—Cuatro, no —dijo Luke—. Uno para los seres mágicos, uno para los Hijos de la Luna y uno para los hijos de Lilith.
—Los brujos, las hadas y los licántropos —enumeró el señor Monteverde con su voz suave—. ¿Y qué hay de los vampiros?
—No me han prometido nada —admitió Luke—. Y, por tanto, yo tampoco a ellos. Puede que no les interese formar parte del Consejo, no sienten demasiado cariño por los de mi especie, y tampoco les gustan demasiado las reuniones y las normas. Pero tienen la puerta abierta en el caso de que cambiasen de idea.
—Malachi y sus amigos jamás estarán de acuerdo, y puede que no tengamos suficientes votos en el Consejo sin ellos —masculló Patrick—. Además, sin los vampiros, ¿qué posibilidad tenemos?
—Una inmejorable —replicó Amatis, que parecía confiar en el plan de Luke aún más que éste—. Hay muchos subterráneos que lucharán con nosotros, y son realmente poderosos. Los brujos por sí solos…
La señora Monteverde sacudió la cabeza y se volvió hacia su esposo.
—Este plan es una locura. Jamás funcionará. No se puede confiar en los subterráneos.
—Funcionó durante el Levantamiento —dijo Luke.
La portuguesa hizo una mueca.
—Únicamente porque Valentine contaba con un ejército de idiotas —respondió—. No con demonios. ¿Y cómo podemos saber que los miembros de su antiguo Círculo no regresarán con él en cuanto los llame a su lado.
—Tenga cuidado con lo que dice, señora —gruñó Robert Lightwood.
Era la primera vez que abría la boca en más de una hora; había pasado la mayor parte de la tarde quieto, inmovilizado por la pena. Había arrugas en su rostro que Luke habría jurado que no estaban allí tres días atrás. Su tormento se apreciaba claramente en la tensión de sus hombros y en sus puños apretados; Luke no podía culparlo. Jamás le había gustado mucho Robert, pero había algo en la visión de aquel hombre quebrado por la pena que resultaba doloroso de contemplar.
—¿Cree que me uniría a Valentine después de la muerte de Max…? Él hizo que asesinaran a mi hijo…
—Robert —murmuró Maryse, y le posó la mano en el hombro.
—Si no nos unimos a él —dijo el señor Monteverde—, todos nuestros hijos morirán.
—Si piensa esto, entonces ¿por qué están aquí? —Amatis se puso en pie—. Pensaba que habíamos acordado…
«También yo.» A Luke le dolía la cabeza. Siempre la misma historia, se dijo, dos pasos al frente y uno atrás. Eran tan nocivos como los propios subterráneos cuando se enfrentaban; si al menos pudieran darse cuenta de ello… A lo mejor a todos les iría mejor si solucionaban sus problemas combatiendo, como lo hacía su manada.
Un leve movimiento en la puerta del Salón captó su mirada. Fue un instante, y de no haber faltado tan poco para la luna llena, quizá no lo hubiera visto, ni hubiera reconocido a la figura que pasó veloz ante las puertas. Se preguntó por un momento si estaba imaginando cosas. En ocasiones, cuando estaba muy cansado, creía ver a Jocelyn… en el parpadeo de una sombra, en un juego de luces en una pared.
Pero no se trataba de Jocelyn. Luke se puso en pie.
—Voy a salir cinco minutos a tomar el aire. Regresaré.
Luke notó cómo le observaban mientras se encaminaba a las puertas de entrada; todos ellos, incluso Amatis. El señor Monteverde susurró algo a su esposa en portugués; Luke captó la palabra «lobo» en el torrente de palabras. «Probablemente creen que voy a salir para correr en círculos y aullarle a la luna.»
El aire en el exterior era limpio y frío; el cielo mostraba un acerado gris pizarra. El amanecer enrojecía el cielo en el este y proporcionaba un tinte rosa pálido a los peldaños de mármol blanco que descendían desde las puertas del Salón. Jace lo esperaba en mitad de la escalinata. Las blancas ropas de luto que llevaban golpearon a Luke como una bofetada, un recordatorio de todas las muertes que habían padecido allí y que pronto volverían a padecer.
Luke se detuvo varios peldaños por encima de Jace.
—¿Qué haces aquí, Jonathan?
Jace no dijo nada, y Luke se maldijo mentalmente por su mala memoria; a Jace no le gustaba que lo llamasen Jonathan y por lo general respondía al nombre con una aguda protesta. En esta ocasión, no obstante no pareció importarle. El rostro que alzó hacia Luke estaba tan sombrío como los rostros de cualquiera de los adultos del Salón. Aunque a Jace todavía le faltaba un año para ser considerado adulto según la ley de la Clave, se había enfrentado ya a circunstancias peores en su corta vida de las que la mayoría de los adultos podían imaginar siquiera.
—¿Buscabas a tu padres?
—¿Te refieres a los Lightwood? —Jace negó con la cabeza—. No. No quiero hablar con ellos. Te buscaba a ti.
—¿Se trata de Clary? —Luke descendió varios escalones hasta quedar un peldaño por encima de Jace—. ¿Está bien?
—Está perfectamente.
La mención de Clary pareció hacer que Jace se pusiera en tensión, lo que a su vez disparó los nervios de Luke; de todos modos, Jace jamás diría que Clary estaba bien si no lo estaba.
—Entonces ¿qué sucede?
Jace miró más allá de él, hacia las puertas del Salón.
—¿Qué tal va ahí dentro? ¿Algún progreso?
—En realidad, no —admitió Luke—. A pesar de lo poco que desean rendirse a Valentine, les gusta aún menos la idea de que haya subterráneos en el Consejo. Y sin la promesa de escaños en el Consejo, mi gente no peleará.
Los ojos de Jace centellearon.
—La Clave no aceptará esa propuesta.
—No tiene por qué encantarles. Sólo ha de gustarles más que la idea del suicidio.
—Intentarán ganar tiempo —le informó Jace—. Si yo fuera tú, les daría un plazo límite. La Clave funciona mejor de esta manera.
Luke no pudo evitar sonreír.
—Todos los subterráneos a los que puedo convocar se acercarán a la Puerta Norte al ponerse el sol. Si la Clave ha aceptado pelear junto a ellos, entrarán en la ciudad. Si no, darán media vuelta. No he podido posponerlo más; apenas nos da tiempo suficiente para llegar a Brocelind a medianoche.
Jace silbó.
—Resulta teatral. ¿Esperas que la visión de todos esos subterráneos inspire a la Clave, o que les asuste?
—Probablemente un poco de ambas cosas. Muchos de los miembros de la Clave están asociados a Institutos, como tú; están mucho más acostumbrados a ver subterráneos. Son los nativos de Idris los que me preocupan. La visión de subterráneos ante sus puertas puede provocarles pánico. Por otra parte, no puede perjudicarles que les recuerdes lo vulnerables que son.
Como si aquello hubiese sido una señal, la mirada de Jace se alzó rápidamente hacia las ruinas del Gard, una cicatriz negra en la ladera de la colina sobre la ciudad.
—No estoy seguro de que nadie necesite más recordatorios de eso. —Volvió la mirada hacia Luke, con sus limpios ojos muy serios—. Quiero decirte algo, y no quiero que salga de aquí.
Luke no pudo ocultar la sorpresa.
—¿Por qué decírmelo a mí? ¿Por qué no a los Lightwood?
—Porque eres tú quién está al mando aquí, en realidad. Lo sabes.
Luke vaciló. Algo en el rostro pálido y cansado de Jace provocaba la empatía con su propio cansancio… empatía y un deseo de demostrarle a aquel muchacho, que había sido traicionado y utilizado de un modo tan perverso por los adultos a lo largo de su vida, que no todos los adultos eran así, que había algunos en los que podía confiar.
—De acuerdo.
—Y —dijo Jace—porque confío en que tú sabrás cómo explicárselo a Clary.
—¿Explicarle a Clary qué?
—Por qué tengo que hacerlo. —Los ojos de Jace estaban muy abiertos bajo la luz del sol que salía; le hacía parecer años más joven—. Voy a salir tras Sebastian, Luke. Sé cómo encontrarle, y voy a seguirle hasta que me conduzca a Valentine.
Luke soltó una exclamación de sorpresa.