Simon miró al techo. Las runas talladas en la piedra se solapaban unas a otras como arena compuesta por guijarros en una playa.
—Tendré que confiar en Jace cuando dice que encontrarán un modo de sacarme de aquí —contestó, y como Samuel no dijo nada en respuesta, agregó—: Le pediré que te saque también a ti, lo prometo. No te dejaré aquí abajo.
Samuel emitió un sonido estrangulado, como una carcajada que no consiguió salir del todo de la garganta.
—Bueno, no creo que Jace Morgenstern vaya a querer rescatarme —dijo—. Además, morirte de hambre aquí abajo es el menor de tus problemas, vampiro diurno. Muy pronto Valentine atacará la ciudad, y entonces es probable que acabemos todos muertos.
Simon pestañeó.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Durante un tiempo estuve muy unido a él. Conocía sus planes. Sus objetivos. Tiene intención de destruir las salvaguardas de Alacante y atacar a la Clave desde el corazón mismo de su poder.
—Pero yo pensaba que ningún demonio podía pasar a través de las salvaguardas. Pensaba que eran impenetrables.
—Eso se dice. Hace falta sangre de demonio para desactivas las salvaguardas, ¿sabes?, y sólo se puede hacer desde dentro de Alacante. Pero como ningún demonio puede cruzar las salvaguardas… bueno, es una paradoja perfecta, o debería serlo. Pero Valentine afirmaba que había encontrado un modo de sortear eso, un modo de abrirse paso al interior. Y yo le creo. Encontrará un modo de derribar las salvaguardas, entrará en la ciudad con su ejército de demonios y nos matará a todos.
La categórica certeza en la voz de Samuel provocó en Simon un escalofrío en la espalda.
—Es terrible lo resignado que pareces. ¿No deberías hacer algo? ¿Advertir a la Clave?
—Les advertí. Cuando me interrogaron. Les conté que Valentine pensaba destruir las salvaguardas, pero no me hicieron caso. La Clave cree que las salvaguardas resistirán eternamente porque han resistido durante mil años. Pero lo mismo pasó con Roma, hasta que llegaron los bárbaros. Todo cae algún día. —Rió: era un sonido amargo y enojado—. Considéralo una carrera para ver quién te mata primero, vampiro diurno: Valentine, los subterráneos o la Clave.
En algún punto del camino la mano de Clary fue arrancada de la de Jace. Cuando el huracán la escupió fuera y golpeó contra el suelo, lo golpeó sola, con fuerza, y rodó jadeando hasta detenerse.
Se sentó en el suelo despacio y miró a su alrededor. Estaba en el centro de una alfombra persa extendida sobre el suelo de una enorme habitación de paredes de piedra. Había muebles cubiertos de sábanas blancas que lo convertían en fantasmas jorobados y abultados. Cortinas de terciopelo se combaban sobre ventanales enormes; el terciopelo de un tono gris blanquecino debido al polvo, y las motas de polvo danzaban a la luz de la luna.
—¿Clary? —Jace emergió de detrás de una inmensa forma cubierta con una sábana blanca; podría haber sido un piano de cola—¿Estás bien?
—Perfectamente. —La muchacha se incorporó, haciendo una pequeña mueca. Le dolía el codo—. Aparte de que Amatis probablemente me matará cuando regrese. Si tenemos en cuenta que acabé con todos sus platos y abrí un Portal en su cocina.
Él le alargó la mano.
—Por si sirve de algo —dijo, ayudándola a ponerse en pie—, me has impresionado.
—Gracias. —Clary miró en derredor—. ¿Así que aquí es donde creciste? Parece sacado de un cuento.
—Yo pensaba en una película de terror —dijo Jace—. Cielos, han pasado años desde que vi este lugar por última vez. No acostumbraba a estar tan…
—¿Tan frío?
Clary tiritó un poco. Se abotonó el abrigo, pero el frío de la casa era tan solo un frío físico: el lugar producía una sensación de frío como si nunca hubiese habido calidez ni luz ni risas en su interior.
—NO —respondió Jace—; siempre fue frío. Iba a decir polvoriento.
Sacó una piedra de luz mágica del bolsillo y ésta se encendió entre sus dedos. El resplandor blanco resaltó las sombras bajo sus pómulos, los huecos en las sienes.
—Esto es el estudio, y nosotros necesitamos encontrar la biblioteca. Vamos.
La condujo fuera de la habitación por un largo pasillo cubierto de espejos que les devolvieron su reflejo. Clary no había advertido lo desaliñada que estaba: el abrigo repleto de polvo, el cabello enmarañado por el viento. Intentó alisárselo discretamente y captó la sonrisa burlona de Jace en el siguiente espejo. Por algún motivo, debido sin duda a una misteriosa magia de cazador de sombras que ella no tenía la menos esperanza de llegar a comprender, el pelo del joven permanecía perfecto.
El pasillo estaba bordeado de puertas, algunas de las cuales estaban abiertas; a través de ellas Clary pudo vislumbrar otras habitaciones, de aspecto tan polvoriento y sin usar con el del estudio. Michael Wayland no había tenido parientes, según Valentine, así que supuso que nadie había heredado el lugar tras su «muerte»; había dado por supuesto que Valentine había seguido viviendo allí, pero parecía evidente que no era así. Todo respiraba pesar y desuso. En Renwick, Valentine había llamado «hogar» a este lugar, se lo había mostrado a Jace en el espejo Portal, un recuerdo con marco dorado de campos verdes y piedras acogedoras; pero eso, se dijo Clary, también había sido una mentira. Estaba claro que Valentine no había vivido realmente allí en años… quizás simplemente lo había dejado allí para que se pudriera, o había acudido sólo muy de vez en cuando, para recorrer los débilmente iluminados pasillos como un fantasma.
Llegaron a una puerta en el extremo del pasillo y Jace la abrió con un empujón del hombro; luego dejó pasar primero a Clary al interior de la habitación. Ella se había estado imaginando la biblioteca del Instituto, y esa habitación no era muy diferente: las mismas paredes repletas con una hilera tras otra de libros, las mismas escalas montadas sobre ruedecitas para poder alcanzar los estantes elevados. El techo era plano y con vigas, aunque no cónico, y no había escritorio. Cortinas de terciopelo verde con los pliegues espolvoreados de polvo blanco colgaban sobre ventanas que alternaban vidrios de cristal verde y azul. A la luz de la luna centelleaban como escarcha de colores. Al otro lado del cristal todo estaba negro.
—¿Esto es la biblioteca? —preguntó a Jace en un susurro, aunque no estaba seguro de por qué susurraba.
Aquella enorme casa vacía transmitía una sensación de profunda quietud.
Él miraba más allá de ella, con los ojos oscurecidos por los recuerdos.
—Acostumbraba a sentarme en ese asiento empotrado bajo la ventana y leía lo que mi padre me hubiera asignado ese día. Idiomas diferentes en días diferentes… francés el sábado, inglés el domingo… aunque no consigo recordar ahora qué día era el del latín, si el lunes o el martes…
Clary tuvo una repentina imagen fugaz de Jace de niño, con un libro en equilibrio sobre las rodillas mientras permanecía sentado en el alféizar de la ventana, mirando al exterior a… ¿A qué? ¿Quizá había jardines? ¿Vistas? ¿Un alto muro de espinos como el muro que rodeaba el castillo de la Bella Durmiente? Le vio mientras leía; la luz que penetraba por la ventana proyectaba cuadrados de azul y verde sobre sus cabellos rubios y el menudo rostro se mostraba más serio de lo que debería estar el rostro de cualquier niño de diez años.
—No puedo recordarlo —volvió a decir él, clavando la vista en la oscuridad.
—No importa, Jace —le dijo ella, tocándole el hombro.
—Supongo que no.
Se sacudió, como si despertara de un sueño, y cruzó la habitación, con la luz mágica iluminándole el camino. Se arrodilló para inspeccionar una hilera de libros y se enderezó con uno de ellos en la mano.