—Esperaba que pudieras ayudarnos. Soy Sebastian Verlac, y ésta es Clarissa Morgenstern. Su madre es Jocelyn Fairchild…
—No me importa quién sea su madre —dijo Magnus—. No podéis verme sin una cita. Regresad más adelante. El próximo marzo estaría bien.
—¿Marzo? —Sebastian parecía horrorizado.
—Tienes razón —dijo Magnus—. Demasiado lluvioso. ¿Qué tal junio?
Sebastian se irguió en toda su estatura.
—NO creo que comprendas lo importante que es esto…
—Sebastian, no te molestes —dijo Clary con repugnancia—. Te está tomando el pelo. NO puede ayudarnos de todos modos.
Sebastian se mostró aún más confundido.
—Pero no veo por qué no puede…
—De acuerdo, eso es suficiente —dijo Magnus, y chasqueó los dedos una vez.
Sebastian se quedó paralizado donde estaba, la boca todavía abierta, la mano parcialmente extendida.
—¡Sebastian!
Clary alargó el brazo para tocarlo, pero estaba rígido como una estatua. Únicamente el leve movimiento ascendente y descendente del pecho indicaba que seguía vivo.
—¿Sebastian? —repitió ella, pero era inúticlass="underline" de algún modo, sabía que él no podía verla ni oírla.
Se volvió furiosa hacia Magnus.
—No puedo creer que acabes de hacer eso. ¿Qué demonios te sucede? ¿Es que lo que hay en esa pipa te ha derretido el cerebro? Sebastian pertenece a nuestro bando.
—Yo no tengo un bando, mi querida Clary —dijo Magnus haciendo un ademán con la pipa—. Y, en realidad, es culpa tuya que tuviese que congelarlo durante un corto espacio de tiempo. Estabas terriblemente cerca de contarle que no soy Ragnor Fell.
—Eso es porque tú no eres Ragnor Fell.
Magnus expulsó un chorro de humo por la boca y la contempló pensativo por entre la neblina.
—Ven —dijo—. Deja que te muestre algo.
Sostuvo la puerta de la pequeña casa abierta, indicándole que entrara. Con una última e incrédula mirada a Sebastian, Clary le siguió.
El interior de la casita de campo estaba a oscuras, pero la tenue luz diurna que penetraba por las ventanas fue suficiente para mostrar a Clary que se encontraba dentro de una gran habitación atestada de sombras negras. Había un olor curioso en el aire, como de basura quemándose. Efectuó un leve sonido estrangulado mientras Magnus alzaba la mano y volvía a chasquear los dedos una vez. Una intensa luz azul apareció en las yemas de sus dedos.
Clary lanzó una exclamación de sorpresa. La habitación estaba patas arriba: mobiliario hecho astillas, cajones abiertos y su contenido desperdigado. Páginas arrancadas de libros flotaban en el aire como cenizas. Incluso el cristal de la ventana estaba hecho añicos.
—Recibí un mensaje de Fell anoche —dijo Magnus—, pidiéndome que me reuniera aquí con él. Aparecí… y lo encontré así. Todo destruido, y este hedor a demonios por todas partes.
—¿Demonios? Pero los demonios no pueden entrar en Idris…
—Yo no he dicho que lo hayan hecho. Sólo te estoy contando lo que sucedió. —Magnus hablaba sin inflexión—. El lugar apestaba a algo demoníaco en origen. El cuerpo de Ragnor estaba en el suelo. No estaba muerto cuando lo dejaron, pero sí cuando yo llegué. —Volvió la cabeza hacia ella—. ¿Quién sabía que lo buscabas?
—Madeleine —musitó Clary—. Pero está muerta. Sebastian, Jace y Simon. Los Lightwood…
—Ah —dijo Magnus—. Si los Lightwood lo saben, la Clave puede perfectamente saberlo a estas horas, y Valentine tiene espías en la Clave.
—Debería haberlo mantenido en secreto en lugar de preguntar a todo el mundo por él —repuso Clary, horrorizada—. Es culpa mía. Debería haber advertido a Fell…
—Se me permite señalar —indicó Magnus—que tú no podías encontrarlo, lo que de hecho constituye motivo suficiente para que preguntaras a la gente por él. Mira, Madeleine… y tú… simplemente pensabais en Fell como alguien que podía ayudar a tu madre. No en alguien en quien Valentine podría estar interesado más allá de eso. Pero hay algo más. Valentine tal vez no sabía cómo despertar a tu madre, pero parece saber que lo que ella hizo para ponerse en ese estado guardaba conexión con algo que él deseaba muchísimo. Un libro de hechizos concreto.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Clary.
—Porque Ragnor me lo contó.
—Pero…
Magnus la interrumpió con un ademán.
—Los brujos tienen modos de comunicarse entre sí. Tenemos nuestros propios idiomas. —Alzó la mano que sostenía la llama azul—. Logos.
Letras de fuego, al menos de quince centímetros de altura cada una, aparecieron en las paredes como grabadas en la piedra con oro líquido. Las letras corrieron por las paredes, deletreando palabras que Clary no comprendió. Se volvió hacia Magnus.
—¿Qué dice?
—Ragnor lo hizo cuando supo que moría. Cuenta a cualquier brujo que venga en su busca lo sucedido. —Mientras Magnus se volvía, el resplandor de las ardientes letras dio una luz dorada a sus ojos de gato—. Le atacaron aquí sirvientes de Valentine. Le exigieron el Libro de lo Blanco. Aparte del Libro Gris, se encuentra entre los volúmenes más famosos de tema sobrenatural que se hayan escrito nunca. Tanto la receta para la poción que tomó Jocelyn como la receta del antídoto para ella están contenidas en ese libro.
Clary se quedó boquiabierta.
—¿De modo que estaba aquí?
—No. Pertenecía a tu madre. Todo lo que Ragnor hizo fue aconsejarle sobre dónde esconderlo de Valentine
—De modo que está…
—Está en la casa solariega de los Wayland. Los Wayland tenían su hogar muy cerca de donde Jocelyn y Valentine vivían; eran sus vecinos más próximos. Ragnor le sugirió a tu madre que ocultara el libro en su casa, donde Valentine jamás lo buscaría. En la biblioteca, de hecho.
—Pero Valentine vivió en la casa solariega de los Wayland durante muchos años después de eso —protestó Clary—. ¿No lo habrá encontrado?
—Estaba oculto dentro de otro libro. Uno que era improbable que Valentine abriera jamás. —Magnus sonrió malicioso—. Recetas sencillas para amas de casa. Nadie puede decir que tu madre no tuviera sentido del humor.
—Entonces ¿has ido a la casa de los Wayland? ¿Has buscado el libro?
Magnus negó con la cabeza.
—Clary, en esa casa hay salvaguardas que te envían en la dirección equivocada. Y no sólo mantienen alejada a la Clave; mantienen alejado a todo el mundo. Especialmente a los subterráneos. Tal vez si tuviese tiempo para trabajar en ellas, podría descifrarlas, pero…
—Entonces, ¿nadie puede entrar allí? —La desesperación le arañó el pecho—. ¿Es imposible?
—Yo no he dicho eso —repuso Magnus—. Se me ocurre al menos una persona que podría casi con toda seguridad entrar en la casa.
—¿Te refieres a Valentine?
—Me refiero al hijo de Valentine —dijo él.
Clary sacudió la cabeza.
—Jace no me ayudará, Magnus. No me quiere aquí. De hecho, dudo siquiera que quiera hablar conmigo.
Magnus la contempló meditabundo.
—Creo —dijo—que Jace haría cualquier cosa por ti, si tú se lo pidieras.
Clary abrió la boca y luego volvió a cerrarla. Recordó el modo en que Magnus siempre había parecido saber lo que Alec sentía por Jace, lo que Simon sentía por ella. Sus sentimientos hacia Jace debían de estar escritos en su rostro incluso ahora, y Magnus era un lector experto. Miró hacia otro lado.
—Digamos que convenzo a Jace para que venga a la casa conmigo y consiga el libro —dijo—. Entonces ¿qué? No sé cómo lanzar un hechizo, o preparar un antídoto…
Magnus lanzó un bufido.
—¿Es que crees que te estoy ofreciendo todo este asesoramiento gratis? Una vez que tengas en tus manos el Libro de los Blanco, quiero que me lo traigas directamente.
—¿El Libro? ¿Lo quieres?
—Es uno de los libros de hechizos más poderosos del mundo. Claro que lo quiero. Además, pertenece, por derecho, a los hijos de Lilith, no a los Raziel. Es un libro de brujo y debería estar en manos de un brujo.