La persona de la escalera seguía sollozando. El sonido los siguió mientras regresaban a toda prisa a la casa de los Penhallow. La calle seguía vacía de demonios, pero podían oír explosiones, gritos, y el correr de los pies resonando desde las sombras de otras calles oscurecidas. Mientras ascendían los peldaños de la entrada de los Penhallow, Isabelle echó un vistazo atrás justo a tiempo de ver cómo un largo tentáculo serpenteante salía de repente de entre las dos casas y se llevaba a la mujer que sollozaba en los escalones de la entrada. Los sollozos se convirtieron en chillidos. Isabelle intentó dar media vuelta, pero Alex ya la había agarrado y la empujaba por delante de él al interior de la casa, cerrando de un portazo y corriendo el cerrojo de la puerta principal tras ellos. La casa estaba a oscuras.
—He apagado las luces. No quería atraer a ningún otro —explicó Alec, empujando a Isabelle por delante de él al interior de la sala de estar.
Max estaba sentado en el suelo junto a la escalera, abrazándose las rodillas. Sebastian estaba junto a la ventana, clavando troncos de madera que había cogido de la chimenea sobre el agujero abierto en el cristal.
—Ya está —dijo, apartándose un poco y dejando que el martillo cayera sobre el estante—. Esto debería aguantar un tiempo.
Isabelle se dejó caer junto a Max y le acarició los cabellos.
—¿Estás bien?
—No —tenía los ojos muy abiertos y asustados—; he intentado mirar por la ventana, pero Sebastian me ha dicho que me agachara.
—Sebastian tenía razón —dijo Alec—. Había demonios en la calle.
—¿Todavía están aquí?
—No, pero aún hay algunos en la ciudad. Tenemos que pensar lo que vamos a hacer.
Sebastian se mostraba preocupado.
—¿Dónde está Aline?
—Ha salido corriendo —explicó Isabelle—. Ha sido culpa mía. Debería haber…
—No ha sido culpa tuya. Sin tu intervención ahora estaría muerta. —Alec hablaba en un tono firme—. Mira, no tenemos tiempo para reproches. Voy a ir tras Aline. Quiero que los tres os quedéis aquí. Isabelle, cuida de Max. Sebastian, acaba de asegurar la casa.
—¡No quiero que salgas ahí fuera solo! —Isabelle alzó la voz, indignada—. Llévame contigo.
—Yo soy el mayor. Se hará lo que yo diga. —El tono de Alec era tranquilo—. Existe la posibilidad de que nuestros padres regresen en cualquier momento del Gard. Cuantos más de nosotros estemos aquí, mejor. Sería demasiado fácil que quedásemos separados ahí fuera. No voy a correr ese riesgo, Isabelle. —Dirigió la mirada a Sebastian—. ¿Lo comprendes?
Sebastian ya había sacado su estela.
—Me dedicaré a salvaguardar la casa con Marcas.
—Gracias.
Alec estaba ya a medio camino de la puerta; volvió la cabeza y miró a Isabelle. Ella cruzó la mirada con su hermano durante una fracción de segundo. Luego él desapareció.
—Isabelle. —Era la débil voz de Max—. Te sangra la muñeca.
La muchacha bajó la mirada. No recordaba haberse herido la muñeca, pero Max tenía razón: la sangre ya había manchado la manga de su chaqueta blanca. Se puso en pie.
—Voy a coger mi estela. Regresaré en seguida y te ayudaré con las runas, Sebastian.
—Me iría bien algo de ayuda —asintió él—. Las runas no son mi especialidad.
Isabelle subió a su cuarto sin preguntarle cuál era su especialidad. Se sentía exhausta, necesitaba desesperadamente de una Marca energética. Podía hacer una ella misma si era necesario, aunque Alec y Jace siempre habían sido mejores con aquella clase de runas.
Una vez en su habitación, revolvió sus cosas en busca de la estela y de unas cuantas armas extras. Mientras introducía cuchillos serafín en la parte superior de las botas, pensaba en Alec y en la mirada que habían compartido mientras él salía por la puerta. No era la primera vez que había contemplado cómo su hermano partía sabiendo que quizá no volvería a verle jamás. Era algo que aceptaba, que siempre había aceptado, como parte de su vida; hasta que conoció a Clary y a Simon jamás habría pensado que para la mayoría de las personas, desde luego, no era así. Los demás no vivían con la muerte como constante compañera, como un frío aliento en la nuca incluso en los días más normales. Siempre había sentido desprecio por los mundanos, como los demás cazadores de sombras; siempre había creído que eran blandos, estúpidos, como corderos autocomplacientes. Ahora se preguntó si todo aquel odio no provenía de los celos. Debía de ser agradable no sentir, cada vez que alguien en tu familia se marchaba, la preocupación de que tal vez no regresaría jamás.
Había descendido ya la mitad de la escalera, estela en mano, cuando percibió algo que no estaba en orden. Encontró la sala de estar vacía. A Max y a Sebastian no se los veía por ninguna parte. Había una Marca de protección a medio terminar en uno de los troncos que Sebastian había clavado sobre la ventana rota. El martillo que había usado había desaparecido.
Sintió un nudo en el estómago.
—¡Max! —gritó, girando en un círculo—. ¡Sebastian! ¿Dónde estáis?
La voz de Sebastian le contestó desde la cocina.
—Isabelle… aquí dentro.
El alivio la inundó, dejándola aturdida.
—No tiene gracia, Sebastian —dijo, entrando decidida en la cocina—. Pensaba que estabas…
Dejó que la puerta se cerrara detrás de ella. La cocina estaba oscura, más oscura que la sala de estar. Forzó la vista para ver a Sebastian y a Max, pero no vio nada excepto sombras.
—¿Sebastian? —La incertidumbre se apoderó de su voz—. Sebastian, ¿qué haces aquí dentro? ¿Dónde está Max?
—Isabelle.
Le pareció que algo se movía, una sombra oscura recortada contra sombras más claras. La voz del muchacho era suave, amable, casi encantadora. No había reparado hasta aquel momento en la voz tan hermosa que tenía.
—Isabelle, lo siento.
—Sebastian, estás actuando de un modo raro. Para.
—Siento que seas tú —dijo él—. Verás, de entre todos ellos, tú eras la que mejor me caía.
—Sebastian…
—De entre todos ellos —volvió a decir, con la misma voz queda—, pensaba que tú eras la más parecida a mí.
Entonces, Sebastian dejó caer el puño, en el que sujetaba un martillo.
Alec corrió a toda velocidad por las calles oscuras que ardían, llamando una y otra vez a Aline. Al abandonar el distrito de Princewater y penetrar en el corazón de la ciudad, su pulso se aceleró. Las calles eran como un cuadro del Bosco que hubiese cobrado vida: llenas de criaturas: llena de criaturas macabras y grotescas y escenas de repentina y horrenda violencia. Desconocidos aterrorizados empujaban a Alec a un lado sin mirar y pasaban corriendo por su lado, chillando, sin un destino aparente. El aire apestaba a humo y demonios. Algunas casas estaban en llamas; otras tenían ventanas rotas. Los adoquines centelleaban cubiertos de cristales rotos. Mientras se acercaba a un edificio, comprobó que lo que le había parecido un trozo de pintura descolorida era una enorme franja de sangre fresca que había salpicado el enlucido. Giró en redondo, mirando en todas direcciones, pero no vio nada que lo explicara; con todo, se alejó tan deprisa como pudo.
Sólo Alec, de entre todos los hijos de los Lightwood, recordaba Alacante. Era aún pequeño cuando se marcharon de allí, pero sin embargo todavía conservaba recuerdos de las relucientes torres, de las calles llenas de nieve en invierno, de cadenas de luz mágica engalanando las tiendas y casas, de agua chapoteando en la fuente de la sirena en el Salón. Siempre había sentido una extraña punzada en el corazón al pensar en Alacante, cierta dolorosa esperanza de que su familia regresara un día al lugar al que pertenecían. Ver la ciudad de este modo representaba la muerte de toda dicha. Al doblar hacia una avenida más amplia, una de las calles que discurrían desde el Salón de los Acuerdos, vio una jauría de demonios belial que se escabullían por una entrada en arco, siseando y aullando. Arrastraban algo tras ellos… Algo que se retorcía y se contraía mientras resbalaba por la calle de adoquines. Echó a correr adelante, pero los demonios ya se habían marchado. Encogida contra la base de un pilar había una forma inerte que derramaba un delgado rastro de sangre. Cristales rotos crujieron como guijarros bajo las botas cuando Alec se arrodilló para darle la vuelta al cuerpo. Le bastó una única ojeada al rostro morado y deformado; se estremeció y se alejó de allí, dando gracias porque no fuese nadie que conociera.