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Recetas sencillas para amas de casa —dijo—. Aquí está.

Ella cruzó a toda prisa la habitación y lo tomó de sus manos. Era un libro de aspecto corriente con una tapa azul, polvoriento, como todo en la casa. Cuando lo abrió, el polvo se levantó en masa desde las páginas igual que una congregación de polillas.

Habían cortado un agujero grande y cuadrado en el centro del libro y, encajado en el agujero igual que una gema en un engaste, había un volumen más pequeño, del tamaño aproximado de un libro de bolsillo, encuadernado en cuero blanco con el título en latín impreso en letras doradas. Clary reconoció las palabras que significaban «blanco» y «libro», pero cuando lo alzó fuera de allí y lo abrió, descubrió con sorpresa que las páginas estaban cubiertas de una escritura tenue de trazos largos y delgados en un idioma que no consiguió comprender.

—Griego —dijo Jace, mirando por encima de su hombro—. De la variedad antigua.

—¿Puedes leerlo?

—No con facilidad —admitió él—. Han pasado años. Pero Magnus podrá, imagino.

Cerró el libro y lo deslizó dentro del bolsillo del abrigo verde de la joven antes de volverse de nuevo hacia los estantes y rozar apenas con los dedos las hileras de libros, mientras las yemas reseguían los lomos.

—¿Hay alguno que quieras llevarte? —preguntó ella con delicadeza—. Si quieres…

Jace rió y dejó caer la mano.

—Sólo se me permitía leer lo que se me asignaba —dijo—. Algunos de los estantes contenían libros que ni siquiera se me permitía tocar. —Señaló una hilera de libros, más arriba, encuadernados en idéntico cuero marrón—. Leí uno de ellos en una ocasión, cuando tenía unos seis años, simplemente para ver a qué venía tanto alboroto. Resultó ser un diario que mantenía mi padre. Sobre mí. Notas sobre «Mi hijo, Jonathan Christopher». Me azotó con su cinturón cuando descubrió que lo había leído. En realidad, fue la primera vez que supe que tenía un segundo nombre.

Una repentina punzada de odio hacia su padre recorrió a Clary.

—Bueno, Valentine no está aquí ahora.

—Clary… —Empezó a decir Jace, con una nota de advertencia en la voz: pero ella ya había alargado el brazo arriba y sacado de un violento tirón uno de los libros del estante prohibido, arrojándolo al suelo. Chocó contra él con un satisfactorio golpe sordo.

—¡Clary!

—¡Ah, vamos!

Volvió a hacerlo, derribando otro libro, y luego otro. Volutas de polvo se alzaban de las páginas a medida que chocaban contra el suelo.

—Ahora tú.

Jace la contempló durante un instante, y luego una media sonrisa asomó burlona en la comisura de su boca. Alzó el brazo, lo pasó por el estante y arrojó al suelo el resto de libros con un fuerte estrépito. Rió… y luego se interrumpió, alzando la cabeza, como un gato que irguiera las orejas ante un sonido distante.

—¿Oyes eso?

«Oír, ¿qué?», estuvo a punto de preguntar Clary, pero se contuvo. Sí que había un sonido, que aumentaba en intensidad: un runruneo y un chirrido agudos, como el sonido de una maquinaria poniéndose en marcha. El sonido parecía provenir del interior de la pared. Dio un involuntario paso atrás justo en el momento en que las piedras que tenían delante se deslizaban hacia atrás con un chillido quejoso y herrumbroso. Una abertura apareció tras las piedras: una especie de entrada, toscamente abierta en la pared.

Más allá de la entrada había una escalera que descendía a la oscuridad.

9

Esta sangre culpable

—No recordaba que aquí hubiese un sótano —dijo Jace, mirando más allá de Clary al agujero abierto en la pared.

Alzó la luz mágica, y su resplandor rebotó en el túnel que conducía hacia abajo. Las paredes eran negras y resbaladizas, construidas de una piedra lisa y oscura que Clary no reconoció. Los peldaños relucían como si estuviesen húmedos. Un olor extraño emergió a través de la abertura: frío y mohoso, con un raro matiz metálico que le puso los nervios de punta.

—¿Qué crees que podría haber ahí abajo?

—No lo sé.

Jace avanzó en dirección a la escalera; puso un pie sobre el peldaño superior para probarlo, y luego se encogió de hombros como si hubiese tomado una decisión. Empezó a descender los peldaños, moviéndose con cuidado. Descendió unos cuantos, volvió la cabeza y alzó los ojos hacia Clary.

—¿Vienes? Puedes esperarme aquí arriba si lo prefieres.

Ella echó un vistazo a la biblioteca vacía, se estremeció y avanzó presurosa tras él.

La escalera descendía girando sobre sí misma en círculos cada vez más cerrados, como si se estuviesen abriendo paso al interior de una enorme caracola. El olor se intensificó cuando llegaron al pie, y los peldaños se ensancharon finalizando en una gran habitación cuadrada cuyas paredes de piedra estaban surcadas con las marcas dejadas por la humedad… y otras manchas más oscuras. El suelo estaba lleno de marcas garabateadas: un revoltijo de pentagramas y runas con piedras blancas desperdigadas aquí y allá.

Jace dio un paso al frente y los pies aplastaron algo. Él y Clary miraron abajo al mismo tiempo.

—Huesos —susurró Clary.

No se trataba de piedras blancas después de todo, sino de huesos de todas las formas y tamaños desperdigados por el suelo.

—¿Qué debía de hacer él aquí abajo?

La luz mágica brillaba en la mano de Jace, proyectando su fantasmagórico resplandor sobre la habitación.

—Experimentos —contestó Jace en una voz seca y tensa—. La reina seelie dijo…

—¿Qué clase de huesos son éstos? —La voz de Clary se elevó—. ¿Son huesos de animales?

—No —Jace dio una patada a un montón de huesos que tenía a los pies, desperdigándolos—; no todos.

Clary sintió una opresión en el pecho.

—Creo que deberíamos regresar.

En lugar de eso Jace levantó la luz mágica que tenía en la mano. Llameó con fuerza y luego con mayor intensidad aún, iluminando el aire con un crudo fulgor blanco. Las esquinas más alejadas de la habitación quedaron claramente enfocadas. Tres de ellas estaban vacías. La cuarta quedaba tapada por una tela que colgaba. Había algo detrás de la tela, una forma jorobada…

—Jace —musitó Clary—. ¿Qué es eso?

Él no respondió. De pronto tenía un cuchillo serafín en la mano libre; Clary no sabía cuando lo había sacado, pero brillaba en la luz mágica como un cuchillo de hielo.

—Jace, no lo hagas —dijo, pero era demasiado tarde… el joven avanzó con zancadas decididas y dio un brusco tirón lateral a la tela con la punta del arma; luego la agarró y la lanzó al suelo con una violenta sacudida. Cayó en medio de una creciente nube de polvo.

Jace retrocedió tambaleante; la luz mágica se cayó de su mano. Mientras la refulgente luz caía, Clary captó una única visión fugaz de su rostro: era una blanca máscara de horror. La muchacha agarró la luz mágica antes de que pudiese apagarse y la alzó bien arriba, desesperada por ver qué podría haber conmocionado a Jace —al imperturbable Jace—hasta tal extremo.

Al principio todo lo que vio fue la forma de un hombre… un hombre envuelto en un sucio trapo blanco, acurrucado en el suelo. Unos grilletes le rodeaban muñecas y tobillos, sujetos a gruesas argollas clavadas en el suelo de piedra. «¿Cómo puede estar vivo?», pensó Clary, horrorizada, y sintió bilis ascendiéndole por la garganta. La piedra-runa le tembló en la mano, y la luz danzó a retazos sobre el prisionero. Vio unos brazos y piernas demacrados, desfigurados por todas partes con las señales de incontables torturas. Un rostro que era como una calavera se volvió hacia ella, con negras cuencas vacías allí donde deberían haber estado los ojos… y entonces se oyó un crujido seco, y advirtió que lo que había creído que era un trapo blanco en realidad eran unas alas, alas blancas elevándose tras su espalda en dos medias lunas de un blanco inmaculado, lo único inmaculado en aquella habitación inmunda.