«Un monstruo. —Clary pensó en Valentine en el barco, en lo que había dicho allí—: “Tu madre me dijo que yo había convertido a su primer hijo en un monstruo. Me abandonó antes de que pudiera hacer lo mismo con el segundo”.»
«Jace.» Pensar en él le produjo un dolor agudo. «Después de lo que Valentine hizo, va y se queda ahí parado hablando de monstruos…»
—El único monstruo que hay en este Salón —dijo, muy a su pesar y también a pesar de su decisión de permanecer callada—eres tú. Vi a Ithuriel —siguió cuando él volvió la cabeza para mirarla sorprendido—Lo sé todo…
—Lo dudo —replicó Valentine—; si fuera así, mantendrías la boca cerrada. Por el bien de tu hermano, y por el tuyo.
«¡No menciones a Jace!», quiso gritarle, pero otra voz surgió para interrumpir la suya, una fría e inesperada voz femenina, valiente y llena de amargura.
—¿Y qué hay de mi hermano?
Amatis fue a colocarse a los pies del estrado, alzando los ojos hacia Valentine. Luke dio un respingo de sorpresa y sacudió la cabeza en dirección a ella, pero Amatis le ignoró.
Valentine arrugó la frente.
—¿Qué pasa con Lucian?
Clary percibió que la pregunta de Amatis lo había desconcertado, o tal vez era simplemente que Amatis estaba allí, preguntando, enfrentándose a él. Valentine la había despreciado años atrás por débil, como alguien con pocas probabilidades de desafiarle. A Valentine no le gustaba que la gente le sorprendiese.
—Me dijiste que ya no era mi hermano —dijo Amatis—. Te llevaste a Stephen de mi lado. Destruiste mi familia. Dices que no eres enemigo de los nefilim, pero nos enfrentas a unos contra otros, familia contra familia, destrozando nuestras vidas sin escrúpulos. Dices que odias a la Clave, pero eres tú quién los convirtió en lo que son ahora: mezquinos y paranoicos. Los nefilim acostumbrábamos a confiar los unos en los otros. Fuiste tú quien lo cambió. Jamás te perdonará por ello. —La voz le tembló—. Ni por hacer que tratara a Lucia como si ya no fuese mí hermano. No te perdonaré tampoco por eso. Ni me perdonaré a mi misma por escucharte.
—Amatis…
Luke dio un paso al frente, pero su hermana alzó una mano para detenerlo. Brillaban lágrimas en sus ojos, pero mantenía la espalda erguida y su voz era firme y decidida.
—Hubo un tiempo en el que todos estábamos dispuestos a escucharte, Valentine —dijo—. Y todos tenemos eso clavado en nuestras conciencias. Pero ya no. Ese tiempo acabó. ¿Hay alguien aquí que no esté de acuerdo conmigo?
Clary irguió con energía la cabeza y miró a los cazadores de sombras allí congregados: le parecieron el tosco esbozo de una multitud con manchones blancos por caras. Vio a Patrick Penhallow, con la mandíbula erguida, y al Inquisidor, que temblaba como un frágil árbol ante un fuerte viento. Y a Malachi, cuyo rostro oscuro y refinado resultaba extrañamente ilegible.
Nadie dijo una palabra.
Si Clary había esperado que Valentine se enfureciera ante tal falta de respuesta por parte de los nefilim a los que había esperado liderar, se vio decepcionada. Aparte de una ligera crispación en el músculo de la mandíbula, se mostró inexpresivo. Como si hubiese esperado esa respuesta. Como si hubiese planeado que fuese así.
—Muy bien —dijo—. Si no queréis atender a razones, tendréis que hacerlo por la fuerza. Ya os he mostrado que puedo desactivar las salvaguardas que rodean vuestra ciudad. Veo que las habéis vuelto a colocar, pero eso no tiene importancia; volveré a inutilizarlas sin problemas. O accedéis a mis exigencias u os enfrentaréis a todos los demonios que la Espada Mortal pueda invocar. Les diré que no le perdonen la vida ni a uno solo de vosotros, hombre, mujer o niño. Vosotros elegís.
Un murmullo recorrió la habitación; Luke le miraba atónito.
—¿Destruirías deliberadamente a los tuyos, Valentine?
—En ocasiones hay que sacrificar selectivamente a las plantas enfermas para proteger todo el jardín —dijo Valentine—. Y si todas, sin excepción, están enfermas…—Se volvió para contemplar a la horrorizada multitud—. Vosotros elegís —prosiguió—. Tengo la Copa Mortal. Si debo hacerlo, empezaré desde el principio con un nuevo mundo de cazadores de sombras, creados y adiestrados por mí. Pero os puedo dar esta oportunidad. Si la Clave me cede todos los poderes del Consejo a mí y acepta mi inequívoca soberanía y gobierno, me contendré. Todos los cazadores de sombras efectuarán un juramento de obediencia y aceptarán una runa de lealtad permanente que los ligue a mí. Éstos son mis términos.
Se produjo el silencio. Amatis tenía la mano sobre la boca; el resto de la sala dio vueltas ante los ojos de Clary en una arremolinada masa borrosa. «No pueden rendirse a él —pensó—. No pueden.» Pero, ¿qué elección tenían? ¿Qué elección tuvo nunca ninguno de ellos? «Valentine los tiene atrapados —pensó sin ánimo—, tan indudablemente como Jace y yo estamos atrapados por aquello en lo que nos convirtió. Estamos todos encadenados a él por nuestra propia sangre.»
Transcurrió sólo un momento, aunque a Clary le pareció como una hora, antes de que una voz débil se abriera paso entre el silencio: la voz aguda y trémula del Inquisidor.
—¿Soberanía y Gobierno? —chilló—. ¿Tu gobierno?
—Aldertree…
El Cónsul se movió para detenerlo, pero el Inquisidor fue demasiado rápido. Se liberó con una violenta torsión y corrió en dirección al estrado. Decía algo a gritos, las mismas palabras una y otra vez, como si hubiese perdido totalmente el juicio, con los ojos prácticamente en blanco. Apartó a Amatis de un empujón y ascendió tambaleante los peldaños para colocarse ante Valentine.
—Yo soy el Inquisidor, ¿entiendes?, ¡el Inquisidor! —chilló—. ¡Soy parte de la Clave! ¡El Consejo! ¡Yo hago las normas, no tú! ¡Yo gobierno, no tú! No voy a permitir que te salgas con la tuya, canalla advenedizo, amante de los demonios…
Con una expresión muy parecida al aburrimiento, Valentine alargó una mano, casi como si quisiera tocar al Inquisidor en el hombro. Pero Valentine no podía tocar nada —era simplemente una proyección—y entonces Clary lanzó un grito ahogado cuando la mano de Valentine pasó a través de la piel, huesos y carne del Inquisidor, desapareciendo en su tórax. Hubo un segundo —únicamente un segundo—durante el cual todo el Salón pareció contemplar boquiabierto el brazo izquierdo de Valentine, enterrado en algún modo hasta la muñeca, increíblemente, en el pecho de Aldertree. Entonces Valentine movió violenta y bruscamente la muñeca hacia la izquierda… efectuando una torsión, como si girara un obstinado pomo oxidado.
El Inquisidor profirió un único grito y se desplomó como una piedra.
Valentine retiró la mano. La cara lana del traje que llevaba estaba pegajosa de sangre hasta la mitad del antebrazo. Bajó la mano ensangrentada, contempló a la horrorizada multitud y posó por fin su mirada en Luke.
—Os daré hasta mañana a medianoche para que consideréis mis condiciones. En ese momento traeré a mi ejército, con todos sus efectivos, a la llanura Brocelind. Si para entonces no he recibido aún un mensaje de rendición de la Clave, marcharé con mi ejército hasta Alacante, y esta vez no dejaremos nada con vida. Tenéis ese tiempo para considerar mis condiciones. Usadlo sabiamente.
Y dicho eso, desapareció.
14
En el Bosque Oscuro
—Vaya, ¿qué os parece? —dijo Jace, todavía sin mirar a Clary; en realidad no la había mirado desde que ella y Simon habían llegado a la puerta principal de la casa en la que habitaban ahora los Lightwood.
Estaba recostado contra una de las altas ventanas de la sala de estar, mirando al exterior en dirección al cielo, que se oscurecía rápidamente.
—Uno asiste al funeral de su hermano de nueve años y se pierde toda la diversión.