La sala de estar permanecía vacía; el fuego de la chimenea se había reducido a cenizas grises, pero emanaba ruido y luz de la cocina: un parloteo de voces, y el olor de algo cocinándose. «¿Tortitas?», pensó Clary con sorpresa. Jamás se le habría ocurrido que Amatis supiese cómo hacerlas.
Y tenía razón. Al entrar en la cocina, Clary sintió que los ojos se le abrían como platos: Isabelle, con los brillantes cabellos negros recogidos en un nudo en la base del cuello, estaba de pie ante los fogones, con un delantal alrededor de la cintura y una cuchara de metal en la mano. Simon estaba sentado sobre la mesa detrás de ella, con los pies sobre una silla, y Amatis, en lugar de decirle que se bajara de los muebles, estaba recostada contra la encimera con aspecto de estarse divirtiendo enormemente.
Isabelle agitó la cuchara en dirección a Clary.
—Buenos días —saludó—. ¿Quieres desayunar? Aunque, bueno…, supongo que es más bien la hora del almuerzo.
Totalmente muda, Clary miró a Amatis, que se encogió de hombros.
—Aparecieron sin más y se empeñaron en reparar el desayuno —dijo—, y tengo que admitir que yo no soy tan buena cocinera.
Clary pensó en la espantosa sopa de Isabelle en el Instituto y reprimió un escalofrío.
—¿Dónde está Luke?
—En Brocelind, con su manada —respondió Amatis—. ¿Va todo bien, Clary? Pareces un poco…
—Agitada —finalizó Simon por ella—. ¿Va todo bien de verdad?
Por un momento Clary no supo que responder. «Aparecieron», había dicho Amatis. Lo que significa que Simon había pasado la noche en casa de Isabelle. Le miró fijamente. No parecía nada distinto.
—Estoy perfectamente —dijo; aquél no era precisamente el momento de preocuparse por la vida amorosa de Simon—. Necesito hablar con Isabelle.
—Pues habla —repuso ésta, dando golpecitos a un objeto deformado en el fondo de la sartén que era, temió Clary, una tortita—. Estoy escuchando.
—A solas —dijo Clary.
—¿No puede esperar? —preguntó Isabelle, arrugando la frente—. Casi he acabado…
—No —respondió Clary, y hubo algo en su tono que hizo que Simon, al menos, tensara su posición—. No puede esperar.
Simon se deslizó fuera de la mesa.
—Muy bien. Os daremos un poco de intimidad —dijo, y volvió la cabeza hacia Amatis—. Quizás podrías mostrarme esas fotos de Luke cuando era un bebé de las que estábamos hablando.
Amatis lanzó una mirada preocupada a Clary, pero siguió a Simon fuera de la habitación.
—Supongo que sí…
Isabelle meneó la cabeza mientras la puerta se cerraba detrás de ellos. Algo centelleó en su cogote; un brillante y delicadamente fino cuchillo estaba introducido en el moño, manteniéndolo fijo. A pesar del retablo de vida doméstica, seguía siendo una cazadora de sombras.
—Oye —dijo—. Si esto es sobre Simon…
—No se trata de Simon. Se trata de Jace.—Le alargó la nota—Lee esto.
Con un suspiro, Isabelle apagó el fogón, tomó la nota y se sentó a leerla. Clary sacó una manzana del cesto que había sobre la mesa y se sentó mientras Isabelle, frente a ella al otro lado de la mesa, escrutaba la nota en silencio. Clary se dedicó a toquetear la piel de la manzana sin decir nada; no podía imaginarse comiéndosela, ni, de hecho, comiendo nada en absoluto, nunca más.
Isabelle alzó los ojos de la nota con las cejas enarcadas.
—Esto parece más bien… persona. ¿Estás segura de que debo leerlo?
«Probablemente no.» Clary apenas recordaba siquiera las palabras de la carta en aquellos momentos; en cualquier otra situación, jamás se la habría mostrado a Isabelle, pero el pánico respecto a Jace invalidaba cualquier otra preocupación.
—Lee hasta el final.
Isabelle regresó a la nota. Cuando terminó, dejó el papel sobre la mesa.
—Pensaba que podría hacer algo como esto.
—¿Te das cuenta de lo que quiero decir? —dijo Clary a trompicones—. No puede haber salido hace tanto tiempo, o llegado tan lejos. Tenemos que ir tras él y… —Se interrumpió; su cerebro procesaba finalmente lo que Isabelle había dicho y lo hacía llegar a su boca—. ¿Qué quieres decir con que pensabas que podría hacer algo como esto?
—Justo lo que he dicho. —Isabelle empujó un mechón de cabello que colgaba detrás de la oreja—. Desde el momento en que Sebastian desapareció, todo el mundo ha estado buscando el modo de encontrarlo. Yo despedacé su habitación en casa de los Penhallow buscando cualquier cosa que se pudiera usar para localizarlo… pero no había nada. Debería haber sabido que si Jace encontraba algo que pudiese permitirle localizar a Sebastian, saldría disparado tras él —Se mordió el labio—. Aunque habría deseado que se hubiese llevado a Alec con él. A mi hermano le gustará.
—¿Así que piensas que Alec querrá ir tras él, entonces? —preguntó Clary, con renovadas esperanzas.
—Clary. —Isabelle sonó levemente exasperada—. ¿Cómo se supone que vamos a ir tras él? ¿Cómo se supone que vamos a tener la más leve idea de adónde ha ido?
—Debe de existir algún modo…
—Podemos intentar localizarle. Pero Jace es listo. Habrá encontrado algún modo de impedir la localización, igual que hizo Sebastian.
Una cólera fría se agitó en el pecho de Clary.
—¿Estás segura de que quieres encontrarlo? ¿No te importa si quiera que se haya marchado a una misión suicida? No puede enfrentarse a Valentine él solo.
—Probablemente no —repuso Isabelle—. Pero confío en que Jace tiene sus motivos para…
—¿Para qué? ¿Para querer morir?
—Clary. —Los ojos de Isabelle llamearon con una repentina luz colérica—. ¿Crees que el resto de nosotros estamos a salvo? Todos estamos aguardando morir o convertirnos en esclavos. ¿Puedes imaginar a Jace sentándose tan tranquilo y aguardando a que algo horrible suceda? ¿Realmente puedes ver…?
—Lo que veo es que Jace es tu hermano igual como lo era Max —dijo Clary—, y a ti te importó su muerte.
Lo lamentó en cuanto lo dijo; el rostro de Isabelle palideció, como si las palabras de Clary le hubiesen arrebatado el color.
—Max —dijo Isabelle con una furia rigurosamente controlada —era un niño pequeño, no un luchador…, tenía nueve años. Jace es un cazador de sombras, un guerrero. Si peleamos contra Valentine, ¿crees que Alec no estará en la batalla? ¿Crees que todos nosotros no estamos, en todo momento, preparados para morir si debemos hacerlo, si la causa es lo bastante importante? Valentine es el padre de Jace; Jace probablemente tiene la posibilidad de acercarse a él para hacer lo que tiene que hacer…
—Valentine matará a Jace si tiene oportunidad —dijo Clary—. No le perdonará la vida.
—Lo sé.
—Pero ¿todo lo que importa es si él muere gloriosamente? ¿Ni siquiera le echarás en falta?
—Le echaré en falta cada día —dijo Isabelle—, durante el resto de mi vida, la cual, enfrentémonos a ellos, si Jace fracasa, probablemente durará una semana. —Sacudió la cabeza—. Tú no lo entiendes, Clary. Tú no comprendes lo que es vivir siempre en guerra, crecer con batallas y sacrificios. Supongo que no es culpa tuya. Así es como te criaron…
Clary alzó las manos.
—Sí que lo entiendo. Sé que no te gusto, Isabelle. Porque soy una mundana para ti.
—¿Crees que ese es el motivo…? —Isabelle se interrumpió, sus ojos brillaban; no sólo por la ira, advirtió Clary con sorpresa, sino por las lágrimas—. Dios, no entiendes nada ¿verdad? ¿Cuánto hace que conoces a Jace?, ¿un mes? Yo hace siete años que le conozco. Y en todo ese tiempo jamás le he visto enamorarse, jamás he visto siquiera que le gustase nadie. Ligaba con chicas, claro. Las chicas siempre se enamoraban de él, pero a él nunca le importó ninguna realmente. Creo que es por eso que Alec pensó…