—Isabelle —dijo Simon.
Le había costado encontrar la puerta de la muchacha, pero el grito de «¡Lárgate!» que había emanado de detrás de aquélla lo convenció de que había encontrado al fin la correcta.
—Isabelle, déjame entrar.
Sonó un golpe amortiguado y la puerta retumbó levemente, como si Isabelle hubiese arrojado algo contra ella. Posiblemente un zapato.
—No quiero hablar contigo ni con Clary. No quiero hablar nadie. Déjame sola, Simon.
—Clary no está aquí —dijo Simon—. Y no me voy a air hasta que hables conmigo.
—¡Alec! —aulló Isabelle—. ¡Jace! ¡Haced que se vaya!
Simon aguardó. No llegó ningún sonido procedente de abajo. O bien Alec se había ido o trataba de pasar inadvertido.
—No están aquí, Isabelle. Sólo estoy yo.
Hubo un silencio. Finalmente, Isabelle volvió a hablar. Esta vez su voz sonó mucho más próxima, como si estuviese justo al otro lado de la puerta.
—¿Estás solo?
—Estoy solo —dijo Simon.
La puerta se abrió con un chasquido. Isabelle estaba allí de pie con una combinación negra; los cabellos sueltos y enredados caían sobre sus hombros. Simon no la había visto nunca de aquel modo; descalza, con el pelo sin peinar y sin maquillaje.
—Puedes entrar.
Simon pasó a la habitación. A la luz que entraba por la puerta pudo ver que daba la impresión, como habría dicho su madre, que un tornado hubiese pasado por allí. En el suelo había ropa esparcida en montones y una bolsa de lona abierta como si hubiese estallado. El brillante látigo de plata y oro de Isabelle estaba colgado de un poste de la cama, y un sujetador de encaje blanco colgaba de otro. Simon desvió la mirada. Las cortinas estaban corridas; las lámparas, apagadas.
Isabelle se dejó caer sobre el borde de la cama y le miró con amarga diversión.
—Un vampiro que se ruboriza. Quién lo habría imaginado. —Alzó la barbilla—. Bien, te he permitido entrar. ¿Qué quieres?
A pesar de su iracunda mirada, Simon se dijo que parecía más joven de lo acostumbrado, con aquellos ojos enormes y negros en el blanco rostro crispado. Pudo ver las cicatrices blancas que le recorrían la pálida piel, sobre los brazos desnudos, la espalda y las clavículas, incluso las piernas. «Si Clary continúa siendo cazadora de sombras —pensó—, un día tendrá este aspecto, con cicatrices por todas partes.» La idea no lo alteró como lo hubiera hecho en el pasado. Había algo en el modo en que Isabelle mostraba sus cicatrices, como si estuviera orgullosa de ellas.
La muchacha tenía algo en las manos, algo a lo que daba vueltas y más vueltas entre los dedos. Era algo pequeño que centelleaba de un modo opaco en la penumbra. Por un momento pensó que podría ser una alhaja.
—Lo que le sucedió a Max —dijo Simon—no fue culpa tuya.
Ella no le miró. Tenía la vista fija en el objeto que tenía en las manos.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó, y lo sostuvo en algo.
Parecía ser un pequeño soldado de juguete tallado en madera. «Un cazador de sombras de juguete —advirtió Simon—, con el equipo pintado en negro y todo.» El destello plateado que había percibido era la pintura de la pequeña espada que empuñaba; estaca casi totalmente borrada.
—Era de Jace —dijo, sin aguardar a que él contestara—. Era el único juguete que tenía cuando llegó a Idris. No sé, a lo mejor antes había formado parte de un juego con otras figuras. Yo creo que lo hizo él mismo, pero jamás nos explicó gran cosa sobre él. Tenía por costumbre llevarlo a todos lados consigo cuando era pequeño, siempre en un bolsillo o en alguna otra parte. Un día reparé en que Max lo llevaba con él. Jace debía de tener unos trece años por entonces. Se lo dio a Max, imagino, cuando se hizo demasiado mayor para llevarlo. Sea como sea, estaba en la mano de Max cuando lo encontraron. Era como si lo hubiese cogido para aferrarse a él cuando Sebastian… Cuando él… —Se interrumpió.
El esfuerzo que Isabelle había para no llorar era visible; su boca estaba apretada en una mueca, como si se estuviese esforzando.
—Yo debería haber estado allí protegiéndolo. Yo debería haber estado allí para que él se aferrase a mí, no a un estúpido juguete de madera.
Lo arrojó sobre la cama con ojos brillantes.
—Estabas inconsciente —protestó Simon—. Casi mueres, Izzy. No había nada que pudieras hacer.
Isabelle negó con la cabeza y los enmarañados cabellos rebotaron sobre sus hombros. Tenía un aspecto feroz y salvaje.
—¿Qué sabes tú al respecto? —exigió—. ¿Sabías que Max vino a vernos la noche en que murió y nos dijo que había visto a alguien escalando las torres de los demonios, y yo le dije que estaba soñando y lo eché? Y él tenía razón. Apuesto a que fue ese bastardo de Sebastian quién trepó a la torre para poder retirar las salvaguardas. Y Sebastian le mató para que no pudiese decir a nadie lo que había visto. Si hubiera escuchado… si simplemente hubiese dedicado un segundo a escucharlo… no habría sucedido.
—No hay modo de que pudieras haberlo sabido —replicó Simon—. Y en cuanto a Sebastian…, no era en realidad el sobrino de los Penhallow. Engañó a todo el mundo.
Isabelle no pareció sorprendida.
—Lo sé —dijo—, te oí hablando con Alec y Jace. Escuchaba desde lo alto de la escalera.
—¿Escuchabas a escondidas?
Ella se encogió de hombros.
—Hasta la parte en que dijiste que ibas a venir a hablar conmigo. Entonces regresé aquí. No me sentía con ganas de verte. —Le miró de reojo—. Te concederé algo, no obstante: eres persistente.
—Mira, Isabelle.
Simon dio un paso hacia adelante. Se sentía curioso y fue repentinamente consciente de que ella no iba demasiado vestida, así que reprimió el impulso de posar una mano sobre su hombro o de hacer cualquier cosa que fuese abiertamente tranquilizadora.
—Cuando mi padre murió, yo sabía que no era culpa mía, pero con todo seguí pensando una y otra vez en todas las cosas que podría haber hecho, que debería haber dicho, antes de que muriera.
—Sí, bueno, pero esto sí es culpa mía —dijo Isabelle—. Y lo que tendría que haber hecho es escuchar. Y lo que todavía puedo hacer es localizar al bastarde que hizo esto y matarlo.
—No estoy seguro de que eso vaya a ayudar…
—¿Cómo lo sabes? —exigió ella—. ¿Encontraste a la persona responsable de la muerte de tu padre y le mataste?
—Mi padre tuvo un ataque al corazón —dijo Simon—. Así que no lo hice.
—Entonces no sabes de qué estás hablando, ¿verdad? —Isabelle alzó la barbilla y le miró directamente a la cara—. Ven aquí.
—¿Qué?
Ella le hizo señas imperiosas con el índice.
—Ven aquí, Simon.
De mala gana, fue hacia ella. Se encontraba apenas a un paso de distancia cuando ella lo agarró por la pechera de la camisa, tirando de él hacia sí. Los rostros de ambos quedaron a centímetros de distancia; Simon pudo ver que la piel bajo los ojos brillaba con las huellas de lágrimas recientes.
—¿Sabes lo que realmente necesito justo ahora? —dijo ella, enunciando cada palabra con claridad.
—Esto… —respondió él—. No.
—Que me entretengan —dijo, y dándose la vuelta tiró de él y lo arrojó a la fuerza sobre la cama junto a ella.
Simon aterrizó sobre la espalda en medio de un revuelto montón de ropa.
—Isabelle —protestó débilmente—, ¿crees de verdad que esto va a hacerte sentir mejor?
—Confía en mí —dijo ella, posando una mano sobre su pecho, justo encima de aquel corazón suyo que ya no latía—. Ya me siento mejor.
Clary yacía despierta en la cama, con la vista clavada en un único pedazo de luz de luna que se desplazaba poco a poco por el techo. Tenía los nervios todavía demasiado crispados por los acontecimientos del día para poder dormir, y no la ayudaba que Simon no hubiese regresado antes de la cena…ni después. Finalmente le había expresado su preocupación a Luke, quien se había echado un abrigo por encima y se había marchado a casa de los Lightwood. Había regresado con una expresión divertida.