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Isabelle se detuvo por un momento, quedándose muy quieta. «Está intentando no llorar», pensó Clary con asombro; Isabelle, que daba la impresión de no llorar nunca.

—Siempre me preocupó, y a mi madre también…, quiero decir, ¿qué clase de adolescente no pierde la cabeza por nadie jamás? Era como si siempre estuviese medio despierto en lo referente a otras personas. Pensé que a lo mejor lo que le había sucedido a su padre le había causado alguna especie de trauma que le impedía amar. Si al menos hubiese sabido lo que había sucedido de verdad con su padre…, pero entonces probablemente habría pensado lo mismo, ¿no crees? Quiero decir, ¿a quién no le habría afectado eso?

»Y entonces te conocimos, y fie como si despertara. Tú no podías darte cuenta, porque nunca le habías conocido de otro modo. Pero yo lo vi. Hodge lo vio. Alec lo vio… ¿Por qué crees que él te odiaba tanto? Fue así desde el mismo instante en que te conocimos. Tú pensaste que era asombroso poder vernos, y lo era, pero lo que era asombroso para mí era que Jace pudiera verte realmente. No dejó de hablar de ti en todo el camino de regreso al Instituto; hizo que Hodge le enviase a buscarte; y una vez que te trajo con él, no quería que te fueses. Donde fuera que estuvieses en la habitación, te observaba… Incluso estaba celoso de Simon. No estoy segura de que él fuera consciente, pero lo estaba. Podía darme cuenta. Celoso de un mundano. Y luego, tras lo que le sucedió a Simon en la fiesta, estuvo dispuesto a ir contigo a Dumort, a violar la Ley de la Clave, sólo para salvar a un mundano que ni siquiera le gustaba. Lo hizo por ti. Porque si algo le ocurría a Simon, a ti te habría dolido. Eras la primera persona fuera de nuestra familia cuya felicidad le había visto tener en cuenta jamás. Porque te amaba.

Clary profirió un ruidito desde el fondo de la garganta.

—Pero eso fue antes de…

—Antes de que descubriera que eras su hermana. Lo sé. Y no os culpo por eso. No podíais saberlo. Y supongo que tú no pudiste evitar seguir adelante y salir con Simon después como si no siquiera te importase. Pensé que una vez que Jace supiera que eras su hermana renunciaría y lo superaría, pero no lo hizo, y no pudo. No sé lo que Valentine le hizo cuando era niño. No sé si es así por ese motivo, o si es simplemente su modo de ser, pero no superará lo tuyo, Clary. No puede. Empecé a odiar verte. Odiaba verte por Jace. Es como una herida que te causa el veneno de demonio; tienes que dejarla en paz y permitir que cure. Cada vez que arrancas los vendajes, vuelves a abrir la herida. Cada vez que te ve, es como si se arrancase los vendajes.

—Lo sé —musitó Clary—. ¿Cómo crees que me siento yo?

—No lo sé. Yo no puedo saber lo que tú sientes. No eres mi hermana. No te odio, Clary. Incluso me gustas. Si fuese posible, no existe nadie que me gustase más para Jace. Pero espero que lo puedas comprender cuando te digo que si por algún milagro salimos de ésta, espero que mi familia se traslade a algún lugar tan lejano que no volvamos a verte jamás.

Las lágrimas le escocieron a Clary en el fondo de los ojos. Era extraño, Isabelle y ella sentadas allí ante aquella mesa, llorando por Jace por motivos que eran a la vez muy distintos y extrañamente similares.

—¿Por qué me cuentas todo esto ahora?

—Porque me estás acusando de no querer proteger a Jace. Y no es cierto. ¿Por qué crees que me alteré tanto cuando apareciste de improviso en casa de los Penhallow? Actúas como si no fueses parte de todo esto, de nuestro mundo; permaneces al margen, pero sí que formas parte de ello. Eres una parte fundamental. No puedes limitarte a fingir ser un actor secundario eternamente, Clary, cuando eres la hija de Valentine, porque Jace está haciendo lo que está haciendo en parte debido a ti.

—¿Debido a mí?

—¿Por qué crees que está tan dispuesto a arriesgarse? ¿Por qué crees que no le importa si muere?

Las palabras de Isabelle se clavaban en los oídos de Clary como afiladas agujas. «Sé por qué —pensó ella—. Cree que es un demonio, cree que no es realmente humano, ése es el motivo…, pero yo no puedo decírtelo, no puedo decirte la única cosa que te haría comprender.»

—Él siempre ha pensado que hay algo que no está bien en él, y ahora, debido a ti, piensa que está maldito para siempre. Le oí decírselo a Alec. ¿Por qué no arriesgar la vida, si no quieres vivir de todos modos? ¿Por qué no arriesgar la vida si jamás serás feliz hagas lo que hagas?

—Isabelle, basta, por favor.

La puerta se abrió, casi sin hacer ruido, y Simon apareció en el umbral. Clary casi había olvidado cuánto había mejorado su oído.

—No es culpa de Clary.

El rostro de Isabelle enrojeció.

—Mantente al margen, Simon. No sabes nada.

Simon entró en la cocina, cerrando la puerta tras él.

—He oído la mayor parte de lo que habéis estado diciendo —les dijo con total naturalidad—. Incluso a través de la pared. Has dicho que no sabes lo que Clary siente porque no la has conocido el tiempo suficiente. Bueno, yo sí la conozco bien,. Si crees que Jace es el único que ha sufrido, te equivocas.

Hubo un silencio; la ferocidad en la expresión de Isabelle se desvaneció levemente. A lo lejos, a Clary le pareció oír el sonido de alguien que llamaba a la puerta de la calle: Luke, probablemente, o Maia, con más sangre para Simon.

—No se ha ido por mí —dijo Clary, y su corazón empezó a latir con violencia.

«¿Puedo contarles el secreto de Jace, ahora que él se ha ido? ¿Puedo contarles la auténtica razón por la que se ha marchado, la auténtica razón por la que no le importa morir?» Las palabras empezaron a brotas de ella, casi en contra de su voluntad.

—Cuando Jace y yo fuimos a la casa solariega de los Wayland… cuando fuimos en busca del Libro de lo Blanco…

Se interrumpió al abrirse de par en par la puerta de la cocina. Amatis apareció allí de pie, con la más extraña de las expresiones en la cara. Por un momento Clary pensó que estaba asustada, y el corazón le dio un vuelco. Pero no era miedo lo que había en el rostro de la mujer. Reflejaba la misma expresión que había tenido cuando Clary y Luke habían aparecido de improviso en la puerta de su casa. Parecía como si hubiese visto un fantasma.

—Clary —dijo despacio—. Alguien ha venido a verte…

Antes de que pudiese terminar, alguien se abrió paso a su lado para entrar en la cocina. Amatis se echó hacia atrás, y Clary pudo observar bien al intruso: una mujer esbelta, vestida de negro. En un principio, todo lo que Clary vio fue el equipo de cazador de sombras. Casi no la reconoció, al menos hasta que sus ojos alcanzaron el rostro de la mujer y sintió que el estómago le daba un vuelco tal y como lo había hecho cuando Jace había conducido la motocicleta en la que iban por encima del borde del tejado del Dumort, en una caída de diez pisos.

Era su madre.

TERCERA PARTE

El camino al cielo

Oh, sí, ya sé que el camino al cielo era fácil.

Encontramos el pequeño reino de nuestra pasión

que pueden compartir todos los que siguen el camino de los amantes.

Con salvaje y secreta felicidad dimos;

y dioses y demonios clamaron en nuestros sentidos.

SIEGFRIED SASSOON, El amante imperfecto

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Artículos de fe

Desde la noche en que llegó a casa y vio que su madre había desaparecido, Clary había imaginado volverla a ver, bien y en perfecto estado de salud. Lo imaginaba tan a menudo que había adquirido la cualidad de una fotografía que había ido perdiendo color de tanto sacarla y contemplarla. Aquellas imágenes se alzaron ante ella ahora, a la vez que abría enormemente los ojos con incredulidad: imágenes en las que su madre, con aspecto saludable y feliz, la abrazaba, le contaba lo mucho que la había echado de menos, y le aseguraba que todo iba a ir bien a partir de entonces.

La mujer de su imaginación se parecía muy poco a la mujer que tenía ante ella en aquel momento. Había recordado a Jocelyn en su faceta dulce y artística, un poco bohemia, con su mono salpicado de pintura, los cabellos rojos recogidos en coletas o sujetos en alto con un lápiz en un moño desmadejado. La Jocelyn que tenía delante aparecía tan radiante y aguda como un cuchillo, los cabellos recogidos atrás con severidad, ni un mechó fuera de lugar; el negro intenso de la vestimenta hacía que el rostro luciera pálido y duro. Tampoco mostraba la expresión que Clary había imaginado: en lugar de placer, había algo muy parecido al horror en el modo en que miró a Clary con aquellos ojos verdes tan abiertos.