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El anillo de los Morgenstern. Era el único anillo que había centelleado en la mano de Valentine en el sueño que el ángel les había mostrado. Le había pertenecido a él, y se lo había entregado a Jace como se había transmitido siempre, de padre a hijo.

—Lo siento —dijo Jace; le recorrió la línea de la mejilla con la yema del dedo, con una soñadora intensidad en la mirada—. Había olvidado que llevaba esta maldita cosa.

Un frío repentino inundó las venas de Clary.

—Jace —dijo en voz baja—. Jace, no.

—No ¿qué? ¿Que no lleve el anillo?

—No, no…, no me toques. Para durante un segundo.

El rostro del joven quedó totalmente inmóvil. Las preguntas habían ahuyentado la ensoñadora confusión de sus ojos, pero no dijo nada, se limitó a retirar la mano.

—Jace —volvió a decir ella—. ¿Por qué? ¿Por qué ahora?

Los labios de Jace se abrieron sorprendidos y ella pudo ver una línea oscura allí donde se había mordido el labio inferior, o a lo mejor había sido ella quien le había mordido.

—¿Por qué ahora qué?

—Dijiste que no había nada entre nosotros. Que si nosotros…, si nosotros nos permitíamos sentir lo que deseábamos sentir, estaríamos haciendo daño a todas las personas que nos importaban.

—Te lo dije. Mentía. —Sus ojos se dulcificaron—. ¿Crees que no quiero…?

—No —dijo ella—. No, no soy estúpida, sé que sí. Pero cuando has dicho que ahora finalmente comprendes por qué sientes de ese modo por mí, ¿qué querías decir?

No era que ella no lo supiese, se dijo, pero tenía que preguntarle, tenía que oírle decirlo.

Jace le agarró las muñecas y le alzó las manos hasta su rostro, entrelazando sus dedos con los de él.

—¿Recuerdas lo que te dije en casa de los Penhallow? —preguntó—. ¿Qué jamás piensas en lo que haces antes de hacerlo, y que es por eso que destrozas todo lo que tocas?

—No, lo había olvidado. Gracias por recordármelo.

Él apenas pareció advertir el sarcasmo en su voz.

—No estaba hablando sobre ti, Clary. Hablaba de mí. Así es como soy yo. —Volvió levemente la cabeza y los dedos de Clary resbalaron por su mejilla—. Al menos ahora sé por qué. Sé qué es lo que me sucede. Y quizá…, quizá por eso te necesito tanto. Porque si Valentine me convirtió en un monstruo, entonces supongo que a ti te convirtió en una especie de ángel. Y Lucifer amaba a Dios, ¿no es cierto? Eso dice Milton, al menos.

Clary inhaló profundamente.

—Yo no soy un ángel. Tú ni siquiera sabes para qué usó Valentine la sangre de Ithuriel; a lo mejor la quería para sí mismo…

—Dijo que la sangre era para «mí y los míos» —dijo Jace en voz baja—. Eso explica por qué tú puedes hacer lo que puedes hacer, Clary. La reina seelie dijo que ambos éramos experimentos. No sólo yo.

—No soy un ángel, Jace —repitió ella—. No devuelvo los libros a la biblioteca. Me bajo música de Internet. Le miento a mi madre. Soy totalmente corriente.

—Para mí no.

Bajó los ojos hacia ella y su rostro flotó contra un telón de fondo de estrellas. No había nada de su acostumbrada arrogancia en su expresión; jamás le había parecido tan indefenso, pero incluso aquella indefensión estaba mezclada con un odio a sí mismo que discurría tan profundo como una herida.

—Clary…

—Aparta de mí —dijo ella.

—¿Qué?

El denso de sus ojos se resquebrajó en un millar de pedazos como los fragmentos del Portal espejo de Renwick, y por un momento su expresión fue de desconcertada sorpresa. Ella apenas podía soportar mirarle y seguir negándose. No podía mirarle… Incluso aunque no hubiese estado enamorada de él, aquella parte de ella que era la hija de su madre, que amaba todas las cosas hermosas simplemente por su belleza, le habría querido de todos modos.

Y era precisamente por ser la hija de su madre que aquello era imposible.

—Ya me has oído —dijo—. Y deja en paz mis manos.

Las retiró violentamente, cerrándolas en crispados puños para impedir que temblaran.

Él no se movió. Sus labios se tensaron, y por un momento ella volvió a ver aquella luz de depredador en sus ojos, aunque ahora estaba mezclada con cólera.

—Supongo que no querrás decirme por qué…

—Crees que sólo me quieres porque eres malvado, no humano. Sólo buscas otro motivo para odiarte. No dejaré que me utilices para demostrar lo despreciable que eres.

—Yo nunca he dicho eso. Jamás he dicho que te estuviese utilizando.

—Estupendo —replicó ella—. Ahora dime que no eres un monstruo. Dime que no hay nada de malo en ti. Y dime que me querrías incluso si no tuvieses sangre de demonio.

«Porque no tengo sangre de demonio. Y sin embargo te quiero.»

Las miradas de ambos se trabaron, la de él ciegamente enfurecida; por un momento ninguno respiró, y entonces él se apartó violentamente de ella, maldiciendo, y se puso en pie a toda prisa. Recogió su camisa de la hierba y se la pasó por la cabeza, con la mirada iracunda aún. Tiró de la prenda hacia abajo sobre los tejanos y le dio la espalda para buscar la cazadora.

Clary se puso en pie, tambaleándose un poco. El cortante aire hizo que se le pusiera en carne de gallina los brazos. Sentía las piernas como si estuviesen hechas de cera medio derretida. Abrochó los botones del abrigo con los dedos entumecidos, reprimiendo el impulso de echarse a llorar. Llorar no ayudaría a nadie en aquel momento.

El aire seguía lleno de polvo y cenizas en movimiento, la hierba a su alrededor estaba cubierta de escombros desperdigados: trozos de muebles destrozados, las hojas de libros volando lastimeramente en el viento, astillas de madera dorada, un pedazo de casi media escalera, misteriosamente intacta. Clary se volvió para mirar a Jace; éste pateaba trozos de desechos con salvaje satisfacción.

—Bueno —dijo—, la hemos fastidiado bien.

No era lo que ella habría esperado. Pestañeó.

—¿Qué?

—¿Recuerdas? Perdiste mi estela. Ahora no hay ninguna posibilidad de que dibujes un Portal. —Pronunció las palabras con amargo placer, como si la situación le satisficiera de algún modo extraño—. No tenemos otro modo de regresar. Vamos a tener que andar.

No habría sido una caminata placentera ni bajo circunstancias normales. Acostumbrada a las luces de la ciudad, Clary no podía creer lo oscuro que estaba Idris por la noche. Las espesas sombras negras que bordeaban la carretera a ambos lados parecían plagadas de elementos apenas visibles, e incluso con la luz mágica de Jace sólo podía ver a unos pocos metros por delante de ellos. Echaba de menos sonidos de la ciudad. Todo lo que podía oír en aquellos momentos era el continuo crujir de las botas de ambos sobre la grava y, de vez en cuando, su propio aliento resoplando sorprendido cuando tropezaba con una roca suelta.

Al cabo de unas pocas horas los pies le empezaron a doler y sintió la boca seca como un pergamino. El aire se había tornado muy frío, y marchaba encogida, tiritando, con las manos bien metidas en los bolsillos. Pero incluso todo aquello habría resultado soportable si al menos Jace le hubiese estado hablando. No le había dicho ni una palabra desde que habían abandonado la casa solariega salvo para darle indicaciones en tono brusco, diciéndole en qué dirección girar en una encrucijada del camino, u ordenándole que rodeara un bache. Incluso entonces dudaba de que a él le hubiese importado mucho que ella se hubiese caído en el bache, excepto porque los habría retrasado.

Finalmente, el cielo empezó a aclarar por el este. Clary, dando traspiés medio dormida, alzó la cabeza sorprendida.

—Es temprano para que amanezca.

Jace la contempló con desabrido desdén.

—Eso es Alacante. El sol no saldrá hasta dentro de tres horas al menos. Ésas son las luces de la ciudad.

Demasiado aliviada ante la idea de que ya estaban casi en casa para que le importase su actitud, Clary apresuró el paso. Doblaron un recodo y se encontraron andando por un amplio sendero de tierra abierto en la ladera de una colina. Serpenteaba siguiendo la curva de la ladera y desparecía tras un recodo a lo lejos. Aunque la ciudad todavía no era visible, el aire se había vuelto más luminoso, y un peculiar resplandor rojizo surcaba el cielo.