observando algo más allá de Jace, algo que no estaba allí—. Y no puedes tenerla. A lo mejor simplemente nunca supiste qué se siente al querer algo que no puedes tener.
Jace le miró con fijeza.
—¿Qué hay entre tú y Magnus Bane?
La cabeza de Alec dio una sacudida hacia atrás.
—No… no hay nada…
—No soy estúpido. Acudiste directamente a Magnus después de hablar con Malachi. Antes de hablar conmigo o con Isabelle o con cualquier otro…
—Él era el único que podía contestar a mi pregunta, ése es el motivo. No existe nada entre nosotros —respondió Alec; y luego, advirtiendo la expresión de su amigo, añadió con gran renuencia—: No existe nada entre nosotros. ¿De acuerdo?
—Espero que eso no sea debido a mi —dijo Jace.
Alec se quedó blanco y se echó hacia atrás, como si se preparara para rechazar un golpe.
—¿A qué te refieres?
—Sé qué crees que sientes algo por mí —respondió Jace—. Pero no es cierto. Simplemente te gusto porque me ves seguro. No existe riesgo. Así nunca tienes que jugártela con una relación auténtica porque puedes usarme como excusa.
Jace sabía que estaba siendo cruel, y apenas le importaba. Herir a la gente que quería era casi tan satisfactorio como hacerse daño a sí mismo cuando estaba en aquel estado de ánimo.
—Lo capto —dijo Alec con voz tensa—. Primero Clary, luego tu mano, ahora yo. Al infierno contigo, Jace.
—¿No me crees? —preguntó Jace—. Estupendo. Anda, vamos. Bésame ahora mismo.
Alec le contempló horrorizado.
—¿Lo ves? A pesar de mi deslumbrante belleza, en realidad no te gusto de ese modo. Y si estás dejándolo pasar con Magnus, no es debido a mí. Es porque estás demasiado asustado para confesarle a nadie a quién amas realmente. El amor nos vuelve mentirosos —dijo Jace—. La reina seelie lo dijo. Así que no me juzgues por mentir sobre mis sentimientos. Tú también lo haces. —Se puso en pie—. Y ahora quiero que vuelvas a hacerlo.
El rostro de Alec reflejaba una rígida expresión dolida.
—Miente por mí —dijo Jace, tomando su chaqueta del colgador de la pared y poniéndosela—. Se pone el sol. Estarán empezando a regresar del Gard. Quiero que le digas a todo el mundo que no me siento bien y que por ese motivo no voy a bajar. Diles que me dio un mareo y tropecé, y que así es como se rompió la ventana.
Alec inclinó la cabeza atrás y miró a Jace directamente a la cara.
—De acuerdo, lo haré —contestó—, si me dices adónde vas en realidad.
—Voy a subir al Gard —declaró Jace—. Voy a sacar a Simon de la cárcel.
La madre de Clary siempre había llamado a la hora del día entre el crepúsculo y el anochecer «la hora azul». Decía que la luz era más fuerte y más especial entonces, y que era la mejor hora para pintar. Clary nunca había comprendido realmente a qué se refería pero en aquellos momentos, recorriendo Alacante al ponerse el sol, lo hizo.
La hora azul en Nueva York no era realmente azul; estaba demasiado desteñida por las farolas y los letreros de neón. Jocelyn debía de haber estado pensando en Idris. Aquí la luz caía en franjas de puro color violeta sobre la mampostería dorada de la ciudad, y las farolas de luz mágica proyectaban charcos circulares de luz blanca tan intensa que Clary esperaba sentir calor cuando los cruzaba. Deseó que su madre estuviera con ella. Jocelyn le habría mostrado partes de Alacante con las que estaba familiarizada, que ocupaban un lugar en sus recuerdos.