Clary fue a la puerta principal, descorrió el cerrojo, y la abrió. Sebastian estaba allí, de pie en el escalón de la entrada, y una vez más ella tuvo aquella sensación, aquel extraño estallido de reconocimiento, aunque fue más leve en esta ocasión. Le sonrió débilmente.
—Has arrojado piedras a mi ventana —dijo—. Pensaba que la gente sólo hacía eso en las películas.
Él sonrió burlón.
—Bonito pijama. ¿Te he despertado?
—Quizá.
—Lo siento —dijo él, aunque no parecía sentirlo—Pero esto no podía esperar. A propósito, tal vez quieras correr escaleras arriba y vestirte. Pasaremos el día juntos.
—Vaya. Muy seguro de ti mismo, ¿verdad? —dijo ella, aunque probablemente los chicos con el aspecto de Sebastian en realidad no tenían motivos para sentir otra cosa que seguridad en sí mismos. Negó con la cabeza—. Lo siento, pero no puedo. No puedo abandonar la casa. Hoy no.
Una tenue arruga de preocupación apareció entre los ojos del muchacho.
—Ayer saliste.
—Lo sé, pero eso fue antes de… —«Antes de que Amatis me hiciera sentir como una enana de cinco centímetros.» —Simplemente no puedo. Y por favor no intentes persuadirme de que lo haga, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo él—. No discutiré. Pero al menos deja que te diga lo que he venido a decirte. Luego, lo prometo, si todavía quieres que me vaya, me iré.
—¿Qué es?
Él alzó el rostro, y ella se preguntó cómo era posible que unos ojos oscuros pudiesen resplandecer exactamente como los dorados.
—Sé dónde puedes encontrar a Ragnor Fell.
Clary necesitó menos de diez minutos para correr escaleras arriba y vestirse de cualquier manera, garabatear una nota a Amatis y volver a reunirse con Sebastian, que la esperaba junto al canal. El muchacho sonrió de oreja a ojera mientras ella corría a su encuentro, sin aliento, con el abrigo verde echando sobre un brazo.
—Ya estoy aquí —dijo ella, deteniéndose con un patinazo—. ¿Podemos ir ahora?
Sebastian insistió en ayudarla a ponerse el abrigo.
—No creo que nadie me haya ayudado jamás con el abrigo —comentó Clary, liberando los cabellos que habían quedado atrapados bajo el cuello—. Bueno, a lo mejor algún camarero. ¿Has sido camarero alguna vez?
—No, pero me crió una francesa —le recordó Sebastian—. Ello implica un adiestramiento aún más riguroso.
Clary sonrió, pese a su nerviosismo. Sebastian se daba buena maña para hacerla sonreír, advirtió con una leve sensación de sorpresa. Casi demasiado.
—¿Adónde vamos? —preguntó bruscamente—. ¿Está cerca de aquí la casa de Fell?
—Vive fuera de la ciudad en realidad —respondió él, yendo hacia el puente.
Clary se unió a su paso.
—¿Es un largo paseo?
—Demasiado largo para andar. Nos llevarán.
—¿Nos llevarán? ¿Quién? —Se detuvo en seco—. Sebastian, hemos de tener cuidado. No podemos confiar así como así a cualquiera la información sobre lo que hacemos…, lo que hago. Es un secreto.
Sebastian la contempló con pensativos ojos oscuros.
—Juro por el Ángel que el amigo que nos llevará no musitará ni una palabra a nadie sobre lo que estamos haciendo.
—¿Estás seguro?
—Estoy muy seguro.
«Ragnor Fell —pensó Clary mientras se abrían camino por las atestadas calles—. Voy a ver a Ragnor Fell.» Una excitación alocada colisionó con inquietud; Madeleine le había hecho parecer alguien formidable. ¿Y si no tenía paciencia con ella, si no tenía tiempo? ¿Y si no podía hacerle creer que era quién decía ser? ¿Y si él ni siquiera recordaba a su madre?
No ayudaba a sus nervios que cada vez que pasaba junto a un hombre rubio o una chica con una larga melena oscura las tripas se le tensaran porque creía reconocer a Jace o a Isabelle. Pero Isabelle probablemente se limitaría a ignorarla, pensó con desánimo, y Jace habría regresado sin duda a casa de los Penhallow y estaría besuqueándose con su nueva novia.
—¿Te preocupa que te sigan? —le preguntó Sebastian mientras doblaban por una calle lateral que los alejaba del centro de la ciudad, al advertir sus inquietas miradas.
—No dejo de pensar que veo a personas que conozco —admitió ella—. A Jace, o a los Lightwood.
—No creo que Jace haya abandonado la casa de los Penhallow desde que llegaron aquí. Parece pasar la mayor parte del tiempo escondiéndose en su habitación. Se hizo bastante daño en la mano ayer además…
—¿Se ha hecho daño en la mano? ¿Cómo?
Clary, olvidando mirar por dónde iba, tropezó con una piedra. La calzada por la que habían estado andando había pasado de adoquines a gravilla sin que ella lo advirtiera.
—Uy.
—Ya estamos —anunció Sebastian, deteniéndose frente a una valla alta de madera y alambre.
No había casas por allí; habían dejado atrás de un modo súbito el distrito residencial, y tan sólo aquella valla en un lado y una ladera pedregosa que marchaba en dirección al bosque en el otro.
La valla tenía una puerta, pero estaba cerrada con un candado. Sebastian sacó del bolsillo una gruesa llave de acero y abrió el portón.
—Regresaré en seguida con nuestro transporte.
Cerró la puerta detrás de él. Clary acercó el ojo a los listones. Por entre las aberturas pudo vislumbrar lo que parecía una casa baja de tablas rojas. Aunque no parecía tener realmente una puerta… o auténticas ventanas.
El portón se abrió y Sebastian reapareció, sonriendo de oreja a oreja. Sujetaba una correa en una mano: detrás de él avanzaba dócilmente un enorme caballo gris y blanco con una mancha en forma de estrella en la frente.
—¿Un caballo? ¿Tienes un caballo? —Clary le miró fijamente atónita—. ¿Quién tiene un caballo?
Sebastian acarició cariñosamente al caballo en el cuarto delantero.
—Gran cantidad de familias de cazadores de sombras tienen caballos en los establos que hay aquí en Alacante. Si te has fijado, no hay coches en Idris. No funcionan bien con todas las salvaguardas que hay por ahí—. Palmeó el pálido cuero de la silla del caballo, grabado con un emblema que mostraba a una serpiente acuática emergiendo de un lago en una serie de aros. El nombre Verlac estaba escrito debajo con esmerada caligrafía.
—Vamos, sube.
Clary retrocedió.
—Jamás he montado a un caballo antes.
—Yo seré quien montará a Caminante —la tranquilizó Sebastian—. Tú tan sólo iras sentada delante de mí.
El caballo resopló quedamente. Tenía unos dientes enormes, advirtió Clary con inquietud. Imaginó aquellos dientes hundiéndosele en la pierna y pensó en todas las niñas que había conocido en primaria que habían querido tener ponis. Se preguntó si estaban locas.
«Sé valiente —se dijo—. Es lo que tu madre haría.»
Inspiró profundamente.
—De acuerdo. Vamos.
La determinación de Clary de ser valiente duró cuanto tardó Sebastian —después de ayudarla a subir a la silla—en saltar sobre el caballo detrás de ella y hundirle los talones en los flancos. Caminante salió disparado como una bala, golpeando el suelo de grava con una energía que le envió violentas sacudidas que ascendían por su columna vertebral. Se aferró al trozo de silla que sobresalía hacia arriba delante de ella, hundiendo las uñas con fuerza suficiente para dejar marcas en el cuero.
La carretera por la que avanzaban se estrechó a medida que salían de la ciudad, y en aquel momento había terraplenes de gruesos árboles a ambos lados de ellos, muros de vegetación que impedían cualquier visión más amplia. Sebastian tiró de las riendas y el caballo detuvo su frenético galope. Los latidos del corazón de Clary aminoraron juntos el paso del animal. A medida que su pánico se desvanecía, la muchacha empezó, poco a poco, a ser consciente de la presencia de Sebastian a su espalda; el joven sostenía las riendas a ambos lados de ella, creando a su alrededor una especie de jaula con los brazos que le impedían sentir que podía resbalar fuera del caballo. Se sintió repentinamente muy consciente de la presencia del muchacho, no sólo de la fuerte energía de los brazos que la sujetaban, sino de que ella estaba recostada contra su pecho y que él olía, por algún motivo, a pimienta negra. No le resultó molesto; era aromático y agradable, muy diferente al olor de Jace a jabón y luz solar. Aunque no es que la luz del sol tuviera olor, en realidad, pero si lo tuviese…