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En lugar de la parte posterior de los párpados vio un valle. Se encontró de pie en una cresta contemplándolo a sus pies, y como si estuviese mirando un mapa que indicaba su ubicación, supo exactamente donde estaba. Recordó el modo en que la Inquisidora había sabido dónde estaba exactamente el barco de Valentine en mitad del East River y comprendió: «Así es como lo hizo». Cada detalle era nítido —cada brizna de hierba, el puñado de hojas cada vez más secas a sus pies—, pero no había ningún sonido. La escena estaba fantasmagóricamente silenciosa.

El valle tenía forma de herradura con un extremo más estrecho que el otro. Una cinta de brillante agua plateada —un riachuelo o un arroyo—discurría por el centro y desaparecía entre rocas en el extremo estrecho. Junto al arroyo se alzaba una casa de piedra gris, con humo blanco surgiendo de la chimenea cuadrada. Era una curiosa escena bucólica, tranquila bajo la mirada azul del cielo. Mientras observaba, una figura esbelta hizo su aparición: Sebastian. Ahora que no se molestaba en fingir, su arrogancia era patente en el modo de andar, en la proyección de los hombros, en la leve sonrisita burlona del rostro. Sebastian se arrodilló junto al arroyo y hundió las manos en él, echándose agua sobre el rostro y los cabellos.

Jace abrió los ojos. Detrás de él, Caminante pacía muy satisfecho. Jace volvió a introducir estela e hilo en el bolsillo, y tras una última mirada a las ruinas de la casa en la que había crecido, recogió las riendas y hundió los tacones en los ijares del caballo.

Clary yacía en la hierba cerca del borde de la Colina del Gard y contemplaba fijamente, con aire taciturno, Alacante. La vista desde allí era de lo más espectacular, tuvo que admitirlo. Podía contemplar los tejados de la ciudad, con sus elegantes esculturas y veletas con runas dibujadas, ver más allá de las agujas del Salón de los Acuerdos y dirigir la mirada hacia algo que relucía muy a lo lejos como el borde de una moneda de plata… ¿el lago Lyn? Las ruinas negras del Gard se alzaban voluminosas tras la ciudad, y las torres de los demonios brillaban como el cristal. A Clary casi le pareció que podía ver las salvaguardas, rielando igual que una red invisible tejida alrededor de los bordes de la ciudad.

Se miró las manos. Había arrancado varios puñados de hierba en los últimos espasmos de su cólera, y los dedos estaban pegajosos de tierra y sangre donde se había partido una uña. Una vez que hubo pasado la furia, una sensación de total vacío la había reemplazado. No se había dado cuenta de lo enfadada que había estado con su madre, no hasta que ésta había cruzado la puerta y Clary había dejado a un lado su pánico por la vida de Jocelyn y había reparado en lo que había por debajo. Ahora que se encontraba mucho más tranquila, se preguntó si una parte de ella había querido castigar a su madre por lo que le había sucedido a Jace. Si a él no le hubiese mentido —si a los dos no les hubiesen mentido—entonces tal vez el impacto de descubrir lo que Valentine le había hecho cuando no era más que un bebé no le habría empujado a un gesto tan próximo al suicidio.

—¿Te importa si te hago compañía?

Dio un brinco de sorpresa y rodó sobre el costado para mirar arriba. Simon estaba de pie observándola, con las manos en los bolsillos. Alguien —Isabelle, probablemente—le había dado una cazadora oscura del resistente material negro que los cazadores de sombras usaban para su equipo. Un vampiro equipado, se dijo Clary, pensando si sería la primera vez que sucedía.

—Te has acercado sin que me diera cuenta —dijo—. Imagino que no soy gran cosa como cazadora de sombras, ¿eh?

Simon se encogió de hombros.

—Bueno, en tu defensa diré que lo cierto es que me muevo con una silenciosa elegancia de pantera.

Muy a su pesar, Clary sonrió. Se sentó en el suelo, sacudiéndose la tierra de las manos.

—Adelante, únete a mí. Esta fiesta deprimente está abierta a todo el mundo.

Sentándose junto a ella, Simon contempló la ciudad y silbó.

—Bonitas vistas.

—Sí —Clary le miró de soslayo—. ¿Cómo me has encontrado?

—Bueno, necesité unas cuantas horas. —Sonrió, un poco picarón—. Luego recordé que cuando discutíamos, en primero, tú subías a enfurruñarte a mi tejado y mi madre tenía que hacerte bajar.

—¿Y?

—Te conozco —dijo—. Cuando te disgustas, huyes a zonas elevadas.

Le tendió algo: su abrigo verde, pulcramente doblando. Ella lo tomó y se lo puso; la pobre prenda mostraba ya claras señales de uso. Incluso había un pequeño agujero en el codo lo bastante grande como para meter un dedo por él.

—Gracias, Simon.

Entrelazó las manos alrededor de las rodillas y contempló con fijeza la ciudad. El sol estaba bajo, y las torres habían empezado a resplandecer con un tenue rosa rojizo.

—¿Te ha enviado mi madre aquí arriba a buscarme?

Simon meneó la cabeza.

—Luke, en realidad. Y simplemente me ha pedido que te dijera que tal vez querías regresar antes del crepúsculo. Algo bastante importante va a ocurrir.

—¿El qué?

—Luke dio de plazo a la Clave hasta el crepúsculo para decidir si estaban de acuerdo en ceder escaños a los subterráneos en el Consejo. Todos los subterráneos van a venir a la Puerta Norte cuando se ponga el sol. Si la Clave acepta, entrarán en Alacante. Si no…

—Se los echará —finalizó Clary—. Y la Clave se rendirá a Valentine.

—Sí.

—Todos estarán de acuerdo —repuso ella—. Tienen que hacerlo. —Se abrazó las rodillas—. Jamás elegirían a Valentine. Nadie lo haría.

—Me alegro de ver que tu idealismo no ha sufrido daños —dijo Simon, y aunque su voz sonó frívola, Clary oyó otra voz a través de ella: la de Jace diciéndole que él no era un idealista; se estremeció a pesar del abrigo.

—Simon —dijo—, tengo una pregunta estúpida.

—¿Cuál?

—¿Has dormido con Isabelle?

Simon emitió un sonido estrangulado. Clary se volvió lentamente para mirarle.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Eso creo —dijo él, recuperando el aplomo con aparente esfuerzo—. ¿Hablas en serio?

—Bueno, has estado fuera toda la noche.

Simon permaneció en silencio un largo rato. Por fin dijo:

—No estoy seguro de que sea asunto tuyo, pero no.

—Bueno —repuso ella, tras una juiciosa pausa—. Imagino que no te habrías aprovechado de ella cuando está tan desconsolada y todo eso.

Simon lanzó un bufido.

—Si alguna vez conoces a un hombre que haya podido aprovecharse de Isabelle, dímelo. Me gustaría estrecharle la mano. O salir huyendo de él a toda velocidad, no estoy seguro.

—De modo que no estás saliendo con Isabelle.

—Clary —dijo Simon—, ¿por qué me preguntas sobre Isabelle? ¿No prefieres hablar de tu madre? ¿O de Jace? Izzy me ha contado que se ha marchado. Sé cómo te debes de sentir.,

—No —dijo Clary—. No, no creo que lo sepas.

—No eres la única persona que se ha sentido abandonada alguna vez. —Había un tinte de impaciencia en la voz de Simon—. Imagino que simplemente pensaba… Quiero decir, jamás te había visto tan enojada. Y contra tu madre. Pensaba que la echabas de menos.

—¡Desde luego que la echaba de menos! —respondió ella, comprendiendo mientras lo decía lo que debía de haber parecido la escena de la cocina, y en especial a su madre; apartó la idea de su mente—. Es sólo que había estado tan concentrada en rescatarla… salvándola de Valentine, buscando un modo de curarla… que jamás me detuve siquiera a pensar en lo enfadada que estaba porque me había mentido todos estos años, porque me haya ocultado la verdad. Nunca me ha dejado saber quién era yo en realidad.

—Pero eso no es lo que dijiste cuando entró en la habitación —explicó Simon en voz queda—. Dijiste: «¿Por qué no me contaste nunca que tenía un hermano?»